Grandes revolucionarios (I): El terror de Robespierre

"El terror, sin virtud, es desastroso. La virtud, sin terror, es impotente.” Maximilien Robespierre

Después de algunos artículos sobre grandes reformadores iniciamos una nueva saga sobre personajes que eligieron la revolución a la reforma como estrategia de cambio. Empezamos con Maximilien Robespierre, instaurador y cabeza del período revolucionario más sangriento de la primera república francesa.

La línea entre reformador y revolucionario puede parecer difusa. En esta serie de artículos nuestra idea es repasar algunas figuras de las principales revoluciones políticas de la Historia, y cuyo ascenso al poder fue violento. A veces para bien; otras, como la que nos ocupa ahora, para mal.

Maximilien Robespierre nació en el seno de una familia de juristas de Artois en 1758. Tuvo 4 hermanos, aunque el último de ellos falleció poco después de nacer y después de que perdiese también la vida la madre, Jacqueline. Fue un golpe durísimo para el niño Robespierre, el mayor de los hermanos y que a la sazón tenía 6 años. No fue el único golpe que tuvo que afrontar: el padre, atormentado seguramente por el dolor, decidió emigrar solo a Alemania, donde ejerció de profesor hasta su muerte. Las dos hermanas de Robespierre fueron acogidas por sus tías paternas, mientras que los dos niños crecieron en casa del abuelo materno.

El futuro revolucionario estudió para ejercer de abogado en Arras, donde su fama empezó a florecer por su firme oposición a la pena de muerte y su denodada defensa de los más pobres. Más adelante se ganaría el apodo de “El Incorruptible”, signo evidente de la fuerza que parecían tener sus ideales. El 5 de mayo se presentaría en Versalles como diputado electo del Tercer Estado en los Estados Generales que marcarían los prolegómenos de la Revolución Francesa. Ya en los Estados Generales su presencia (y sus discursos) no pasaron desapercibidos. Mirabeau diría de él, al término de una de sus intervenciones: “Este joven cree en lo que dice: va a llegar lejos”.

Esta afirmación de Mirabaud nos lleva a una primera reflexión. Porque, efectivamente, Robespierre llegó muy lejos, hasta la cima del poder en Francia, vedada hasta entonces para hombres que no pertenecían a la aristocracia. ¿Alcanzar la cima es tan importante en la vida de una persona? ¿Vale cualquier cima? Y, sobre todo, ¿vale llegar de cualquier manera? ¿Cuáles acaban siendo las motivaciones reales detrás de tanto esfuerzo?  ¿No acaban siendo las ideologías la perfecta coartada para el afán de poder de algunos?

Porque el ascenso de Robespierre no fue el de un animal político “clásico”, como Fouché, sino la coronación del mayor ideólogo de los revolucionarios franceses, aquel que defendía con más decisión y tesón el ideal de la revolución. Pensamos habitualmente que el peligro mayor en la carrera política es corromperse, pero Robespierre se ganó merecidamente el apodo de “El Incorruptible” porque nunca cedió al soborno ni se casó con nadie más que su propio ideal… Es más, todas las atrocidades que cometería más adelante las haría en nombre de ese ideal; como acertadamente afirmaba Mirabeau, creía en lo que decía…

Pero el sueño de la razón produce monstruos, como bien dibujaría Goya pocos años después. Un ideal que no pase por el tamiz de la razón y la humanidad, por el respeto a la realidad, se torna fácilmente ideología y coartada de lo injustificable. La ideología de Robespierre, como tantas otras, tiene vocación de religión laica, de credo excluyente y, al final, violento.

En 1791 el rey Luis XVI, que en secreto intentaba recuperar su condición de monarca absoluto, huyó de París para reunirse con tropas leales y acabar con la Revolución. No sabemos qué pasaría por la cabeza de Robespierre tras este episodio, pero a partir de ese momento se observa una ferocidad en su ejercicio del poder que hasta entonces había permanecido latente. Quizá vio peligrar todo lo construido hasta entonces, y se convenció interiormente de que ningún sacrificio, ninguna medida sería demasiado dura con tal de preservar la obra de la Revolución y quizá su propio poder.

La captura del rey dio ocasión a los jacobinos (el partido más radical de la Asamblea francesa) para tomar las riendas de la Revolución, y Robespierre supo jugar sus cartas. Obtuvo de los parlamentarios la condena a muerte del rey, e instauró la primer república francesa, que controlaría en los siguientes meses con puño de hierro.

Serían los meses en los que Robespierre tendría vía libre para aplicar su revolución. Y es sugerente leer su ideal político:

El principio del gobierno constitucional es conservar la República; la del gobierno revolucionario es fundarla. El gobierno constitucional se ocupa principalmente de la libertad civil; y el gobierno revolucionario de la libertad pública. Bajo el régimen constitucional es suficiente con proteger a los individuos de los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el propio poder público está obligado a defenderse contra todas las facciones que le ataquen. El gobierno revolucionario debe a los buenos ciudadanos toda la protección nacional; a los enemigos del pueblo no les debe sino la muerte.” Robespierre, La teoría del gobierno revolucionario

Todo acto de gobierno debía ir encaminado a imponer la Virtud (como la entendía Robespierre) en la sociedad. Y todo aquel que no comulgase con esa idea de virtud debería ser ejecutado. Es trágico saber que el otrora firme objetor contra la pena de muerte la acabaría aplicando a miles de personas, incluidos sus propios amigos y camaradas revolucionarios Danton y Desmoulins, que serían guillotinados cuando Robespierre los consideró opositores a sus medidas. Pero no solo a sus amigos: las matanzas de la guerra civil en la Vendee y buena parte de las ejecuciones las sufrieron los mismos que no hace mucho solicitaban sus servicios como abogado. Aquellos que decidió representar cuando se presentó a los Estados Generales. La ideología acaba volviéndose contra aquellos mismos que pretende defender, por los que dice luchar.

La ideología llevada a su extremo justifica toda medida que busque preservarla o llevarla a término. En última instancia, el respeto a la vida de los otros queda relegado a un segundo plano en el momento en que puede resultar una rémora a la implantación de la visión del ideólogo. Así lo vivió Robespierre, quizá muy condicionado, decíamos, por las amenazas que rodeaban la naciente república: la guerra civil de la Vendee, que Robespierre y sus atláteres finiquitaron con un verdadero genocidio; y las guerras exteriores, que le dieron carta blanca a ojos de la sociedad para hacer “lo que hiciese falta”.

Pero el mal se acaba volviendo contra sí mismo, ya que degrada a los que lo realizan. Y el propio estado de terror en el que había sumido a la Convención provocó un movimiento de oposición secreta que, en cuanto tuvo ocasión, detuvo a Robespierre y a sus más allegados colaboradores, que presentaron dura resistencia apoyados por tropas leales. Afortunadamente, no prevalecieron. Y el mes de Termidor del año II del Terror Revolucionario vería la ejecución de Maximilien Robespierre, cuyo cadáver fue cubierto de cal viva para que no quedase ni rastro de él. Terminaría así, con la muerte del “Incorruptible”, el episodio más funesto de la Revolución Francesa, permaneciendo como advertencia para los siglos venideros del efecto desgraciado que puede llegar a tener una ideología que se aplica hasta el final, desprendida de todo rastro de humanidad y de realismo.

Por Luis Huete y Javier García