El tesón de Marie Curie

Nunca te das cuenta de lo que has hecho; sólo puedes ver lo que queda por hacer.”

Las bombas caían en los campos circundantes, la tierra temblaba con cada detonación. Los soldados del puesto de guardia se inclinaban, cubriéndose la cabeza en un acto reflejo. Pero dos personas mantenían la postura erecta, mirándose a los ojos, retándose. Él, con su uniforme de oficial impecable; ella, con su sempiterno vestido negro manchado ya de barro. Al final, el oficial del Ejército Francés cedió a la petición de la mujer.

Abran la puerta, dejen pasar a Madame Curie.”

Marie Curie inclinó su cabeza en agradecimiento, recogió su salvoconducto de manos del veterano soldado, y regresó a la ambulancia. “Las pequeñas Curies”, así eran conocidas las ambulancias que desde la batalla del Marne habían empezado a acudir a los campos de batalla, fruto de una heroica iniciativa de la insigne Premio Nobel de origen polaco.

Eran unidades móviles de radiografía, además de ambulancias, y fueron responsables de atender a más de un millón de soldados en el frente de la Primera Guerra Mundial. A lo largo de los cuatro años que duraría la contienda, la misma Madame Curie formaría a más de 150 enfermeras y pondría en circulación un total de 85 “pequeñas Curies”.

En esta ocasión, sin embargo, Marie acudía al frente a ver a un viejo amigo. ¿Amigo? Sí, ciertamente… La propia Marie estaba sorprendida de que, en las condiciones en que se conocieron, aquel genio despistado se convirtiese tan pronto en alguien tan querido…

Fue en el despacho del Director del Instituto Pasteur, cuatro años después de morir Pierre… Desde aquel ya lejano 1906, Marie nunca había dejado de vestir de negro. El día que conoció a Regaud no fue una excepción, y además arrastraba un humor más que irritable. En el momento en que el científico entró en aquel despacho, Marie estaba gritándole al Director del Instituto su indignación por la división de los laboratorios: al parecer, algo menos de la mitad del espacio útil del Instituto lo recibiría Regaud para sus investigaciones.

Cuando el tímido científico entró, pareció arrepentirse de haber llegado pronto. Pero mantuvo la calma, hasta que Madame Curie le hizo varias preguntas sobre sus investigaciones. La científica de origen polaco no le dejó acabar sus respuestas: “Gracias, señor Regaud. Puede retirarse.”

Cuando éste cerró la puerta, Curie se volvió al Director: “Accedo a la repartición del espacio.” El pobre hombre no podía creerse un cambio de opinión tan inmediato… “¿Qué te ha hecho cambiar? Ni siquiera le has dado tiempo para explicar sus avances…”

No me ha hecho falta… Le brillaban los ojos desde el momento en que le he preguntado. Quiero trabajar con él.”

Lo que no podía saber el Director del Instituto Pasteur es que su científica más reputada arrastraba una terrible depresión desde la muerte de su marido Pierre. No importarían los años transcurridos: un hueco enorme en el corazón de Marie parecía llamado a devorarla lentamente, empezando por su ilusión investigadora. La misma que había conducido al joven matrimonio a una vida austera en el momento en que decidieron no patentar sus descubrimientos sobre la radioactividad, entregando sus investigaciones a la comunidad científica, para que otros avanzasen aún más que ellos, y más rápido, en este nuevo campo…

Eran científicos, no empresarios; artistas del átomo, que alcanzaron en vida un Nobel, premio que volvería a ganar Marie en solitario años después. Poco les importaba: se habían entregado en cuerpo y alma a una causa mayor, a la que entregaban con gusto sus mejores energías.

Pero desde 1906, la actividad de Marie había sufrido un pequeño descalabro. Se sentía incapaz de aferrarse con ilusión a un proyecto… Regaud parecía llegar como un soplo de aire fresco: ¿sería él quien la sacaría de su profunda apatía?

La Primera Guerra Mundial impidió responder a esa pregunta, ciertamente. Pero consiguió lo impensable: arrancar a Marie de su hogar, de su laboratorio, para ayudar como pudiese a los heridos. Y lo que hizo fue montar los primeros aparatos de Rayos X para asistir en las operaciones a heridos, salvando la vida a miles…

Regaud, por su parte, había montado el hospital de campaña más “exitoso” de la guerra desaviniendo las órdenes y los protocolos burocráticos de sus superiores. Ambos iban  a reencontrarse al fin, tras meses de guerra. ¿De qué hablarían?

La pequeña ambulancia de Marie se abrió paso por los campos repletos de cráteres, sin un solo rasguño. Casi se había acostumbrado al silbido de los obuses, al sonido sordo de las detonaciones, a los vaivenes que provocaban en la ambulancia… 

“Regaud, viejo amigo…”

“Te veo bien, Marie… ¿Cómo estás?”

“Siento, por primera vez en diez años, una gran calma…”

De esa conversación surgirían los cimientos del Instituto del Radio, también conocido como el Instituto Curie. Cuna de premios Nobel, entre ellos la hija mayor de Marie, Irène, y su marido. Y el desarrollo de una industria pionera en su forma de conjugar ciencia, técnica y medicina. Surgiría, en fin, una empresa que terminaría de desentumecer el ánimo de Marie Curie y devolverla a su gran pasión: investigar pensando en el bien de todos los hombres.

Por Luis Huete y Javier García Arevalillo