Hitler, el hombre que celebró el Crack del 29

La bestia salvaje está controlada. Podemos permitirnos aflojar la cadena.”

Dr. Heinrich Held, primer ministro bávaro, hablando sobre Hitler tras recibir de éste su promesa de “serenarse” en los discursos después de salir de prisión, en 1924.

La historia de Hitler aparece trufada de sucesos desafortunados que ayudaron sobremanera a su ascenso al poder; de historias de arrogancia y condescendencia protagonizadas por quienes permitieron, y a la postre facilitaron, su auge.

Porque los objetivos finales de Hitler estuvieron a la vista de todos prácticamente desde el principio: tras el golpe de Estado fallido de 1924, Hitler aprovecharía los 9 meses que duró su condena para escribir “Mein Kampf”. En este libro (hoy lo habría hecho a través de la TV) volcaría su ideología, su interpretación de la Historia de Alemania que convencería a millones de votantes pocos años después. Todo estaba ahí, pero muchos decidieron no enfrentarlo, o engañarse con sus falsas promesas.

Este fue el caso del primer ministro bávaro, que consiguió de Hitler la promesa de serenarse, de no incendiar demasiado a su audiencia. Heinrich Held quería paz social, y las SA (divisiones de asalto) del partido nazi constituían ya un pequeño ejército que atemorizaba a los rivales políticos de Hitler. ¿Creía realmente, mientras escribía estas palabras, que la bestia salvaje estaba controlada? ¿O deseaba tranquilidad hasta el punto de estar predispuesto a creerse cualquier promesa de Hitler en ese sentido? No sería el último…

Held decidió, tras esa entrevista con Hitler, “aflojar la cadena”. Es decir, volver a legalizar el partido nazi después del Putsch de Múnich. Tal vez pensó, como muchos entonces, que el populismo que había aupado a Hitler hasta atreverse a dar un golpe de Estado en Baviera se iría aplacando con la mejora del contexto: ya no había hiperinflación, Francia había desalojado la cuenca del Ruhr, etc. Pero subestimaron la capacidad de Hitler de esperar, de construir en la sombra hasta que surgiese la oportunidad definitiva.

Quizá pensaron también que el liderazgo de Hitler en su propio partido, cuestionado durante su estancia en prisión por Strasser, acabaría deshaciéndolo como un azucarillo. Pero nada de eso sucedió: Hitler retomó el control del partido, sometiendo a su único opositor de entidad, Strasser, y aprovechó para reorganizarlo totalmente a su medida.

Hitler partía de una idea sencilla: si el partido nazi alcanzaba el poder, debía estar preparado para sustituir las estructuras republicanas por las suyas propias. Así, pese a ser un partido pequeño, dispuso desde el principio de una organización perfectamente definida, un “Estado dentro del Estado”, preparado para asumir la dirección de todo un país.

Para asegurar que nadie, nunca más, desafiase a Hitler por el control del partido, se estableció el “Principio del Líder”, que básicamente enunciaba la condición dictatorial de Hitler en su propio partido, con la potestad absoluta para designar a los distintos mandos inmediatos a su imagen y semejanza. Principio que también traspasaría a todo el país en el momento en que alcanzase el poder.

Pero ese hipotético ascenso parecía cada vez más improbable. Su discurso de recuperación del espíritu nacional había calado en un porcentaje reducido de la población, que menguaba conforme mejoraba el contexto económico. Hasta 1929.

El Crack del 29 corrió como la pólvora, afectando especialmente a países en dificultades como Alemania. Una crisis que se llevó por delante muchos empleos y la promesa de una recuperación económica lenta pero segura para el país teutón. En el transcurso de un año se sucedieron dos elecciones generales que fueron el reflejo más claro del deterioro: en la primera no se pudo formar gobierno por la fragmentación de partidos, y el Presidente Hindenburg, Jefe del Estado, designó a uno de los candidatos para que formase gobierno aun careciendo de apoyos necesarios. Con esta decisión, Hindenburg sentaría un precedente del que tomaría buena nota Hitler: el resorte clave del poder estaba en el viejo Mariscal, y no en el pueblo alemán.

El designado, Heinrich Brüning, que no acababa de ver con buenos ojos ser nombrado a dedo, convocó de nuevo elecciones en 1930. La idea era sencilla: tras la convulsión de las últimas y la resultante fragmentación, buscaba un punto de mayor legitimidad política. Pensaba que este gesto le daría la confianza del pueblo alemán, y reforzaría la democracia. Lo que sucedió, sin embargo, es que obtuvo menos votos que en la anterior. Y que el primer partido de la oposición pasó a ser el hasta entonces irrelevante Partido Nazi…

Por Luis Huete y Javier García