Grandes reformadores (V): La sencillez de Descartes

«No he hallado una mujer cuya belleza pueda compararse a la de la verdad»

En 1629, Europa se desangraba en la Guerra de los 30 años, menos de 100 años después de la paz que estableció el Emperador Carlos V en el conflicto entre protestantes y católicos. La Reforma de Lutero era aprovechada de nuevo por unos y otros para imponer sus intereses políticos y territoriales.

Ese mismo año, otro gran reformador decidía mudarse a los Países Bajos, lejos de la guerra que asolaba su Francia natal. Había nacido en una pequeña localidad que más tarde sería rebautizada en su honor, pasándose a llamar Descartes. También lleva su nombre el método de análisis geométrico (los famosos ejes cartesianos) y hasta un cráter en la luna lleva su nombre.

¿Qué hizo este filósofo para ser tan influyente? ¿Qué idea revolucionaria aportó a su mundo para que su eco nos llegue a través de los siglos? La respuesta es compleja, porque implica sintetizar el cambio de paradigma del pensamiento occidental respecto a la cosmovisión de los siglos anteriores.

La gran aportación de Descartes es no solo una visión clara y sencilla de la filosofía sino sobre todo un método para alcanzar la verdad partiendo de la propia razón. Centró su estudio en el conocimiento mismo, en nuestra forma de discurrir, de llegar a la verdad. Y su método, su cosmovisión, sus planteamientos, eran sencillos: sólo cuatro normas y un axioma inicial, el famoso “cogito ergo sum”, pienso luego existo.

La temática de este artículo podría parecer esencialmente retórica, sobre cuestiones que aparentemente no afectan a nuestro día a día. Salvo que sí lo hacen; sí inciden en nuestro día a día. Somos herederos del cambio de mentalidad de Descartes, de su duda metodológica, de su desconfianza hacia nuestra capacidad de captar la realidad, de la preponderancia que concedía a la razón como única fuente de certeza.

Si hoy somos típicamente voluntaristas, se lo debemos en buena medida a él, para lo bueno y para lo malo. Nos dio un método para conocer, para ir más allá en la investigación científica; pero también nos introdujo de lleno (sin ser consciente, probablemente) en las aguas cenagosas del subjetivismo, de pensar que el mundo está en nuestra mente, que nosotros creamos la realidad y la podemos manejar a nuestro antojo.

La figura de Descartes nos suscita dos reflexiones. En primer lugar, la fuerza imparable de una idea a la que le ha llegado su hora; todo conspiraba contra Descartes para hacer avanzar la ciencia, ¡el mundo estaba en guerra! Pero desde la quietud de unos Países Bajos a los que la guerra no afectó tanto, las ideas de Descartes su fueron difundiendo por el continente. 

La Europa post-Descartes se lanzó de lleno a la investigación matemática y filosófica, y aquí ubicaríamos la segunda reflexión: la importancia de la filosofía en la configuración de la sociedad. En un contexto de pérdida de interés por la filosofía, al no considerarla “útil”, puede ser bueno recordar que es la disciplina que originó el resto de ciencias; que aportó el método para la investigación científica; y, sobre todo, que es la disciplina cuya misión es pensar la forma de vivir más consistente con la naturaleza humana, buscando comprendernos mejor.

Descartes se nos muestra como referente en este campo. Por su deseo insaciable de conocer, de comprender, y sobre todo de hacer avanzar a los demás. Con todas sus limitaciones, el método que propuso es la senda que hemos empleado los que hemos venido después para hacer avanzar el conocimiento humano. Pensar para hacer pensar, para pensar mejor. 

Por Luis Huete y Javier García