Grandes reformadores (IV): La conciencia de Lutero

Nüremberg, 1946. Interrogatorio en el tribunal al ideólogo nazi Julius Streicher, editor del diario antisemita Der Stürmer. Apartado del poder en 1940, Streicher no participó directamente en el Holocausto, pero fue uno de sus instigadores a través de las ideas de su periódico, con tirada nacional de 480.000 ejemplares. En su defensa en el juicio declara:

“Publicaciones antisemitas han existido en Alemania durante siglos. Por ejemplo, un libro que yo tenía, y que a la postre fue confiscado, escrito por el Dr. Martín Lutero. Si este libro hubiera sido tomado en consideración por la fiscalía, seguramente hoy el Dr. Martín Lutero estaría en mi lugar en el banquillo de los acusados. En este libro, “Los judíos y sus Mentiras”, el Dr. Martín Lutero describe a los judíos como raza de víboras y recomienda prender fuego a sus sinagogas y destruirlos.”

Duras palabras para uno de los reformadores más conocidos y admirados de la Historia. Duras porque son ciertas: existe ese libro y fue escrito por Lutero. Y nos sirve para entender una idea clave al estudiar la figura y la obra de cualquier reformador: necesitamos separarnos un poco de la mística que rodea a todo fundador para juzgar bien su obra. Porque sus virtudes y defectos impregnan todo lo que hicieron y dijeron. Flaco favor le haríamos a su legado si lo juzgásemos exclusivamente por la perfección e irreprensibilidad del impulsor. Cosa, además, que nunca es cierta.

De igual forma que Francisco cometió errores, y que Savonarola tuvo razón en muchas cosas, la valoración que hagamos sobre Lutero debe partir de un entendimiento de lo que buscaba, del ideal que le movía, sin dejar de reconocer sus errores y limitaciones personales.

De la historia de Lutero, el episodio más recordado es el de la tesis de Wittenberg, los 95 puntos que clavó en la iglesia del pueblo, detallando qué se debía reformar en la Iglesia Católica para recuperar el espíritu original que, según Lutero, se había perdido por culpa de abusos como el de las indulgencias y la mundanidad de algunos clérigos.

Para entender bien la polémica, explicaremos que una indulgencia es una remisión de la “huella” que deja un pecado tras ser perdonado, como si además de curar la herida se sanase también la cicatriz que deja. El problema no era la indulgencia en sí, sino la forma en que se estaba otorgando: a cambio de dinero. El penitente enviaba una suma a Roma, y el obispo local concedía la indulgencia. Es importante remarcar la paradoja de que una gran parte de ese dinero fue destinado a una de las grandes maravillas del mundo: la Basílica de San Pedro, la Capilla Sixtina…

También conviene recordar que Lutero no fue el primero en quejarse de esta política en el seno de la Iglesia: los dos reformadores que hemos recordado en anteriores artículos, Savonarola y Francisco, predicaron contra la instrumentalización de la fe. Y el gran genio literario italiano, Dante Alighieri, situó en uno de los círculos del Infierno de su Divina Comedia a algunos prelados que practicaban la simonía (ofrecer servicios espirituales a cambio de dinero). ¿Qué hizo que la queja de Lutero provocase un cisma de tales magnitudes en la Iglesia Católica?

En primer lugar, la imprenta. La tesis de los 95puntos de Lutero fue uno de los primeros documentos de la Historia en imprimirse masivamente, por toda Europa, en un lapso de tiempo inimaginable en épocas pretéritas.

En segundo lugar, la situación política: las tesis de Lutero fueron el interesado estandarte de los príncipes electores alemanes que se oponían al poder conjunto del Emperador (a la sazón el flamante Carlos V) y del Papa. Estos príncipes aprovecharon el tirón popular de Lutero para enfrentarse al Emperador y a Roma, ganando en sucesivos acuerdos de paz la deseada autonomía para sus regiones.

Lutero no se lanzó a la arena política voluntariamente: se vio arrastrado a ella. Este es otro hecho que no podemos obviar al valorar su obra. De hecho, seguramente explica su incapacidad para liderar el terremoto que estaba provocando en la Cristiandad. En 1524, tres años después de su excomunión, el campesinado de varios Lander alemanes se sublevó contra sus nobles, tomando a Lutero y su reforma como referencia. Pensaban que su espíritu apuntaba a la destrucción del modelo feudal, del poder de nobles seculares y príncipes de la Iglesia por igual.

Pero Lutero dependía de los nobles alemanes que le cobijaban para no caer en manos de las autoridades eclesiásticas. ¡Los juegos de intereses! Así que en 1525 condenó la revuelta campesina, que fue aplastada dejando tras de sí miles de muertos. Son muertos que no se han de cargar sobre la conciencia de Lutero, que nunca buscó ser el impulsor de ninguna Iglesia nueva, como muestran estas palabras suyas poco antes de morir:

"Ruego por que dejen mi nombre en paz. No se llamen así mismos luteranos, sino Cristianos. ¿Quién es Lutero?, mi doctrina no es mía. Yo no he sido crucificado por nadie. ¿Cómo podría, pues, beneficiarme a mí, una bolsa miserable de polvo y cenizas, dar mi nombre a los hijos de Cristo?. Dejen, mis queridos amigos, de aferrarse a estos nombres de partidos y distinciones; fuera a todos ellos, y dejen que nos llamemos a nosotros mismos solamente cristianos, según aquel de quien nuestra doctrina viene".

Lutero, ante todo, fue un hombre consciente de las consecuencias de sus creencias. Con el extremismo que vemos muchas veces en tantos personajes con ideas poderosas, y que sólo unos pocos (como vimos con Francisco) consiguen tamizar a través de la fuerza más poderosa del universo: el amor incondicional. Ese extremismo suele llevar a una pérdida de la perspectiva del impulso original: buscando preservar el valor de la confesión, Lutero denunció las indulgencias… iniciando una reforma que llegaría a suprimir la confesión. Buscando fomentar un espíritu crítico sobre la fe, se acabó enfrentando (con cierta violencia) a colaboradores suyos por ir “demasiado lejos” replanteando algunas doctrinas cristianas, etc.

Y en el caso de su antisemitismo, tan criticable, nos encontramos con un hombre que albergó de joven la ambiciosa idea de que los judíos no se convirtieron al cristianismo porque no se les predicó bien su atractivo. Pero que cuando él fracasó en su intento de convertirles (no conocemos la profundidad o los detalles que esa decepción provocó en él), reaccionó escribiendo el citado libro. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros a una decepción colosal, al no cumplimiento de una aspiración acuñada durante años? Pero Lutero era una persona pública, y del mismo modo que la imprenta influyó decisivamente en la propagación de su reforma, lo hizo también para propagar un libro fruto, probablemente, de un arrebato de ira y decepción.

No evaluemos exclusivamente a un hombre por la magnitud de sus errores, ni tampoco los borremos. Contemplemos antes el valor de sus ideas, su empeño en ser consecuente con ellas (en el caso de Lutero, su conciencia fue la verdadera referencia en todas las decisiones que tomó); y distingamos, con espíritu crítico, los errores y aciertos en su vida y en su obra.

El peor error que se comete al analizar una figura grande de la Historia es mitificarla, introducir un sesgo (en un sentido o en otro) que no nos permita ir al fondo de su legado y separar el ideal de los errores, de los borrones que hayan podido provocar sus limitaciones humanas y sus impulsos menos inteligentes.

Por Luis Huete y Javier García