François Michelin, el empresario humanista

Pocos sabían que de niño había querido ser meteorólogo debido a la fascinación que le despertaba la Naturaleza. Se sonreía siempre que alguien le preguntaba qué belleza podía haber en fabricar neumáticos… Por supuesto que había belleza, como la hay en toda obra que se realiza en servicio de otros, aplicando técnica y cierto arte, cierta artesanía.

No se prodigaba en entrevistas, no le gustaba mostrar un perfil público. Pero en esta ocasión había sentido un punto de responsabilidad; veía la oportunidad de dejar constancia escrita de lo que pensaba, de lo que creía, sobre la realidad del trabajo.

Para empezar, su trabajo en Michelin le había construido como hombre, como marido, como padre y abuelo; como empresario y directivo; como compañero de todos sus trabajadores.

Empezaría seguramente hablando de su primera experiencia en la fábrica, bajo un pseudónimo para que no le reconociesen, como un obrero más. Quería conocer a fondo la empresa de su abuelo que él, ya huérfano, iba a heredar.

Hablaría de aquel momento decisivo que conformaría su mirada a toda la realidad del trabajo. En el despacho de su abuelo, el día de la gran manifestación convocada por los sindicatos comunistas frente a las oficinas centrales. Pilas de neumáticos ardiendo impedían el paso, a la vez que reclamaban que algún directivo bajase a negociar. Es lo que se disponía a hacer François…

“¿Qué ves por la ventana, hijo?” Le había preguntado su abuelo antes de bajar.

“A los comunistas haciendo huelga.”

“Vuelve a mirar...”

“Los trabajadores, reclamando mejoras salariales.”

“Vuelve a mirar.”

“Están Msr. Tal y Msr. Cual en la puerta, pidiendo negociar.”

“Ahora baja y negocia con ellos.”

Una anécdota que le había marcado profundamente. Un suceso que debía presidir cualquier análisis de su mentalidad directiva.

El otro gran suceso por el que seguramente le preguntarían era la ya mítica decisión de comercializar los neumáticos radiales a pesar de no contar con el respaldo de su Junta Directiva. “Si esos neumáticos son tan buenos, si los análisis de los ingenieros son correctos, venderemos menos unidades y tendremos que cerrar fábricas…”

Lo recordaba vivamente. Un momento decisivo que marcaría el destino de la empresa que había heredado de su familia. Una empresa que había nacido con un propósito claro…

“Esta innovación, ¿es buena para el cliente? ¿Sí o no?” La respuesta era obvia… “Entonces vamos a comercializarlo.”

Nunca podría haber arriesgado tanto sin tener claro para qué trabajaba. Quién era el propietario último de la empresa. A quién servían todos los trabajadores, empezando por él mismo. Sin el cliente no hay empresa. Sin aportarle un valor superior al de la competencia toda empresa está destinada a desaparecer.

Los periodistas iban a entrevistarle porque el resultado de aquella decisión había catapultado a Michelin, una empresa familiar francesa, al liderato de la industria de los neumáticos a nivel mundial. Una nueva prueba paradójica del poder de no pensar solo en los interés egoístas de corto plazo. Por eso era absolutamente esencial que entendiesen al hombre que había detrás de la decisión. Al alma detrás del cargo. Al humanista detrás del hombre de negocios.