Grandes reformadores (VII): La incoherencia de Cromwell

"Si se elige a hombres honestos y temerosos de Dios para ser capitanes, los hombres honestos les seguirán... Prefiero un capitán vestido de forma humilde que sepa por lo que lucha y ame aquello que sabe, antes que uno de los que usted llama gentilhombres y que no es nada más que eso.”

En los albores del siglo XVII, en 1599, nacía de una familia noble inglesa el que según la BBC es el 10º inglés más importante de la Historia, y uno de los grandes personajes de la Edad Moderna: Oliver Cromwell.

Su sola mención puede crispar a muchos irlandeses y católicos, país y minoría religiosa  que sufrió las mayores represalias de este general y político puritano, que tomó las guerras civiles inglesas contra los realistas como verdaderas cruzadas.

Su figura controvertida ha sido señalada por muchos como protofascista y causante de una de las mayores matanzas infligidas a un pueblo occidental; pero fue Trotsky quien vio en él a un Lenin inglés, a un luchador del pueblo y a un adelantado de la lucha contra la tiranía.

Estudiando su vida vemos dos hechos en su juventud que bien podrían ser determinantes de su carácter. El primero, la muerte del padre poco antes de que Oliver cumpliese la mayoría de edad. Dejó sus estudios y en los años que siguieron, hasta que se casó, ejerció de cabeza de su extensa familia. Es de las experiencias vitales que imprimen carácter, y en la resolución y fortaleza de Cromwell podemos intuirlo.

La segunda, ligada al carácter agresivo y conflictivo de su juventud, data de alrededor de 1630. Cromwell había estado en el Parlamento, gracias seguramente a la influencia de algún amigo de la nobleza, antes de que el rey Carlos I decidiese disolverlo y gobernar en solitario hasta 1640. Oliver no había dejado huella con sus intervenciones, pero sí la dejó entre algunos parroquianos de las tabernas cercanas a su casa. Tras una pelea especialmente violenta, Cromwell decidió mudarse con toda su familia y pasó por una etapa de humillación y profunda radicalización interior.

Así se convirtió a la corriente puritana de la Iglesia Protestante. Es importante remarcar que en aquella época la Iglesia Anglicana (cuya cabeza era, igual que hoy, el monarca de Inglaterra) se estaba volviendo a acercar a la Iglesia Católica a través del rey Carlos I. Movimiento que las ramas protestantes más radicales veían como una herejía y una traición magna.

Así, cuando en 1638 Cromwell tenía decidido irse a vivir su fe a Estados Unidos, donde existía libertad de culto, decidió quedarse en Inglaterra para volver a entrar en el Parlamento, esta vez como voz de los puritanos contra el rey.

Las tensiones entre el monarca y el Parlamento acabaron estallando en una guerra civil, en la que Escocia, Irlanda, Gales y algunas provincias inglesas se alzaron apoyando al rey y el resto al Parlamento. Y aquí llegó la ocasión de Cromwell.

Con su propio dinero (ganado tras asaltar una caravana con el tesoro del rey) compró un regimiento de caballería, al que él mismo adiestró según las ideas que después insuflaría al “New Model Army”, el modelo de ejército que después, ya al mando de las fuerzas anti-monárquicas, formaría y entrenaría. En ese ejército, según Cromwell, los soldados ya no temerían a los hombres sino solo a Dios.

A lo largo de esa primera guerra civil Cromwell ganó su prestigio militar. Curiosamente, no era un gran estratega, como podría parecer lógico: los testigos de la época hablan de tácticas muy sencillas y rudimentarias. Lo que distinguía las tropas de Cromwell era un gran sentido de propósito, una comunión entre sus miembros, y un compromiso total con su comandante. Combatían con una determinación que las tropas enemigas solo podían envidiar.

Es conocido el final de esa primera guerra civil: tras una batalla, el rey Carlos es capturado; circunstancia que muchos (incluidos los puritanos) ven como oportunidad para pactar un gobierno más democrático y menos dependiente del rey. Pero Cromwell no puede obviar lo que para él sigue siendo alta traición: la deriva del monarca al catolicismo. Así que perpetra el primer juicio y la primera ejecución pública a un rey. E inicia el breve período histórico en el que Inglaterra fue una república.

Decimos que Cromwell era un personaje en cierto sentido incoherente porque defendió ideas y principios que después, cuando estuvo en el poder, incumplió; esa es la definición de incoherencia, pero nos quedaríamos en la superficie si detuviésemos el análisis ahí. Cromwell fue firme en la decisión de ejecutar al rey porque había puesto en peligro la libertad de culto, entre otras cosas; o en la de no aceptar la corona cuando le fue ofrecida porque veía necesario acabar con la monarquía. Pero cuando gobernó, se persiguió y ejecutó a todos los clérigos católicos que eran capturados; y estableció como hereditario el cargo de Lord Protector, cargo que equivalía a todos los efectos al de rey.

Su incoherencia posiblemente le sirvió a sus cambiantes intereses y circunstancias personales. Y también vemos en esas incoherencias la trágica realidad de todo hombre con ideales que después se ve obligado a gobernar y se da cuenta de que no siempre son factibles, que no se pueden ejecutar. De que los principios que defendía tienen que concretarse en decisiones de gobierno y ningún criterio anterior sirve como verdadera guía en una etapa completamente nueva de la historia inglesa. Ahí estuvo su grandeza y también su miseria y oportunismo.

El final de Cromwell fue trágico: el 29 de agosto de 1658 muere su hija favorita, Elizabeth, a los 29 años. Y el 3 de septiembre de 1658, en el aniversario de sus grandes victorias en Dunbar y Worcester, fallece Oliver Cormwell, vencedor de dos guerras civiles, jefe de los primeros (y únicos) Parlamentos de la República Inglesa. Gran reformador puritano que, tras la reinstauración de la Monarquía, fue condenado públicamente como traidor. Pero que dejó tal impronta en las instituciones que la Monarquía no volvería a ser tiranía.

Por Luis Huete y Javier García