Hitler, emperador de Alemania

El «cabo bohemio» era un curioso personaje que podría llegar a ser un Ministro de Correos, pero ciertamente no un Canciller.” El Presidente Hindenburg, hablando de Hitler tras su primera entrevista.

Brüning (político de centro) creyó que podría obtener el apoyo de Hitler para gobernar. Igual que Hindenburg (militar) pensó que podría contener al “cabo bohemio”. Igual que  Schleicher (militar) pensó que no tardaría en auparse a la Cancillería gracias a Hitler… Todos fueron burlados por la astucia y la falta de escrúpulos de aquél a quien consideraban un jugador inferior del juego de poder en que se había convertido la República de Weimar.

Analizar con perspectiva histórica los tejemanejes políticos del año 32 genera una tristeza y una desazón inmensas. Por la miopía de quienes pensaron que podían manipular a Hitler para alcanzar sus propios objetivos, y por la preponderancia en ellos de sus intereses particulares frente a los de la sociedad alemana.

Como decíamos, Hitler ya había detectado el principal resorte de poder: el propio Hindenburg. Él había impuesto a su propio candidato, Brüning, a pesar de no tener suficiente apoyo parlamentario. Y lo había propuesto porque, anciano y ya cansado, se dejaba convencer por su círculo más cercano.

En 1932 se sucederían tres elecciones generales en Alemania, y tres cancilleres distintos ocuparían el poder. Hitler, después de la segunda convocatoria electoral, se acercaría al hombre de confianza de Hindenburg, el general Schleicher. Éste, decíamos, pensó que podría utilizarle, aprovechándose de su escasa experiencia en los círculos de poder. Veía en Hitler una bolsa de parlamentarios accesorios pero necesarios para alcanzar el poder.

De hecho, la estrategia de Schleicher era sencilla: hacer caer a Brüning, poner en el poder a un aliado suyo (el aristócrata Von Papen) como escalón previo a alcanzarlo él, dar a Hitler una vicecancillería y, una vez asociados, arrinconarle hasta el punto de que le echase su propio partido.

Y es que a esas alturas todo el mundo sabía que el Partido Nazi se hallaba dividido: un ala más radical apoyaba a Hitler y su intransigencia a la hora de pactar concesiones a sus posibles socios de gobierno; y otra facción, la liderada por Strasser (periodista), que apostaba por una mayor apertura y diálogo con las otras fuerzas nacionalistas o de derechas. Strasser era mucho más apreciado que Hitler en el Parlamento, y todos esperaban que le sucediese después de escindir el partido y quedarse al mando del ala moderada.

Pero el “cabo bohemio”, el que sólo podría llegar a ser un Ministro de Correos, se mostró mucho más hábil que el ambicioso general y que su compañero de partido: se acabaría asociando con otro jugador, el aristócrata Von Papen, ofreciéndole la Vicecancillería después de las terceras elecciones de ese año. Por cierto, que en esas elecciones, forzadas por Schleicher para sustituir a Von Papen, la primera fuerza política pasó a ser el partido de Hitler.

Von Papen, como tantos otros, también cayó en la trampa de creerse capaz de utilizar a Hitler en beneficio propio. Sería la ceguera propia de quien se sentía traicionado y apartado prematuramente del poder, y veía en Hitler su tabla de salvación política personal…

Uno de los puntos flagrantes del ascenso al poder de Hitler fue la crisis interna del partido, previa a la maniobra con Von Papen. Schleicher, en el momento culmen de su estrategia para hundir al partido Nazi, ofreció la vicecancillería a Strasser. Se estaban jugando el todo por el todo: según los resultados, correspondía a Hitler intentar formar gobierno. Si en ese momento decisivo su propio partido le apartaba del poder y le daba la Cancillería a Schleicher, Hitler estaría políticamente muerto. Es más, el propio Hitler amenazó con suicidarse si la traición se consumaba.

¿Qué hizo Strasser? Se fue de vacaciones de Navidad a Italia con su familia. Al parecer, esperando que Hitler le hiciese llamar y conseguir así más poder dentro del partido. Hitler no dudó en aprovechar el regalo: destituyó en el partido Nazi a todos los mandos afines a Strasser, pactó con Von Papen y, el 30 de enero de 1933, al fin alcanzó la Cancillería.

Sin embargo, muchos pensaban que su auge tornaría en declive muy pronto: la intención de Von Papen era la misma que la de Schleicher, arrinconar a Hitler y sustituirle más adelante. Seguían viéndole como un accidente, como una oportunidad surgida de un descontento social y de un ambiente político revuelto.

Así que cedería ante la idea del flamante canciller de convocar a otras elecciones generales bajo la condición de mantener el equilibrio de poderes en el gobierno que se formase después. Una concesión menor, debió pensar, para mantener ocupado al inquieto cabo bohemio. Poco debió sospechar de lo que se venía encima…

Las nuevas elecciones se diferenciaban de las anteriores en un elemento fundamental: ahora Hitler era Canciller (lo que en España sería la Vicepresidencia), y disponía de todos los recursos del Estado para hacer campaña, para promulgar leyes populistas… y para controlar a sus opositores. Tras la convocatoria (y la abultada victoria nazi) los hechos se precipitaron. Un incendio en el Reichstag y la detención de un sospechoso comunista habían servido de excusa para promulgar leyes que violaban los derechos políticos más fundamentales, hasta el punto de conseguir la disolución “voluntaria” de todos los partidos pocos meses después de las elecciones.

La muerte de Hindenburg en 1934 fue el último escalón en el ascenso de Hitler, que asumió la Presidencia y la Cancillería. Fue la culminación de un proceso de pocos meses en los que el Partido Nazi asimiló, fagocitó, todos los organismos de poder. Proceso durante el cual Hitler pronunció sus discursos más moderados, ¡oh paradoja! Y es que Hitler siempre ofreció a sus “socios” de gobierno una garantía: que el presidente Hindenburg mantendría siempre la capacidad de vetar sus decisiones. Así, los Von Papen que le auparon pudieron comulgar con piedras de molino gracias a la falsa seguridad de que si se excedía, otro (el anciano Presidente) le pararía los pies. Decididamente, Hitler había nacido para jugar al Poder y para ponerlo al servicio de su personalidad obsesiva, histriónica, esquizoide, narcisista y psicopática. La borrachera de poder que conlleva el convertirse en emperador absoluto de un gran país seguro que enjugó sus frustraciones y complejos de juventud. ¡Pero a qué coste! 

Por Luis Huete y Javier García