Grandes revolucionarios (III): Lenin y el poder absoluto

La Primera Guerra Mundial fue sin duda el punto de inflexión en la historia rusa, particularmente para la Revolución comunista. Y sorprendió a Lenin en su lugar de reposo habitual, donde seguiría estudiando y escribiendo durante los primeros meses de contienda. Todo el continente europeo se desangraba en las trincheras mientras Lenin, con la clarividencia que concede escribir desde el retiro y la paz de los Alpes, ponía las bases de una revolución que no tenía intención de que fuese a limitarse a Rusia.

Durante los primeros años de la guerra, hasta principios de 1917, la figura de Lenin fue ganando adeptos entre aquellos en Rusia que se oponían a la guerra, mientras la credibilidad del socialismo revolucionario caía por el apoyo de la socialdemocracia alemana a la guerra. Solo la postura de Lenin, dentro del socialismo internacional, parecía coherente con el pacifismo que había defendido.

Pero los acontecimientos se precipitaron, y la caída del zar y consiguiente formación de un gobierno provisional, en marzo de 1917, espolearon a Lenin a forzar el paso de la revolución. Y entonces, en la hora más decisiva, demostró ser un astuto jugador en el gran tablero que era la geopolítica Europea: obtuvo permiso del gobierno alemán para cruzar Alemania y Suecia y desembarcar en Finlandia a fin de llegar, muchos años después de iniciar su exilio, a su amada Rusia.

¿Por qué fue una excelente jugada? En primer lugar, porque se le daba una oportunidad única por su ubicación: mientras los gobiernos británico y francés impedían a Trotsky y a otros líderes “pacifistas” viajar a Rusia por miedo a que fomentasen una retirada de sus tropas del conflicto, el gobierno alemán veía en Lenin exactamente eso: alguien con el potencial poder de obtener la retirada de Rusia de la contienda.

Pero aterrizar directamente en territorio ruso, tras ser custodiado por tropas alemanas, ofrecería a sus opositores (conservadores y no-radicales) la excusa perfecta para desprestigiarle, acusándolo de colaboracionista con los Imperios centrales. Lo paradójico es que el gobierno alemán llevaba tiempo sosteniendo económicamente a los “pacifistas” rusos, con la esperanza de que su labor minase la solidez del gobierno zarista. El retorno de Lenin, tras la caída del zar, era el golpe de gracia. Pero no podían darlo de cualquier manera…

Así que Lenin exigió viajar en un tren sellado mientras estuviese en suelo alemán, asegurando así que nadie le acusase de connivencia con el enemigo germano: quedaba así su traslado como un gesto del Kaiser hacia los rusos, pero tratando a Lenin como a un preso político “liberado”.

La jugada salió bien, y la imagen de Lenin no se vio afectada. Eso le permitió centrarse desde el principio en su gran plan: socavar al gobierno provisional, hundir a la socialdemocracia y a todas las fuerzas alternativas que se le opusiesen (especialmente a los anarquistas y su “liberalismo encubierto”). Y era cuestión de tiempo que lograse su objetivo: una guerra sangrante, hambruna, crisis política, desempleo y cese de buena parte de la actividad económica… Caldo de cultivo perfecto para radicalismos, para acusaciones de debilidad a quien hablase de grandes pactos: quien no defendiese la revolución iba a favor de los imperialistas, los burgueses, los terratenientes… Es la lógica de la falta de escrúpulos: cuanto peor le fuesen las cosas a su “amada” Rusia, más se necesitaría una revolución: la suya; y una figura mesiánica: él mismo. 

El 7 de noviembre de 1917, pocos meses después de su vuelta, Lenin dio el pistoletazo a la Revolución que le auparía al poder. En vísperas del II Congreso de los Soviets, organismo que agrupaba a las principales corrientes bolcheviques y al que Lenin ni siquiera informó de sus intenciones porque quería presentar la toma del poder como un hecho consumado. Quizá por miedo a la oposición interna, o a que se impusiesen otros plazos que no fuesen los del propio Lenin.

Lo que sucedió una vez Lenin ocupó el poder es bien conocido. Pero es importante verlo como la culminación de una postura, de la ideología que siempre sostuvo. Y como toda ideología, la clave no está en la realidad sino en lo que ésta debería ser. A su servicio, todo estaba justificado; toda ejecución política; toda medida económica que aun llevando a la hambruna sostuviese la revolución; toda negociación humillante de un acuerdo de paz.

Lenin, que nunca fue realmente pacifista, firmó los acuerdos de Brest-Litovsk. Acuerdos claramente desfavorables a Rusia. Su pacifismo le permitió destruir el poder de los líderes zaristas del ejército ruso. Se abolieron las estructuras jerárquicas del ejército, a los soldados que volvían del frente se les permitió mantener sus armas y se les dio tierras de terratenientes para que las cultivaran. Pronto los cultivos se colectivizaron pero para entonces ya se habían destruido dos pilares del antiguo régimen: el ejército y los terratenientes. Después vino una política de supervivencia que provocó la muerte por hambre de miles de campesinos. Sobre todo cuando estalló la guerra civil entre el Ejército Rojo y el Movimiento Blanco, formado por opositores, militares y apoyado por las potencias extranjeras…

Sin llegar a ser un punto de inflexión, la guerra civil fue un momento crucial que desencadenó muchas de las claves de la futura URSS: el acercamiento de Lenin y Trotsky, el ascenso de Stalin en el escalafón del partido, la radicalización de la censura (temporalmente según el propio Lenin por la necesidad de la guerra, aunque acabó durando décadas), trasvase de poder del Gobierno al Partido… 

Lenin tenía intención de que la II Guerra Mundial empezara lo antes posible para que su revolución cuajara en una Europa rota por una nueva guerra. Por eso no dudó en declarar la guerra a Polonia (guerra que perdió). 

El período final del gobierno de Lenin tiene hasta cierto punto cariz de paradoja: la guerra civil se ganó, pero la revolución socialista no prosperó en ningún otro país de Europa (como Lenin esperaba); su poder se afianzó, pero los órganos de gobierno que creó fueron perdiéndolo a favor del organismo sobre el que tenía cada vez menos influencia: su propio partido (en manos de Stalin); y la necesidad de promover una cierta economía de mercado para no morir asfixiados por el resto de potencias europeas.

Al final de sus días (moriría el 21 de enero de 1924), y habiéndose acercado cada vez más a Trotsky en sus últimos años, asistió impotente a la acumulación progresiva de poder por parte del partido frente a los órganos del gobierno ruso, en una suerte de guerra fría entre sus dos principales creaciones políticas. Gracias, sobre todo, a la absoluta autonomía que había concedido, años ha, al jefe del partido. Lo había hecho, por supuesto, para asegurar su propio control. Pero cuando se vio forzado a ceder el puesto para asumir el gobierno del país, hizo algo más: convirtió a un humilde georgiano, hijo de un zapatero, en el hombre más poderoso de Rusia. Llegaba la hora de Iósif Stalin.

Por Luis Huete y Javier García