Grandes revolucionarios (IV): Stalin y la obsesión por el poder

En una fría mañana de diciembre de 1878, en el pueblo georgiano de Gori, Yekaterina Gueladze veía nacer a su tercer hijo. Una criatura cuya fragilidad le haría revivir el dolor pasado con sus otros dos hijos, fallecidos poco después de nacer. Pero Iósif no murió en los siguientes meses. Tampoco cuando su padre, Vissarión Dzhugashvili, zapatero de profesión y demasiado dado a la bebida, comenzó a pegar a los dos, a la madre y al pequeño Iósif. Palizas que le llevarían, según sus amigos de la juventud, a despreciar a cualquier figura de autoridad y a obsesionarse por ser él la autoridad.

Vissarión no siempre fue un borracho violento: se dio a la bebida después de la muerte de su primer hijo. Y esas borracheras, que ya no cesaron, no sólo le impidieron disfrutar del hijo que le sobrevivió: le llevaron a maltratarle, a ocultar su dolor en la violencia. Iósif por su parte creció triste, con una frialdad de corazón como la de su padre. La semilla de la psicopatía estaba plantada…

Tampoco desarrolló especial cariño hacia su madre, que siempre deseó que fuese sacerdote. Iósif, que nunca vio ese deseo con buenos ojos, ni siquiera fue a su entierro años después. Parecería el cuadro de un verdadero drama cinematográfico, pero es la infancia del sucesor de Lenin; la infancia de uno de los mayores genocidas de todos los tiempos, pero también de uno de los mayores expertos en el uso del poder capaz de derrotar a Hitler y de “unir” a su pueblo para luchar contra la mayor maquinaria bélica del siglo XX.

Iósif Stalin se convertiría en el hombre más poderoso de Rusia desde que el 3 de abril de 1922 fuese nombrado Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Panruso. El poder paralelo al del gobierno que siguen utilizando dictaduras como la de Irán. Cargo que Lenin había convertido en una fortaleza de poder absoluto, sin caer en la cuenta, quizá, de que un día alguien que no fuese él lo ocuparía. Demasiado tarde entendió el error que había cometido, y en el XII Congreso del Partido Bolchevique trató de remediarlo escribiendo estas disposiciones para ser leídas ante todos:

Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva.” Lenin, 4 de enero de 1923.

Pero el encargado de preparar la documentación para el Congreso era precisamente Stalin, que ocultó este escrito de un Lenin agonizante que no acudiría en persona a la asamblea. A partir de su muerte, todos los movimientos de Stalin fueron de una clarividencia en el uso del poder sin parangón, además de carentes de cualquier sentido de lealtad o de honradez: engañó a Trotsky para que no pudiese acudir al funeral de Lenin, presentándose él como sucesor del gran líder comunista, y acabaría forzando el exilio de su principal rival. Las hazañas de un psicópata sin escrúpulos.

Tampoco tuvo muchos problemas para traicionar a cualquier colaborador. Era el paradigma de la amabilidad aparente y el más frío desapego de cualquier afecto de puertas adentro, que le permitía sacrificar a amigos... o incluso a familiares: su propio hijo moriría en un campo de prisioneros alemán al negarse Stalin a intercambiarlo por el mariscal Paulus: un soldado no valía lo mismo que un alto mando, aunque ese soldado fuese su hijo.

Las dos troikas o triunviratos que formó son también una buena muestra de su habilidad: primero se unió a Zinóviev y Kámenev en contra de Trotsky. Cuando éste se exilió, formó otra troika con Rykov y Bujarin que acabó expulsando del partido a sus dos excompañeros de conspiración, que se asociaron con la viuda de Lenin para intentar destronar a Stalin, sin que sus esfuerzos diesen fruto.

Así, Stalin siguió jugando la baza del triunvirato y la puñalada (o martillazo en el caso de Trotsky) en la espalda, hasta que la hambruna en Ucrania hizo que las primeras voces de protesta se alzasen. Los planes quinquenales de industrialización con los que Stalin había sustituido la apertura a políticas de mercado que promovió el último Lenin, a pesar de cumplir su objetivo, provocaron una catástrofe humanitaria en los campos comunizados de Ucrania. Para comprar maquinaria, Stalin vendía todo el grano de la agricultura al extranjero, matando de hambre a quienes hasta la fecha se alimentaban de él. Se calcula que unos 5 millones de personas murieron en la década de 1930 por el efecto perverso de sus planes estatales.

Aún más morirían en “La Gran Purga” que a partir de 1930 descabezaría a todos los organismos oficiales. Millones de “adversarios” o supuestos conspiradores contra Stalin perecerían ejecutados, torturados o deportados a Siberia, con el fin de asegurar el poder absoluto de Stalin. A estas alturas ni siquiera intentaba esconder el infierno en el que se había convertido la Revolución que iba a traer el paraíso a los proletarios.

Pero en medio de ese baño de sangre, el acontecimiento más dramático del ya de por sí terrorífico siglo XX convertiría a Stalin en héroe: el estallido de la Segunda Guerra Mundial. No fue la buena suerte: fue otra jugada genial de su manera de ejercer el poder. Stalin utilizó a Hitler como marioneta para que se iniciase la Segunda Guerra Mundial que tan bien podía servir sus intereses. La Operación Barbarroja permitió que sus súbditos ya no mirasen hacia el Kremlin en busca de culpables: ahora había un enemigo común al que combatir. Y Stalin, que supo congregar a todo el pueblo a su favor, se convertiría en el líder que derrotó a Hitler y conquistó Berlín.

Siglos después de que Maquiavelo esculpiese los rasgos del monarca absoluto, el hijo mal querido de un zapatero de Georgia lo encarnó como pocos hasta entonces y además, increíble paradoja, en nombre del proletariado. Hasta el final de su vida consiguió mantener el poder, a pesar de la Guerra Fría y de las purgas que siguió ejecutando… o quizá precisamente gracias a ellas. La gran sorpresa es que el primero que haría justicia condenando póstumamente su figura fue su sucesor, Nikita Jrushev, que inició un proceso de des-estanilización de Rusia. La obra de terror de Stalin no sobreviviría a su muerte, acaecida el 5 de marzo de 1953. Pero el daño al pueblo ruso, inconmensurable, ya estaba hecho.

Por Luis Huete y Javier García