Grandes reformadores (III): La grandeza de corazón de Francisco

Francisco no comenzó su vida eremita justo después de abrazar al leproso: pasó un tiempo en Asís todavía, aunque sus amigos ya comenzaban a verle cambiado. No tardó en percibir una nueva visión; el crucifijo de una capilla que le decía: “Mi Iglesia está en ruinas; reconstrúyela.” Hombre de acción, Francisco comenzó al día siguiente a reparar, con sus propias manos, la iglesia de San Damián en las afueras de Asís.

De nuevo, un suceso que nos puede resultar chocante. Quizá porque nosotros habríamos empezado trazando un plan; o, como hizo Savonarola, habríamos intentado ganar adeptos con una predicación encendida contra los culpables de la situación.

Pero Francisco tenía otra forma de encarar las cosas. Visto con perspectiva, lo que hizo fue profundizar en la intuición que recibió, confiando en que el camino a seguir se le iría mostrando y en que él sería sensible al mismo. Y el camino incluiría desde el principio la oposición de sus más allegados: su padre le acusó de robarle y vender su mercancía para financiar la reconstrucción de la iglesia de San Damián. Francisco se declaró al margen de la autoridad civil y se acogió al tribunal eclesial, presidido por el obispo.

Es una de las historias más conocidas de Francisco: cómo ante el obispo confesó haber cometido el delito del que su padre le acusaba, para acto seguido devolver a éste todo el dinero que había obtenido para la iglesia. Y cómo después de eso Francisco se desprendió de toda su ropa, la puso a los pies de su padre y comenzó, oficialmente, una vida en la que el desprendimiento de los bienes materiales fue un eje de su conducta. El mismo obispo que le había dado justamente la razón a su padre, cubrió el cuerpo de Francisco con su manto.

Quizá en este detalle podemos entender mejor algunas diferencias con Savonarola. El obispo, podríamos pensar, representa todo aquello que Francisco se siente llamado a reformar: la corrupción del poder y la opulencia en la que habían caído tantos prelados hasta dejar en ruinas el edificio espiritual de la Iglesia. Pero también representa todo aquello que ama Francisco: su Dios, sus hermanos en la fe, el Evangelio por el que quiere guiar su vida. Es su amor por todo esto lo que le mueve a seguir la llamada a reformarla, a cambiar lo que no va. El abrazo del obispo es el abrazo de una Iglesia que se reconoce necesitada de alguien como Francisco, aunque aún no consiga entenderle del todo.

La historia de Francisco después de este suceso es bien conocida: vivirá el resto de su vida vestido con harapos, en auténtica pobreza. Hasta que comprende el propósito de su vida en toda su extensión, se dedica a reconstruir iglesias en ruinas.

Visto con perspectiva, y con mentalidad actual, cuesta entender por qué Francisco atrajo a tanta gente que quería vivir como él. Sin campaña de promoción, sin ni siquiera un ápice de proselitismo por su parte. Quienes se fueron uniendo a él lo hacían por el atractivo de su vida, por el brillo en sus ojos, por su forma de hablar, por su ejemplaridad.

Y se entiende mejor por qué sus primeros seguidores provenían en buena parte de la burguesía más pudiente de la ciudad. Entre ellos destaca Bernardo de Quintavalle, uno de los dos primeros compañeros de Francisco; adinerado comerciante, Bernardo tuvo ocasión de hablar un par de veces con Francisco. Pocos días después vendía todas sus posesiones, las daba a los pobres y se iba a vivir con Francisco. Sería el primero de una larga lista de terratenientes, generales, doctores y comerciantes que abandonarían fama y fortuna para seguir la llamada a la pobreza, a la vida evangélica que encarnaba Francisco.

Eran el tipo de personas a las que Savonarola “perseguiría” más adelante. Los enemigos de la vida austera y desprovista de riquezas que predicaba. Y decidieron libremente abrazar esa vida por el atractivo de un hombre. Ningún discurso, ninguna campaña, les convenció. Solo el testimonio de la vida de Francisco. Por eso entendemos que cuando éste viajó a Roma para entrevistarse con el Papa y pedirle la aprobación a la orden de frailes mendicantes, el Sumo Pontífice acabó desestimando todos los recelos (prudentes y justificados, hay que decirlo todo) y dio su bendición a la nueva orden.

Los efectos de la reforma que Francisco generó en la Iglesia resuenan hasta hoy: el Papa actual, viendo la Iglesia necesitada de una profunda renovación, escogió para sí el nombre de Francisco. Pero la relevancia de su figura traspasa los muros de las iglesias cristianas: el atractivo de una vida como la de Francisco no puede obviarse, y son muchas las figuras históricas que de algún modo se han visto inspiradas por él.

La magnitud de su obra se manifiesta en su atemporalidad, en el hecho de que pocos pueden permanecer indiferentes. La figura pacífica de Francisco, que abrazó a todos, se erige como respuesta silenciosa al sinsentido, al monstruo del fanatismo religioso, a los adoradores del apocalipsis. Y es que Francisco fue un reformador con un corazón capaz de abrazar incluso el corazón de los sectarios.

Por Luis Huete y Javier García