El talento: ¿se nace o se hace?

Luis Huete y Javier García Arevalillo

El talento es, desde siempre, uno de los aspectos que más han fascinado al ser humano. Esa capacidad de co-crear, de acometer hazañas increíbles, tanto en el plano físico como el intelectual. Pocos halagos inciden más en el ánimo de alguien que un escueto “tienes talento”. Desde la Antigüedad se ha venerado a aquéllos que demostraban la superioridad de sus dones: desde los deportistas en las Olimpiadas griegas hasta las grandes mentes de la ciencia.

Mucho se ha escrito sobre los genios (aquéllos que han brillado en sus categorías). Pero sólo recientemente, conforme avanzaban nuestros conocimientos en psicología y neurología, hemos empezado a preguntarnos por las claves del talento… y sobre si éste puede “desarrollarse” mediante los estímulos adecuados. Es decir, ¿nacemos con talento… o lo labramos a lo largo de nuestra vida?

Cómo no, la respuesta no es unívoca: no podemos afirmar que el talento se explique sólo por condiciones de nacimiento; ni que cualquiera, con esfuerzo y dedicación, pueda llegar a la genialidad en cualquier área que se proponga. Ahora bien: que no podamos afirmar rotundamente la verdad de ninguno de los extremos no quiere decir que no podamos desentrañar las claves de su gestión.

En la historia del deporte es quizá donde más claramente se ha planteado la pregunta sobre el talento natural y los límites del esfuerzo personal: parece claro, por ejemplo, que los mejores velocistas son de ascendencia africana (jamaicanos, afroamericanos, etc.), con marcas a las que no llega nadie más.¿Conseguirá alguien de, pongamos, Dinamarca alcanzar las marcas de los Usain Bolt o los Asafa Powell? Muchos sostienen que ni con todo el entrenamiento del mundo.

Pero aquí entra una primera distinción fundamental: no estamos ante una dicotomía (talento vs. entrenamiento), sino ante una integración (talento y entrenamiento). Puede parecer de perogrullo, pero lo olvidamos con cierta frecuencia. Tendemos a pensar que por tener un cierto don o predisposición ya vamos a destacar siempre; o que, por el hecho de no ser el más dotado en otro aspecto, ya nunca podremos hacer un buen papel. Aquí, como en los aspectos más cruciales de la vida, la clave está en integrar aparentes opuestos.

En 1927 ocurrió algo que cambiaría el ajedrez para siempre. Antes de los famosos duelos entre Bobby Fischer y Spassky. Mucho antes de que Kasparov se enfrentara a Deep Blue See. Y, desde luego, muchísimo antes de que el nuevo genio del ajedrez, el jovencísimo Magnussen, provocara una expectación sin precedentes en este deporte fascinante, convirtiéndose en una auténtica celebrity. En fin, mucho antes de los sucesos que los profanos del ajedrez recordamos como más relevantes, un enfrentamiento marcó este deporte para siempre.

Desde el torneo mundial celebrado en 1927 en Argentina, todo gran maestro del ajedrez se ha decantado, en su aprendizaje y su estilo de jugar, por las dos grandes escuelas o corrientes que se enfrentaron entonces. Hablamos de dos de los mayores genios que se han enfrentado en el cuadrilátero de sesenta y cuatro casillas: José Raúl Capablanca y Alexander Alekhine.

En esta confrontación podemos ver una resonancia de la dicotomía talento-método: Capablanca, el Frank Sinatra de la época (tanto por arte como por presencia en los tabloides sociales) era el incontestable número uno del ajedrez. Nunca antes el mundo había conocido un genio semejante en este deporte, que, si por algo se ha caracterizado, es por alumbrar a muchos de ellos. Todos le consideraban invencible. A veces perdía alguna partida aislada, pero enseguida vapuleaba al rival en las siguientes. Jugaba al ajedrez desde los cuatro años, cuando sus padres se dieron cuenta de que era un niño prodigio: tras presenciar una partida entre su padre y un amigo, el niño llamó “tramposo” a éste por haber hecho un movimiento incorrecto. Para sorpresa de los dos adultos, Capablanca volvió a situar las piezas en la posición previa al error. Con cuatro años. Desde entonces el ajedrez pasó a ser su pasión y su medio de vida. Y también su tarjeta de presentación para su otra gran pasión: la buena vida, las fiestas y las mujeres. Capablanca fue, desde muy joven, un arquetipo de celebrity.

Lo llamativo de Capablanca era que jugaba sin esfuerzo. No entrenaba nunca, y en muchas ocasiones empalmó fiestas o excesos nocturnos con un torneo al día siguiente. Y ganaba siempre. Ante semejante perfil, uno esperaría que su juego fuese como él: genial, impredecible, fantasioso… Nada más lejos de la realidad. Jugaba de forma monótona, pragmática, segura, sin tomar riesgos, exprimiendo la más mínima ventaja posicional que alcanzase. Era lo más parecido a una calculadora humana.

Su opuesto era el ruso nacionalizado francés Alexander Alekhine. Persona huraña y asocial, era obsesivamente metódico en la preparación de los torneos, que hacía estudiando al rival y ensayando movimientos. Eso sí, en cuanto se sentaba frente al tablero ofrecía a los afortunados espectadores algunas de las jugadas más bellas que ha podido ofrecer el ajedrez. Su estilo de juego era como una endiablada pieza de violín, imprevisible, con movimientos audaces e intercambios de piezas que parecían una verdadera locura. Según los entendidos, muchas de las más bellas partidas de ajedrez son suyas.

En 1927 resultaba claro que, pese a no haberse enfrentado nunca, el único aspirante posible al trono de Capablanca era Alekhine. Así que, caballerosamente, Capablanca le retó (entonces, el campeón vigente tenía el privilegio de escoger rival y condiciones para el duelo). Argentina patrocinó el enfrentamiento y lo acogió. Y la prensa mundial se congregó para ver un triunfo más del dios del ajedrez, de aquel que, por mucho que se preparasen sus rivales, siempre vencería con facilidad. Lo que sucedió lo acabaremos de ver en el próximo artículo.

BIBLIOGRAFÍA

RODRIGUEZ, E. J. “Capablanca vs. Alekhine: los Mozart y Salieri del ajedrez”.

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