Eleanor Roosevelt, Primera Dama del mundo

No importa lo guapa que pueda ser una mujer; si la verdad y la lealtad están esculpidas en su rostro, todos se sentirán atraídos por ella.”

Le conmovía la paz de su rostro, de sus manos rugosas, la tensión desvanecida ya de sus hombros. Siempre le habían gustado sus manos, firmes y amables. Manos que nunca más volverían a tomar las suyas.

El Presidente Franklin Delano Roosevelt, su primo en grado quinto, su marido, el padre de sus hijos, yacía muerto en su lecho. Acababa de hablar con el nuevo presidente, Harry Truman, para comunicarle la noticia, y sólo después de haber cumplido con ese deber había vuelto a la habitación a estar a solas, velando su cuerpo.

Ahora podía dejar de contener las memorias, ansiosas por ser revividas. El baile en el que se conocieron, las bromas por su parentesco lejano; la amabilidad de su tío común, el Presidente Teddy Roosevelt, para quien Eleanor fue siempre su ojito derecho, y que acompañó a la novia como testigo; protagonista involuntario en una boda que hizo las delicias de la prensa. “Es una buena cosa mantener el nombre en la familia”, había respondido socarrón el Presidente a la pregunta insistente por el matrimonio entre Roosevelts… 

Todo se les prometía en aquellos días; un brillante futuro en política para Franklin, al lado de una mujer que, sin ser hermosa, generaba un magnetismo misterioso en quienes la rodeaban… Un patito feo convertido en cisne, pero un cisne que era hermoso a su manera. 

Un patito feo que pudo haberse marchitado muy pronto en la vida, al quedarse huérfana con tan sólo 10 años. Corría el año 1894, y Eleanor ya acogía a la tristeza como compañera frecuente en la vida. Nadie que no la conociese de verdad lo habría dicho, pues era de carácter jovial y alegre, siempre pendiente y siempre involucrada en todo, un torbellino de actividad. Pero nunca dando la espalda a la realidad, a veces tan dura. 

Como el día en que a Franklin le diagnosticaron la polio que le postraría en una silla de ruedas hasta el final de su vida. Su carrera política, tan prometedora, parecía truncarse. Así lo veían todos… todos salvo ella. Nunca olvidaría el dolor de luchar con su suegra para convencer a Franklin de que no arrojase la toalla. Sería un patito feo de la política, inválido en su silla de ruedas, sin poder lucir su porte señorial en campaña… esperando el momento de desplegar todo su potencial en un cargo público desde el que pudiese hacer tanto bien.

Pocos podían entender que quisiese con esa ternura a un hombre que la había engañado. Ella misma no podía explicar del todo por qué había decidido seguir con él tras su affair con Lucy Mercer, su propia secretaria. No podía explicar con palabras que, pese a lo honda que era la herida infligida, no podía reducir a su marido a esa afrenta. No podía acabar de enterrar aquello que les había unido, su deseo de hacer el bien en el mundo. Por eso Franklin no podía dejar la política. Hoy el mundo le daba unánimemente la razón.

Eleanor se empezaba a preparar ya para comparecer ante la prensa. Se había hecho un hueco en el corazón de los americanos, y muchos querrían escuchar una última vez a la Primera Dama del mundo. Fue entonces cuando recordó a su maestra en Inglaterra. La mujer que más la había marcado, y de quien siempre llevaba un retrato a todas partes. Marie Souvestre… Se acordaba sobre todo de sus palabras al despedirse: “Sé todo lo que puedas llegar a ser”. Y se preguntaba si Primera Dama de uno de los Presidentes más importantes de la Historia era, efectivamente, todo lo que podía llegar a ser…

Volvería a recordar esas palabras al menos una vez más. Tres años después, en la Sede de las Naciones Unidas, tras la aprobación de un texto elaborado por la Comisión de la ONU que ella presidía. Un texto que pocos habrían creído posible tres años antes: la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Por Luis Huete y Javier García