Grandes reformadores (II): La sencillez de Francisco de Asís

La aparición de Francisco marcó el momento de la reconciliación del hombre no ya con Dios, sino también con la naturaleza y, lo más difícil de todo, consigo mismo.”

San Francisco de Asís. G.K. Chesterton.

De todas las anécdotas que conocemos de Francisco de Asís, el autor inglés Chesterton decide empezar su biografía del santo con una de las menos conocidas. En sus años de juventud, Francisco servía a su padre, un acomodado comerciante de telas en la ciudad de Asís. Un día, vendiendo telas en el mercado, un mendigo se le acercó pidiendo. Francisco estaba atendiendo a un cliente, y la irrupción del mendigo le puso en un brete. Pidió al mendigo que se esperase mientras atendía al cliente, pero para cuando terminó la transacción el mendigo ya se había ido. Sin pensárselo, Francisco corrió a buscarle entre la multitud. Y cuando lo encontró le dio el dinero que llevaba encima.

A muchos sorprenderá, o incluso les resultará desproporcionada, la reacción de Francisco. Lo verdaderamente revelador de la anécdota es la creencia que se esconde detrás de su incomodidad: la idea de que todos los hombres son iguales. Y el mendigo que pedía con la necesidad que impulsa el hambre tenía el mismo derecho a ser escuchado que el cliente que deseaba comprar.

Esta anécdota sucede años antes de que Francisco iniciase su vida religiosa. Pero ya revela un corazón noble, magnánimo, y decidido. Esa misma grandeza de ánimo es la que le moverá, en los años sucesivos, a buscar la épica a través de las armas.

Estamos en el siglo XIII, en el punto exacto en el que Europa pasa de la Alta a la Baja Edad Media. En la vanguardia de ese cambio están las ciudades del norte de Italia, ciudades-república que en los siglos sucesivos serán la cuna del libre comercio y de un florecimiento cultural como la Humanidad no había visto nunca: el Renacimiento italiano.

Hablando de este período, el personaje de Orson Welles en “El tercer hombre” se despacha con la siguiente reflexión:

“En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, asesinatos... Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!”.

Antes de los Borgia y de Miguel Ángel fue Francisco, pero las ciudades que verían nacer una época tan esplendorosa ya guerreaban entre ellas como lo seguirían haciendo siglos después. Hijo de su tiempo, sus ojos se iluminaban cada vez que surgía un conflicto militar en el que pudiese alistarse. Cayó una vez prisionero, suceso que no amansó su deseo de épica. Fue en el segundo alistamiento cuando sucedió el hecho que marcaría su vida para siempre.

Francisco había tenido un sueño que interpretó como una promesa de gloria en la siguiente batalla: en él aparecía un ejército de soldados en cuyo manto se dibujaba una gran cruz. Al despertar, se vistió a toda prisa y subió al caballo rumbo a la batalla.

Poco después de salir de la ciudad se sintió enfermo, hasta el punto de caerse medio desmayado del caballo. A duras penas consiguió volver a la ciudad, profundamente abatido por no poder cumplir sus sueños de gloria por segunda vez. Lo que sucedió después dejaremos que lo explique mejor Chesterton:

“(…) Cabalgaba con desgana junto al camino, cuando vio acercarse a una persona; al darse cuenta de que era un leproso, se detuvo; supo al instante que se estaba poniendo a prueba su valor, no de la manera en que lo habría puesto el mundo, sino como lo haría quien conociera los secretos del corazón. Lo que avanzaba hacia él no era el estandarte o las lanzas de Perusa, ante los que jamás se le habría ocurrido retroceder. Lo que Francisco Bernardone veía avanzar por aquel camino era su propio miedo, no ese miedo que viene de fuera, sino el que surge de dentro y que, a la luz del sol, tenía un aspecto pálido y horroroso. Por una sola vez en su vida, aquel incesante torbellino debió de frenarse unos segundos; luego, saltó del caballo y, pasando directamente de la quietud a la velocidad del rayo, alcanzó al leproso en dos zancadas y le estrechó entre sus brazos. Fue el principio de una larga vocación de entrega al cuidado de los leprosos, a quienes socorrió en numerosas ocasiones.” San Francisco de Asís. G.K. Chesterton.

Este suceso marcaría para siempre la vida de Francisco, desencadenando su “abandono del mundo” y su obra de regeneración de la Iglesia Católica.  Era importante detenerse en estas dos anécdotas porque trazan las dos grandes diferencias con un reformador como Savonarola, del que hablábamos en el artículo anterior. Francisco operaba con la creencia de que no había diferencia entre un mendigo y un acaudalado cliente. Para Savonarola sí, porque partía de una relación dialéctica y de enfrentamiento entre ambos.

La segunda anécdota, por otra parte, nos da el principal pilar de su reforma: el enfoque positivo de su propuesta. Y por positivo entendemos que se basaba en construir, en mostrar un atractivo, en lugar de abominar de los males presentes en la sociedad. Lo positivo para nosotros tiene mucha más consistencia que lo negativo y por tanto mucha más sostenibilidad.

Francisco comenzó su camino venciendo la repugnancia y el miedo que sentía hacia los leprosos; abrazando a ese enfermo abrazaba a todos los humanos. Su camino, en resumen, partiría de un abrazo, y no de un rechazo, una acusación o un odio, como por desgracia le sucedió a Savonarola y a tantos otros reformadores sociales que le sucedieron. Aunque ambos acabasen apostando por una vida parecida en cuanto a las formas (pobreza, predicación, penitencia), los puntos de partida eran radicalmente distintos.

El santo de Asís no abjuró de la riqueza que por familia podría haber tenido: renunció a ella para apostar por una vida más noble y brillante según sus creencias. Veremos esto en el siguiente artículo, cuando hablemos de sus primeros colaboradores. Y entenderemos mejor la radical diferencia con la obra de Savonarola. 

Por Luis Huete y Javier García