Grandes reformadores (VIII): La obediencia de Teresa

"La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre.”

Casi cuatro siglos después de su muerte, acaecida en 1582, la Iglesia Católica reconocía a Teresa de Ávila como Doctora de la Iglesia. Lo hacía a través del Papa Pablo VI, en 1970, como una de las primeras muestras de cambio de la Iglesia post-conciliar: hasta esa fecha, se habían denegado todas las propuestas análogas por ser Teresa una mujer. Demasiado duraron los recelos y los prejuicios hacia ella en el seno de la institución a la que amó, sirvió ejemplarmente y siempre obedeció.

Teresa de Ahumada nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515, hija de una familia acomodada de la ciudad que la vería crecer; que contemplaría sus primeras locuras, la intensidad de su querer y de su personalidad.

Es de su infancia una de las anécdotas más conocidas de Teresa: su fuga de casa, con 7 años, para viajar “a tierra de moros” y ser martirizada junto a su hermano Rodrigo, compañero suyo en esta aventura. Soñaba con el romanticismo y la grandeza de morir mártir, de que su amor por Dios fuese lo último que proclamasen sus labios antes de morir; que fuese precisamente ese amor la causa de su muerte.

La aventura no duró mucho, pues fueron interceptados por un familiar a poca distancia de la ciudad y devueltos a su casa. Es una anécdota que puede escandalizar, vista con ojos modernos: que una niña estuviese todo lo cierta que se puede estar sobre el sentido de su vida, sobre la fuente de su felicidad; hasta el punto de querer reunirse ya con su Dios.

Pero entonces recordamos que hoy mismo mueren cristianos (y personas de otras confesiones) en los territorios controlados por el Estado Islámico, con un rostro de serenidad en los momentos últimos, cuando se han negado a apostatar de su Dios, y se reactiva la pregunta a la que la niña Teresa pensaba haber hallado respuesta: ¿por qué o por quién merece la pena dar la vida?

La misma pregunta que se hizo Galileo antes de aceptar la humillación del Tribunal de la Inquisición. La misma que quizá se replanteó Savonarola antes de ser quemado en la hoguera. Una pregunta que por su radicalidad no puede ser respondida solo con palabras.

Avanzando en la historia de Teresa,  vemos su certeza tambalearse ante los encantos del mundo, ante el halago de ser cortejada. La niña que aspiraba a ser mártir, vivirá una adolescencia movida para su época que llevará a su padre a trasladarla a un convento a proseguir su educación; lo que no se esperaba Don Alonso Sánchez de Cepeda es que su hija pasaría de los galanteos al firme propósito de hacerse carmelita.

Es a partir de ese momento cuando comienzan años de duras pruebas para Teresa, de enfermedad física (estuvo dos años paralítica por un paroxismo) y espiritual: durante años su vida social era intensísima, como si no viviese en un convento, con frecuentes visitas y pocos momentos de soledad para la oración. Hasta que con 41 años, ante la talla de un Cristo llagado, experimenta la conversión interior que llevará a la santa a desear una vida sobria, penitente y contemplativa. Funda una nueva rama del Carmelo, las carmelitas descalzas, y a partir de entonces su vida estará ligada a su obra reformadora.

¿Qué quedó, a partir de entonces, de la niña que deseaba morir mártir por amor a Cristo y a la Iglesia? Una mujer que amaba con intensidad y madurez crecientes a Dios… y que sufrió el martirio de la persecución en el seno de la misma institución carmelita a la que permaneció siempre fiel, siempre obediente. Institución que, pese a todas las rencillas y dificultades, acabó reformando de raíz. No murió de forma violenta, sino que lo hizo lentamente, lacerada por la incomprensión de su propia orden, por el abandono de sus apoyos, por la oposición de la Inquisición. Pruebas que llevarían a cualquiera a preguntarse: ¿realmente merece la pena? ¿Cómo puede estar Dios detrás de la conducta de estos eclesiásticos que hablan en su nombre?

Ante esta situación, ¿qué sostuvo a Teresa en pruebas tan duras? ¿Una voluntad de hierro? ¿Una inquebrantable resolución de acometer la reforma del Carmelo? Algo de esto hubo, pero no fue lo esencial. Su más importante apoyo fue, paradójicamente, la obediencia.

Nunca habría acometido la reforma sin la aprobación de las personas que mejor la conocían; nunca habría escrito sus memorias o conservado sus cartas si no se lo hubiesen ordenado sus confesores. Pero, sobre todo, nunca habría seguido el camino que tomó si no le hubiese llenado de paz su caminar. Una paz en la conciencia que no podía dejar de obedecer, porque era lo más verdadero, lo más sólido y firme en el tumultuoso mar de incertidumbre que amenazaba con ahogarla: la oposición de su propia orden, el abandono de los confesores que anteriormente la habían apoyado, la persecución de la Inquisición… 

Esa obediencia, por tanto, no era ciega: se basaba en su propia experiencia, y en lo que le dictaba lo más profundo de una conciencia sólida y bien formada. Porque la paz interior no se puede alcanzar ni con técnicas y mucho menos con aquellas basadas en el auto-engaño.

Así, a través de sorprendentes encuentros con benefactores, a través de la ayuda y el apoyo más inesperados en los momentos de mayor necesidad (San Juan de la Cruz, San Francisco de Borja, el padre Báñez…), la reforma del Carmelo fue avanzando, dando lugar a la orden de los carmelitas descalzos en sus dos ramas. Y los textos que Santa Teresa no quería escribir hasta que se lo ordenó su confesor permanecen como obras cumbre de la mística hasta la fecha.

Santa Teresa se muestra así como paradigma de la integración de la aparente contradicción entre reforma y obediencia; entre rebeldía y mansedumbre; entre grandeza y humildad. Porque en ocasiones la más elevada forma de rebeldía es obedecer (a la experiencia, al corazón, a la conciencia, a personas sabias que además nos aman). Y así una de las españolas más grandes que han pisado esta tierra se erige como signo de un ideal por el que merece la pena morir y, sobre todo, vivir.

Por Luis Huete y Javier García