El poder de Leonor de Aquitania

“No perdió un solo diente. Y murió sin un solo lamento.”

El mensajero llamó a la puerta de sus aposentos en el castillo de Chinon en el centro de Francia con suavidad, pero igualmente sorprendió a Leonor.

“Mi señora, el rey la ha convocado para una reunión familiar. Ruega su presencia. Majestad.”

No se lo esperaba, ciertamente. Imaginó que Enrique II, su marido, querría comunicar a su familia quién heredaría su imperio. Sería una reunión familiar curiosa… Enrique Plantagenet era impulsivo, pero no carecía de ingenio. La mitad de su reino se lo debía a su matrimonio con Leonor, que había cambiado completamente el equilibrio de poder en la Cristiandad.

En el ya lejano 1152 Luis VII, marido de Leonor y a la sazón rey de Francia, la había repudiado. Exactamente lo que deseaba Leonor, harta de la prisión en que se había convertido la convivencia con el “rey monje”… Así solía llamarle para hacerle enfadar.

Siempre había sido un misterio indescifrable para el joven rey, bien lo sabía. Igual que para su segundo marido, el gallardo y arrogante Enrique II, monarca de Inglaterra. Había algo suyo que siempre había escapado a su entendimiento, que les atemorizaba y les alejaba de ella, como si no supiesen a qué atenerse.

Así debió sentirse Enrique cuando sus hijos, instigados por la propia Eleonor, intentaron destronarle. Qué duro debió ser para él… Pero nunca se arrepentiría: una madre debe luchar por sus hijos por encima de todo, por encima de todos. Y ahora se presentaba, intuía, una última batalla por librar.

Ricardo, Joffrey, Juan… Leonor sabía perfectamente quién debía reinar, por quién estaba dispuesta una vez más a darlo todo. Ricardo, su ojito derecho, debía asumir el trono costase lo que costase. Ricardo, que sería conocido como Corazón de León, sería un gobernante justo y audaz, más hábil en el mando que Juan… Pero Enrique también tenía un punto de imprevisibilidad; quizá por eso se sintió tan atraída en su momento por aquel monarca imberbe de 18 años a quien Leonor sacaba 10... 

Recogió su ropa, sus joyas… Nunca se separaba de ese brazalete que su tío Raimundo le regaló durante las Cruzadas, en Antioquía… Leonor aún era joven, pero ya había vivido más que cualquier reina de Francia o Inglaterra. Esposa de dos reyes, madre de reyes… Llegaría a ser abuela y bisabuela de reyes.

Se sorprendió ante lo mucho que le estaba costando abandonar Chinon. De todas las cortes en las que había vivido, su castillo en el exilio se había convertido en su hogar más querido. Libre de las ataduras del rey, había convertido sus estancias en lugar de peregrinaje para todos los bardos y trovadores de Europa. Las canciones reblandecían la dura piedra de sus muros, haciendo más llevadero su castigo. 

Se recompuso, preparándose ya para el encuentro con su esposo y su nueva amante. Nada dejaría entrever su desdén… Volvería a ser Leonor la Reina, poderosa, bella, fascinante y encantadora. La madre de 8 hijos de Enrique II. Volvería a ser ella por sus hijos, por Ricardo, y por el porvenir del Imperio que había ayudado a forjar. 

Y después, cuando hubiese cumplido con su deber, cuando hubiese convencido a su esposo para designar a Ricardo como sucesor, regresaría al pacífico bullicio de su corte de trovadores, el verdadero legado que quería dejar a su querida tierra, y a la posteridad. Y tal vez alguien, alguna vez, cantaría sobre la mujer más poderosa de Europa. La mujer que no se doblegó ni siquiera ante los dos reyes que se atrevieron a tomarla por esposa. La mujer que recuperó la voz melodiosa del trovador en la Edad Media.

Por Luis Huete y Javier García Arevalillo