Grandes reformadores (VI): La rebeldía de Galileo

El nombre de Galileo se ha hecho eterno y a todos su nombre nos evoca un injusto proceso inquisitorial, su desafío a la verdad oficial, su pícaro “eppur si muove” después de retractarse de las teorías que con tanta vehemencia había defendido, y el perdón público que pidió Juan Pablo II por el trato que la Iglesia le dispensó.

Aunque rebelde no se nazca -somos más bien el producto de nuestras decisiones-, nos sentimos tentados de decir que en el caso de Galileo la rebeldía fue un atributo casi innato de su carácter. Su padre tuvo mucha culpa en la configuración de la forma de ser del científico, no solo por los genes sino sobre todo por proveerle con una exigente formación en música, literatura y, por supuesto, ciencia. Galileo no era tanto un rebelde; más bien era una mente inquieta, abierta a la búsqueda de la verdad… y con poca tolerancia hacia lo políticamente correcto, la ignorancia y la falta de argumentos.

Nacido en Pisa en 1564, con 21 años decidió dejar la universidad desencantado con la enseñanza que recibía: según su parecer, se sustentaba demasiado en las doctrinas aristotélicas, poco cuestionadas pese a los casi veinte siglos que habían transcurrido. Fue precisamente en esta etapa de la universidad cuando ganó su apodo: “el Disputas”.

Pero no todo en Galileo se reducía a ciencia y carácter colérico: en 1588, tras varios años dedicados a la investigación por su cuenta, se le presentó la ocasión soñada para alcanzar la estabilidad necesaria que le permitiese seguir con su trabajo. Fue invitado por la Academia de Florencia a impartir una conferencia magistral. Preparó su discurso a conciencia, aplicando todo su conocimiento en múltiples disciplinas (desde la literatura a las matemáticas) para causar una honda impresión en los asistentes. Y lo consiguió, ganando así la ansiada cátedra de Matemáticas de la Universidad de Pisa, altavoz a través del cual su voz comenzaría a llegar a todos los rincones de Europa.

En su discurso hizo gala de un tacto y una sutileza cuya ausencia, años después, le provocaría muchos problemas. Porque no es buena idea enfrentar la sinrazón con vocerío o malas formas; la verdad se hace más verdad cuando se muestra con suavidad, cuando no se impone con violencia (aunque sólo sea verbal).

Las teorías que Galileo desarrollaría en su etapa de incipiente fama se centraban en la demostración, sutil, del movimiento de los planetas. Copérnico ya había formulado su teoría unos lustros antes, pero había sido rechazada por las autoridades eclesiásticas y académicas. Galileo conocía bien la problemática, y supo expresar sus ideas con sutileza, llegando a convencer a clérigos, académicos e, incluso, al Papa.

También en esa época se casa y tiene tres hijos. Con uno de ellos, Virginia, desarrollaría una relación especialmente estrecha, que fue su sustento emocional y su consuelo durante años. Virginia, que ingresó de monja muy joven, mantendría una tierna correspondencia con su padre durante muchos años.

En 1609 sería una innovación científica lo que daría al trabajo de Galileo su repercusión más internacional: el telescopio, en su versión más rudimentaria, que alcanzaba los 9 aumentos. Galileo, en muy poco tiempo, construía el suyo propio: 30 aumentos, suficientes para percibir la rugosidad de la superficie lunar.

Fue quizá esta evidencia, esta belleza, escondida para toda la Humanidad hasta la fecha, lo que impulsó a Galileo a no callarse. A defender las teorías para las que ahora tenía demasiadas pruebas. La Tierra no permanecía quieta, daba vueltas al sol, una más de las estrellas del vasto universo que por primera vez en la Historia veían los ojos de un hombre.

Y también pudo ser esta inmensidad, esta desproporción entre lo que veía y lo que era su vida, la que provocó que Galileo decidiese dejar sus cátedras, sus cargos de investigador, todo, para dedicarse en cuerpo y alma a la investigación y a la publicación de sus descubrimientos.

Pero no se puede ser como Galileo sin despertar las envidias y las animadversiones de muchos conciudadanos. Entre ellos, un filósofo aristotélico, que bien podía ser el icono del miedo al cambio, al derrocamiento del statu quo: Ludovico delle Colombe. En él, como en el resto de sus adversarios intelectuales, podemos detectar el agrio combustible de la envidia y del miedo al cambio.

Sus adversarios eran muchas cosas, pero no tontos. Idearon una estratagema para aprovecharse del fuerte temperamento de Galileo y hacerle esclavo de sus propias palabras. Cosa que eventualmente lograron, consiguiendo que las autoridades mirasen con recelo y sospecha toda la obra de Galileo.

Lo que sucedió después es bien conocido: por miedo a morir quemado, Galileo abjuró de todas sus teorías y escritos, reconociendo ante el tribunal de la Inquisición que eran herejías por las que pedía perdón. Salvó la vida, para encontrarse a su vuelta a Florencia con la más triste de las noticias: su hija monja, Virginia, había muerto.

Provoca ternura pensar en un Galileo anciano, derrotado y humillado, sin más apoyos y sin la presencia balsámica de su hija. Pero esta desgracia no tuvo la última palabra: hasta el final de sus días, durante unos pocos años más, Galileo consiguió  publicar y difundir nuevas pruebas a favor de la teoría heliocéntrica, así como novedosas teorías sobre otros campos de las Matemáticas y la Física.

“El Disputas” pudo descansar finalmente en paz, en 1642, sin necesitar el reconocimiento que sólo el paso de los siglos le concedería. Y permanece ante nosotros como un ejemplo claro de las luces y sombras de enfrentarse a las falsas verdades oficiales con la vehemencia de un carácter indómito.

Por Luis Huete y Javier García