Felipe Neri, párroco de Roma

Le quería con tierna locura; era su más estrecho colaborador, aquél a quien pensaba proponer como su sucesor. Por eso le desgarraba doblemente hacerle pasar por esa dura prueba.

Lo vio claro cuando volvió, orgulloso, satisfecho, henchido el corazón, con su tesis doctoral. Una obra teológica digna de su autor, uno de los chicos más brillantes que había conocido. Le entendía bien: no podía dejar de hablar de la tarea que había consumido sus mejores horas durante los últimos meses. 

Vio claro el peligro en el que tantos de sus penitentes habían caído. La ambición humana, el pensar que valemos lo que llegamos a hacer. Que valemos el éxito de nuestras empresas humanas o incluso espirituales…

A Felipe le había tocado aprender esa lección de un confesor hacía años, cuando ambicionaba marchar de misionero a las Indias Orientales. Ambición santa, pensaba él, pero que seguramente ocultaba un punto de orgullo: ¿qué clase de misionero iba a ser en la vieja Roma?

Sin embargo, ése fue el cometido que le encargó su confesor, que con mayor claridad que el propio Felipe veía que su sitio estaba donde realmente le había puesto Dios: educando y cuidando a los niños pobres de Roma. El hombre más bueno y divertido de toda la ciudad; algunos pensaban que demasiado bueno…

Sin embargo, pasados los años, la reacción de decepción inicial por no ver cumplido su sueño fue dando paso al asombro por lo que su pobre obediencia estaba construyendo. Un soplo inesperado de aire fresco insuflado directamente en el corazón de la cristiandad.

Durante sus últimos años de vida, prácticamente toda la ciudad acabaría pasando por su confesonario. Una responsabilidad que nunca podría haber afrontado sin tener la certeza de que Otro, su Señor, actuaba a través de él. Certeza que nacía sobre todo de aquel ya lejano instante en el que decidió renunciar a las misiones por responder a lo que Dios le estaba poniendo delante.

Ahora, su discípulo predilecto debía aprender la misma dolorosa lección. Entendía tan bien su decepción cuando le pidió que dejase a un lado la carrera académica y se diese en la oscura labor de las cocinas del Oratorio… Poco después, en su lecho de muerte, el hombre que recibía la responsabilidad de guiar a los oratorianos de Felipe Neri era otro: un hombre con la misma certeza de ser, por encima de todo, un servidor.