Hitler, el cabo sin dotes de mando

Seguid a Hitler. Él bailará, pero yo he compuesto la música. Le hemos dado los medios de comunicarse… No me lloréis: yo habré influido en la Historia más que ningún alemán….” Dietrich Eckart.

Estas palabras las pronunciaba un hombre moribundo, ideólogo y fundador del Partido Obrero Alemán (germen del Partido Nazi) y mentor de Adolf Hitler, en 1923. Moriría pocos días después, creyendo realmente que su pupilo devolvería la grandeza perdida a Alemania, que vengaría la afrenta del Pacto de Versalles, y que instauraría un imperio como el mundo jamás habría contemplado.

Eso creyeron también miles, millones de alemanes que votaron repetidamente al más conocido austríaco de la Historia (Hitler obtuvo la nacionalidad alemana en 1932). No serían los únicos en ceder ante el atractivo, el magnetismo de uno de los mejores oradores de los últimos siglos. Y por esta razón, entre muchas otras, la figura de Hitler es una de las más estudiadas desde que comenzó a despuntar en la arena política.

Paradójicamente, en sus orígenes nada parecía indicar que llegaría a ser alguien importante: su padre, un funcionario de aduanas anticlerical y hecho a sí mismo, guardaba para su hijo poco cariño y muchas palizas, hecho que su madre intentaba paliar con un cariño excesivo. Fruto de ese ambiente, Hitler desarrollaría una personalidad frágil y sensible, y buscaría durante años dar sentido a su existencia a través del arte. Ambición que vería frustrada una y otra vez, tanto en escuelas de arte como de arquitectura. Aparentemente le faltaba talento.

¿Qué cruza por la mente de un hombre atormentado desde niño por el ambiente familiar al ver que su única vía de escape, la pintura, nunca será su futuro? ¿Qué sima de desesperación alcanza? ¿Con qué avidez buscará una vía alternativa, un lugar en el que encajar?

La Primera Guerra Mundial encuentra a Hitler en Múnich, y rápidamente se alista como voluntario. Él mismo cuenta que dio gracias de rodillas al Cielo por la oportunidad que se le presentaba: ser útil defendiendo la grandeza de Alemania, del país en el que quería vivir y al que quería servir.

Y sirvió bien: dos condecoraciones y el ascenso a cabo. Pero la guerra también mostró otra arista del carácter de Hitler: su histerismo en la derrota. Algunos oficiales afirmarían que, pese a su valentía y compromiso, jamás concederían capacidad de mando a alguien como él, precisamente por el grado sumo de angustia e histrionismo que le sobrevino al conocer la rendición de Alemania.

Porque es algo  característico de quien sufre una inseguridad casi patológica: la búsqueda de una causa perfecta, sin fisuras, así como la de un enemigo claro e identificable. El errático y fracasado pintor, además de persona herida emocionalmente por su padre, había adoptado la ideología del nacionalismo como gran causa a la que entregar una vida vacía, y había identificado a los judíos y al marxismo como los grandes enemigos de Alemania.

Para alguien así, ya nublado por la ideología, ver fracasar la gran causa que defiende, es un caldo de cultivo perfecto para grabar a fuego el odio contra aquellos que determine como causantes. Porque lo último que piensa un náufrago de ideales es que la causa principal del naufragio sea la propia embarcación. El expansionismo alemán no podía ser la causa de su derrota en la guerra porque era el medio necesario para el fin superior: la preponderancia del pueblo alemán, de la raza aria. Y como era una causa perfecta en sí misma, había que buscar fuera las causas de su fracaso.

Es el principio auto-destructor de todo populismo, y de toda ideología que se aleja de la realidad: la incapacidad de reconocer sus limitaciones, la pretensión de ser una respuesta perfecta a las necesidades de un pueblo.

Lo interesante de la historia de Hitler es que, si bien podemos establecer en este punto el origen de su antisemitismo, podemos entender también las razones que años después convencerán a millones de alemanes, cultos e inteligentes, de que las propuestas de Hitler son lo que necesitaba Alemania. Incluyendo la marginación y persecución de los judíos o de cualquier raza o condición considerada como inferior.

Hitler aún tardaría dos años en encontrar el Partido Obrero Alemán; es más, aún no había contemplado iniciar una carrera política. Sólo quería mantenerse en el único entorno en el que se había sentido útil: el Ejército. Sería espiando grupos sospechosos de socialismo como descubriría, por casualidad, el partido al que se afiliaría y más tarde refundaría como Partido Nacionalsocialista.

Ahora podemos volver a los años de juventud en Viena, a la angustia existencial al descubrir que no tenía talento suficiente en el único campo en el que había destacado algo, la pintura. Y, con esa sensación en mente, trasladarnos al encuentro político en el que por primera vez intervendría, defendiendo una postura nacionalista; e intuir el grado de excitación que alcanzaría cuando uno de los líderes del partido, impresionado por su vehemencia, le invitase a afiliarse. ¿Qué hormigueo le recorrería el estómago al subirse por primera a un estrado, a pronunciar su primer discurso? ¿Qué sentiría al recibir los acalorados aplausos de tantos trabajadores, desesperados como él por la situación de miseria en Alemania?

Porque espolearlos era fácil para Hitler: sólo tenía que recurrir a su propia rabia interior. Sólo tenía que verbalizar el juicio que ya había hecho en las trincheras. “Alemania está llamada a la grandeza, pero durante muchos años le ha dado la espalda favoreciendo la contaminación de la raza con los pueblos eslavos y con los judíos. Y estos han provocado la humillación de Alemania, y la ruina económica que aboca a tantos a la desesperación.” Fruto de esos primeros éxitos empezaría a formarse en la mente de Hitler otra convicción, que no tardaría en añadir a su discurso: “Esta es la dolorosa situación, sí. Pero yo he nacido para salvar a Alemania. Y sé cómo devolver a este país su grandeza perdida. Sé cómo sacarlo de la miseria y devolverle su dignidad.”

Por Luis Huete y Javier García