Grandes revolucionarios (II): Lenin el ideólogo

"Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía.”. Vladímir Ilich Uliánov, “Lenin”.

El 1 de marzo de 1887 una operación policial abortaba el intento de asesinato del zar Alejandro III en San Petersburgo, atentado urdido por el grupo revolucionario Naródnaya Volia (Voluntad del Pueblo), organización formada casi íntegramente por jóvenes estudiantes de la Universidad de San Petersburgo provenientes de familias de relieve en la sociedad rusa. Entre los encarcelados, uno de sus principales dirigentes: Aleksandr Uliánov, hijo de una familia de la nobleza rusa. En mayo, pese a los intentos de su madre por salvarlo, y tras negarse a delatar a más compañeros conspiradores, fue ejecutado en prisión.

En esas fechas, la persona que más sufriría su muerte afrontaba sus exámenes finales antes de acceder a la universidad. Estudiante modelo, brillante, Vladímir Ilich obtuvo calificaciones extraordinarias pese a la dureza del momento. Había admirado profundamente a su hermano mayor, y había ido de su mano a los comités de los grupos de izquierda radicales que frecuentaba. Grupos en los que a partir de entonces se involucraría el joven intelectual, guiado por una visión cada vez más clara: acabar con la dictadura del zar en Rusia, liberar a su pueblo, redimir al proletariado y al campesinado, y llevar la revolución a toda Europa y posteriormente a todo el mundo.

Mucho leería y escribiría –y sentiría en su interior- el joven Lenin en los años que transcurrieron desde la muerte de su hermano, cuando sólo contaba con 17 primaveras, hasta el triunfo de la Revolución Rusa, en 1917. Y casi siempre lo hizo desde el exilio: Londres, Zúrich, Ginebra, Helsinki… Muchas ciudades acogieron al ideólogo que acometería con mayor determinación la labor de ejecutar las tesis de Karl Marx.

Revisando los hechos más relevantes de su vida, es interesante descubrir que nunca perdió contacto cercano con su familia, que fue su sustento esencial y permanente, especialmente en los muchos episodios en que se vio aislado y contradicho por sus propios correligionarios.

La actividad de Lenin desde sus años universitarios fue febril, escribiendo centenares de artículos en revistas internacionales o de cuño propio, como la revolucionaria Iskra (La Chispa). Su liderazgo intelectual no tardó en darle un peso decisivo en los órganos de gobierno de la Internacional Socialista, convirtiéndose en uno de los cabecillas más importantes de este movimiento político.

En esta labor destacó no sólo por la imponente producción de textos, sino por la contundencia y virulencia de los mismos. Hasta el punto de que en el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia la postura radical de Lenin respecto a varios puntos condujo a su escisión formal: la rama “bolchevique” o mayoritaria, comandada por Lenin, se oponía a tener en cuenta a las bases de simpatizantes, queriendo que en sus filas solo figurasen revolucionarios “profesionales”, de ideas fijas y radicales, que sólo buscasen la Revolución según las ideas del propio Lenin.

La otra rama, la “menchevique” o minoritaria, que en realidad contaba con una base de seguidores mayor (pero que las maniobras de Lenin la fueron relegando en el organigrama del partido), y que abogaba por escuchar a los simpatizantes y por dialogar con otros agentes sociales para la mejora de las condiciones de vida de obreros y campesinos, acabó sufriendo la implacable oposición de Lenin.

Para él, cualquier postura que no apostase por la revolución como única vía era sospechosa de connivencia con los intereses burgueses o, incluso, de colaboradora con el régimen zarista. Así, durante los años de exilio acabó más dedicado a resolver la organización interna del partido que a promover la revolución. De hecho, reaccionó tarde a la de 1905 porque antes quería resolver una disputa sobre posiciones internas y sólo cuando prevaleció su postura se centró en promover las protestas… pero ya era tarde: las fuerzas gubernamentales habían conseguido frenar las revueltas.

Este punto no es baladí. Porque se puede atacar a Lenin por no aprovechar la oportunidad; pero viéndolo con perspectiva, su decisión estaba perfectamente justificada: no ambicionaba el triunfo de la revolución, sino de su revolución. Era un paso previo y necesario para instaurar el gobierno que él concebía que llevaría al Estado Socialista de Marx.

Y para ello necesitaba antes el control total de su partido, gobernarlo con puño de hierro, con un centralismo que alejase cualquier peligro de diálogo con posturas menos radicales. El partido de Lenin tenía una estructura externa, visible para todos, pero al mismo tiempo existía una organización paralela, invisible para los no iniciados. Al igual que en una mafia: hay organizaciones y empresas que funcionan dentro de la legalidad y hay una fuerza secreta que las aglutina, permaneciendo siempre en la sombra.

Su mayor temor fue siempre perder el control, y para ello acabó diseñando un partido liderado por un dictador que tendría todas las palancas de poder a su disposición. Por supuesto, era el mejor sistema para asegurar que su postura triunfaba siempre, pero… ¿qué pasaría cuando otro tomase las riendas del partido? ¿Alguien guiado por intereses no tan afines a los de Lenin? Concretamente, ¿qué pasaría cuando accediese el poder una de las figuras históricas más ávidas de poder entre todas las que pueblan los libros de Historia?

No sabemos a ciencia cierta en qué momento Lenin dejó de verse como un pensador para concebirse como la figura mesiánica que salvaría al proletariado mundial. Nunca cedió en sus posturas, sin miedo a quedarse solo, a verse aislado o en contra de la masa de su propio partido. Fue incólume, inflexible. Sólo ponía una condición para dialogar, una línea roja: la parte contraria tenía que acabar aceptando su postura para poder volver a ganarse el favor de Lenin. Así, con el tiempo, se acabó convirtiendo en un símbolo heroico entre los rusos opositores que aún no habían sido obligados a exiliarse, y alguien aislado por todos sus compatriotas expatriados. Sus discursos, sus artículos, sostenían su figura icónica.

La Primera Guerra Mundial le sorprendió en su lugar de descanso. Pocos días después de estallar el conflicto una segunda conmoción desconcertó a Lenin, quien ya se había zambullido en una vorágine de actividad editorial contra la guerra, a la que veía como consecuencia directa del imperialismo, que a su vez consideraba hijo legítimo del capitalismo. Esta segunda conmoción fue el apoyo de los diputados socialdemócratas alemanes a la guerra.

Lenin concebía una futura unión de todos los pueblos de Europa bajo la bandera de la revolución marxista, y una guerra mundial significaba el enfrentamiento entre esos pueblos. Pero Lenin nunca fue pacifista; simplemente, no era esa la guerra que le convenía. El sentimiento patriótico era una rémora para la revolución, porque unía a nobles, burgueses y proletarios contra un mismo enemigo. Y para Lenin la verdadera guerra debía librarse contra las clases ricas de cada país. Así que, sin tiempo que perder, comenzó a moverse, tratando de aprovechar la Guerra Mundial para precipitar su Revolución…

Por Luis Huete y Javier García