El talento: ¿se nace o se hace? (II)

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

La noche antes del gran torneo en Buenos Aires Capablanca hizo lo que solía hacer antes de cualquier torneo: disfrutar de los encantos de la ciudad, de sus locales y, sobre todo, de sus mujeres. Acudió al primer enfrentamiento con signos evidentes de no haber dormido mucho. Pero era Capablanca: a nadie le extrañó… Hasta que Alekhine lo derrotó en la que fue la primera vez que se enfrentaron en un tablero. Uno a cero, para sorpresa de todo el mundo, empezando por la inmensa mayoría de los expertos, que pronosticaban un aplastamiento del genio cubano a su rival. 

Claro, que siendo la primera partida y habiendo pasado una noche movidita, podía entenderse que a Capablanca los excesos le hubiesen pasado factura. Pero hubo algo en esa partida que apuntaba a un problema mayor. Algo que de hecho se confirmaría en las siguientes partidas, que fueron empates: Alekhine había abandonado, aparentemente, su estilo fantasioso y temerario, y le estaba jugando a Capablanca con su propio estilo: metódico, frío, calculado y exacto. Aunque Capablanca se rehizo y en las siguientes victorias le dio la vuelta al marcador, le costó un esfuerzo que nadie habría augurado.

Para entonces la noticia estaba dando la vuelta al mundo: había alguien que podía jugarle al gran genio del ajedrez en su mismo estilo; un estilo que tenía de forma natural, desde que era pequeño. Alekhine, a base de estudiar hasta el más leve detalle del juego de su oponente, era ahora capaz de adoptar su forma de jugar, hasta el punto de superarla en ocasiones. Cosa que, de hecho, sucedió al cabo de siete empates: una partida jugada con una frialdad y precisión matemáticas sirvió al ruso para ponerse 2-2.

Así, para sorpresa de todos (empezando por Capablanca), el teóricamente inferior Alekhine, gracias a una preparación admirable, había conseguido recortar la que hasta entonces parecía una distancia abismal entre el genio de Capablanca y el resto de los mortales.

Cuando el marcador estaba 4-3 a favor de Alekhine, habían transcurrido más de veinte partidas, a cuál más exigente. Y la falta de costumbre de Capablanca en esas lides acabó por pasarle factura definitivamente. Siempre, siempre había superado a sus rivales de forma clara, rápida y sencilla. Nunca había experimentado la clase de tensión que se siente al tener que ir al límite, sabiendo que un simple fallo es lo único que necesita el rival para ganar. Alekhine, sin embargo, estaba familiarizado con ese tipo de presión. Acabó ganando 6-3, con una inédita cifra de empates: 25. La partida más larga hasta la fecha. Y la había ganado el que mejor se había preparado. 

Esta confrontación, decíamos en el anterior artículo, marcó un antes y un después en la historia del ajedrez. Desde entonces, nadie osó acudir a un torneo sin analizar minuciosamente el juego de los rivales, elaborando estrategias distintas para cada partida. Esa preparación se convirtió en ciencia, y los jugadores pasaron a contratar séquitos enteros que les ayudasen a entrenarse para cada torneo. 

Años más tarde, algunos comentaban jocosos la costumbre de un joven jugador por entrenar también su físico, con un programa más propio de prueba de atletismo que de ajedrez. La joven promesa se llamaba Gary Kasparov, y al poco tiempo nadie cuestionaba sus métodos de entrenamiento; de hecho, no pasaron muchos años hasta que la preparación física se consideró tan importante como la más propiamente ajedrecística (análisis de juego, estrategias, etc.). 

Lo que sucedió en el torneo de Buenos Aires en 1927 es una de las muchas historias sorprendentes que insisten en enseñarnos que el talento tiene una naturaleza dual: es a la vez arte y ciencia; tiene un componente natural o “heredado”… pero ese don puede ser emulado y fortalecido a través del esfuerzo, o se puede acabar perdiendo por no desarrollarlo. 

Si bien todos podemos trazar una cierta radiografía actual de nuestras fortalezas y debilidades, de nuestros dones o condiciones naturales, basta echar una mirada atrás para darnos cuenta de que el ser humano cambia hasta en aquello que considera más característico suyo en un momento. Así, un primer paso en este recorrido sobre el talento es el reconocer que está en cada uno la posibilidad de desarrollarse, de crecer en las cualidades y habilidades que más vemos necesarias hoy. Que está en cada uno la elección del enfoque con el que miramos nuestra realidad hoy. Una sencilla gráfica para ilustrarlo: cuando analizamos nuestra realidad hoy en el trabajo, por poner un ejemplo muy característico, podemos “mapear” nuestra postura según dos parámetros: el foco propiamente dicho (si nos centramos en lo que tenemos o en lo que nos falta) y el locus (adónde miramos a la hora de buscar responsabilidades). El genio humano se despierta cuando el locus es interno y el foco en lo que se tiene: creatividad, energía, hambre, pasión. Por el contrario, un locus externo y un foco en los recursos que faltan sólo crea victimismo y depresión. 

Alekhine pudo quedarse en una realidad irrefutable: no tenía el don natural de Capablanca. Pero supo ver más. Entendió que podía aprender su estilo de juego… y sumarlo al que él mismo había desarrollado. En las mejores partidas de esa final, la fantasía natural de Alekhine complementaba el tipo de juego más frío que había adoptado para equipararse a Capablanca… produciendo una síntesis preciosa de juegos aparentemente opuestos. 

El talento, resumiendo, es dual, y ése es el primer elemento de la ecuación: cómo enfocamos nuestro talento. El segundo elemento, que veremos la semana que viene, incide en el cómo: una vez que hemos ajustado nuestra mirada para ver qué necesitamos realmente abordar, precisamos de herramientas para hacerlo. Y muy de la mano de esas herramientas vendrá el tercer elemento: el para qué. Ahí hablaremos de otro caso paradigmático en el mundo del deporte, y concluiremos la historia del enfrentamiento entre Capablanca y Alekhine, que se prolongó durante lustros y que nos permitirá llegar a la cuestión central de este fascinante tema.

 

BIBLIOGRAFÍA 

RODRIGUEZ, E. J. “Capablanca vs. Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez”.

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