Grandes reformadores (I): El celo de Savonarola

El 25 de abril de 1475 un joven de Ferrara golpeaba las puertas del convento de Santo Domingo en Bolonia, solicitando el ingreso en la orden de los Predicadores, institución fundada en 1215. Procedente de una familia pudiente, gracias al prestigio como físico de su abuelo, Girolamo Savonarola sentía una llamada imperativa a abandonar el mundo y predicar la Palabra de Dios.

Hablamos la semana pasada de un personaje de Juego de Tronos inspirado en este famoso reformador.  Toma de él sus principales signos distintivos: la vida penitente y sacrificada; su denuncia incansable de los abusos de los poderosos; sus excéntricas hogueras de las vanidades; y su papel en los equilibrios de poder de la Italia renacentista.

Sin embargo, es interesante conocer los orígenes del personaje, antes de que la luz pública comenzase a prestarle atención. La intuición de que los comportamientos de las personas muchas veces son sobrerreacciones a eventos de su vida quizá nos dé alguna buena pista en el caso que nos ocupa.  

Savonarola en un principio no pretendía ascender a un papel protagonista en la política: las primeras noticias que tenemos de él nos lo presentan como un personaje estudioso y cuestionador de sus compañeros, denunciando lo que él percibía como una relajación en el ascetismo de los conventos. Es interesante, decimos, porque esta manera de pensar y de sentir la trasladaría después a toda la sociedad florentina, convirtiéndose en el mantra de su predicación reformista.

En 1482, tras varios años de estudio y de polémicas con sus superiores, es destinado como maestro de novicios al convento de San Marcos en Florencia. Básicamente, sus superiores decidieron apartarlo de la carrera teológica. Lo ascendieron pero lo apartaron. Pocos años después de llegar a San Marcos, en 1487 Savonarola comenzó a predicar sobre visiones que había recibido en San Gimignano y que hablaban de la purga necesaria que debía pasar la Iglesia por sus desmanes y lujos. El pensamiento esquizoide se caracteriza por la dificultad de distinguir lo que es realidad con lo que es pura imaginación. ¿Tuvo Savonarola algún brote esquizoide?

Son estas predicaciones y el aval de las apariciones las que empiezan a auparle a la fama. Sobre todo cuando comienza a incluir en sus sermones una denuncia directa contra los abusos con los que tantos tiranos sometían a la clase humilde en el norte de Italia.

Llegados a este punto, no nos resistimos a comparar a Savonarola con Francisco de Asís. El fundador de los franciscanos también recibió visiones sobre la necesidad de reformar la Iglesia. Dedicaremos un artículo entero al Poverello de Asís, intentando dilucidar bien qué le distingue del celoso dominico.

Volviendo a Savonarola: su fama, cómo no, le dio acceso a los círculos de poder. Giovanni Pico della Mirandola, humanista que vivía bajo la protección de los Médici en Florencia y que tenía serios problemas con la Iglesia por sus ideas poco ortodoxas, había quedado impresionado por un sermón del dominico, y convenció a Lorenzo de Médici para traerle a la corte florentina. El enemigo de mi enemigo es mi amigo, vamos: Savonarola despotricaba contra los príncipes de la Iglesia, los mismos que perseguían las ideas de Mirandola.

Pero los poderosos florentinos no supieron ver el peligro que significaba el dominico para ellos mismos. Savonarola predijo en 1493 que un enviado del cielo invadiría el norte de Italia y atacaría Roma para purgar sus pecados. En 1494 el ejército de Carlos VIII de Francia invadía el norte de Italia, pero en lugar de dirigirse a Roma decidió sitiar Florencia. Mientras la turba atemorizaba echaba al gobernante Médici, una delegación liderada por Savonarola acordaba una alianza con Francia en contra del Papa. Nuestro fraile se lanzaba de lleno al juego del poder.

Lo que sucedió después es más conocido: el gobierno “democrático” instaurado por Savonarola, que pretendía convertir Florencia en la Nueva Jerusalén. La hoguera de las vanidades, en la que se consumían todas las obras profanas que la juventud de la ciudad (entregada por completo al celo de su líder) encontraba. En 1497, tras negarse Florencia a formar parte de la Alianza Papal contra Francia, Savonarola fue excomulgado. Es en este momento cuando compone su obra más conocida: “El triunfo de la Cruz”. En ella habla del mandato por excelencia del cristiano: el amor. 

Es evidente que nos encontramos ante una figura contradictoria y, por tanto, interesantísima. De nobles intenciones pero de acciones y medios más que discutibles. De uno de ellos le vendría la perdición: tras fundamentar su autoridad en las visiones proféticas durante todo su gobierno, llegó un día en que, meses después de ser excomulgado, un predicador franciscano rival le retó a un “juicio por fuego”. Práctica abandonada hacía mucho, dicho juicio consistía en que el retado pasaba por una hoguera ardiente sin quemarse, como signo de la protección divina. Savonarola no se atrevió a pasar la prueba el mismo día, cuando una turba entusiasmada esperaba que lo hiciera.  Esa misma turba irrumpió en el convento de San Marcos y, en juicio sumarísimo, condenó a muerte en la hoguera a Savonarola y a sus dos principales colaboradores. 

Son muchas las ideas que podemos extraer de la historia de nuestro personaje. Quizá la más importante es que la mirada y la interpretación que se tiene sobre el mundo determinan la forma de ejercer el poder. Savonarola buscaba (creemos que sinceramente) la regeneración de la sociedad. Como tantos reformadores que le han seguido. Pero parecía guiarle una suerte de maniqueísmo, de visión de blancos y negros, muy propio de mentes esquizoides, que no dejaba lugar a la misericordia, a la colaboración, al aprendizaje.

Los Médici no eran el mejor de los gobiernos, pero la “democracia” que trajo Savonarola a Florencia resultó más dañina aún para la ciudad y para aquellos que el dominico quería favorecer. También vemos en esto un precedente de lo que ha sido una constante en la historia. Un gobierno sin pretensiones de perfección, el de los Medici, hizo más por la ciudad, objetivamente, que uno con pretensiones de virtuosismo moral.

Nada puede reformarse bien si no se parte de una mirada de afecto y una visión amplia de la realidad que se quiere cambiar. Sin esa mirada, ¿cómo se separará el trigo de la paja? Un sistema político que clame ser perfecto seguramente hace tiempo que cayó en pura ideología. Y cuando se parte de una ideología reduccionista y con tintes de negatividad para mirar la realidad, ésta se desvirtúa y se hace imposible reformar bien.

El fin de Savonarola, sin embargo, no desalentó a varios partidarios suyos que conservaron sus obras. Escritos que llegarían a un fraile alemán con ideas afines, y que tomaría a Savonarola como referente. Su nombre: Martín Lutero.

Por Luis Huete y Javier García