Isabel, gobernante de todos

“Complace más la gloria cuando se ha sufrido tanto para alcanzarla.”

La turba vitoreaba, exultante, al paso de la comitiva. Flores de azahar, amapolas silvestres, impregnaban de un aroma delicado a las cansadas tropas que acompañaban a los Reyes camino de las puertas de Granada. Una larga campaña, de la reconquista más larga de la Historia, tocaba a su fin…

Isabel miraba a cada uno, rezando aún de alivio. Llevaba rezando desde el instante mismo en el que escuchó los cañonazos que confirmaban el éxito de las negociaciones. Granada era al fin cristiana.

Ya habían cruzado las puertas. El pueblo seguía vitoreando, con la alegría y el alivio que sólo un pueblo que vive el final de una guerra puede expresar. ¿Cuántos de ellos habrían perdido hermanos, padres, amigos, en la larga campaña? ¿Con qué esperanza mirarían ahora al libertador, deseosos de que con la paz volviesen sus prisioneros; y con ellos su esplendor de antaño, sus caravanas de comercio, su actividad…

Una ciudad abierta por naturaleza al mundo, cerrada durante demasiado tiempo por el conflicto. Pero desde hoy los negocios volverían a abrir; las gentes sencillas retomarían sus trabajos. El alfarero reconstruiría los muros desechos, el sastre volvería a tejer sus vestidos, y el comerciante volvería a arriesgarse a enviar sus caravanas a sus nuevos compatriotas.

España era ahora un reino unido como no lo era desde el siglo VIII, y el deseo de Isabel y Fernando era que floreciese como pueblo… y como jugador capital en el tablero de los reinos de la Cristiandad. Pero por la vía diplomática…

No sabía aún si le abandonaría alguna vez la impresión, la angustia, el dolor intenso de sus días, semanas, meses, en el hospital de campaña. Había frenado en seco la pretensión de Fernando: Isabel, como reina de Castilla, no abandonaría la retaguardia de su ejército. Apoyaría e insuflaría ánimos en sus soldados heridos durante todas las largas jornadas de la guerra contra Granada. Era la reina, y ellos eran sus valientes defensores: no podía abandonarlos.

Ningún monarca debería empezar una guerra sin imaginar la paz. Por eso había exigido el máximo respeto a los derrotados. No se humillaría a Boabdil, y se respetaría la integridad del pueblo de Granada. Las formas importan. El respeto al adversario es señal de grandeza.

Ya habían llegado al patio de la Alhambra, y todos sus pensamientos se desvanecieron al instante. Su mente sólo podía aprehender lo que entraba por sus ojos, por sus oídos… ¿podía existir algo tan bello? ¿Qué deseo de gloria, qué aspiración humana podía generar semejante creatividad? Ninguna…

Veía a su alrededor, en el Patio de los Leones, la magna obra de obreros anónimos, movidos, bien lo sabía, por un deseo de plasmar la Belleza, y de que ésta perdurase… He aquí, pensó en ese instante Isabel, el punto desde el que podemos construir. Nos mueve lo mismo, el mismo deseo de belleza se aloja en la gran mayoría de corazones de sus súbditos. La belleza de un templo, la belleza de un palacio; la belleza de una empresa tan ambiciosa como la de su amigo Cristóbal Colón; la belleza de un reino unido en el que todos trabajen en pos del bien común. La belleza de una Cristiandad que busca construir la paz en el Viejo Continente…

¿Sería la obra que dejaría a la posteridad su alma femenina? ¿O pasaría a la Historia como un momento fugaz, sepultado a lo mejor pocos años después de su muerte por la ambición de quienes viniesen después? No lo sabía. Sólo sabía qué tenía ante sí la inspiración de ese legado, y el sentido de responsabilidad por el papel en la Historia que le había tocado en gracia vivir. Y siguió caminando, con paso firme y corazón grande, camino del trono.