El papel de los conflictos en el progreso

A principios de la década de 1980, tras más de 30 años de Guerra Fría, dos líderes muy distintos ocupaban la presidencia de las dos principales potencias en conflicto: Ronald Reagan por EEUU y Gorbachov por la URSS. El primero, actor de profesión y no muy ducho en política exterior, pasó a la Historia como el presidente que derrotó a Rusia en la Guerra Fría… y como el gobernante que supo cambiar las relaciones con su hasta entonces enemigo del tono más hostil al más amistoso.

En su libro “Diplomacia”, Henry Kissinger elabora un interesante perfil de ambos líderes, y de las razones de la victoria de uno frente al otro. Según Kissinger, ambos creían firmemente en estar “del lado de Dios”, del lado de la verdad y el bien; y por tanto ambos deseaban fervientemente la victoria de su propio bando.

Sin embargo, las circunstancias de cada uno eran muy diversas. Gorbachov había ascendido al poder abriéndose paso entre las intrigas del Kremlin y las brutales guerras de poder del politburó. Y en el camino había perdido algo que Reagan siempre retuvo: la conexión con su pueblo, con su propio país, la empatía con las personas normales. Esa desconexión le llevó (siempre según Kissinger) a sobredimensionar la capacidad de su país de mantener el pulso tecnológico, económico y militar con EEUU.

Así, la década de 1980 se inició con una URSS en pleno apogeo a ojos de todo el mundo (incluidos los analistas americanos), y unos EEUU en retirada (la derrota en Indochina, la hostilidad de Irán tras la caída del Sha, la inicialmente exitosa invasión de Afganistán por la URSS, etc. Pero en 1989 el mundo asistió atónito al desmoronamiento más rápido de una superpotencia que la Historia haya registrado.

¿Qué sucedió? Muchos analistas coinciden con Kissinger en que la URSS cayó por los mismos motivos que la encumbraron: su construcción en medio del ambiente más hostil, su absoluto control y persecución de la disidencia, su pensamiento único. Eso la llevó a sobre-expandirse, a abarcar mucho más de lo que realmente podía.

Porque cuando una institución se asienta en el control casi exclusivamente, pierde la capacidad de responder a los nuevos desafíos; pierde flexibilidad y creatividad. Y así, llegó un momento en el que la supervivencia de todo un sistema dependía de la adaptabilidad de su gente. Pero tras más de 60 años de férreo control, ya nadie pensaba por sí mismo ni tenía la autonomía para hacerlo. La creatividad brillaba por su ausencia. Principalmente por la nociva ideología que alimentaba el control como mecanismo de poder al servicio de unos pocos y ejecutado de una manera contraria a la dignidad humana.

Pero podemos ir más allá, y preguntarnos por qué todas las ideologías de tinte autoritario temen la disidencia, el conflicto, la diversidad. Necesitamos construir entornos que no sólo no teman el conflicto, sino que además sepan sacar el máximo provecho de la legítima diversidad humana.

Hay conflictos que pueden llegar a ser muy provechosos para el progreso de las instituciones, ya que son una fuente de adaptabilidad a las oportunidades y amenazas del entorno. Son aquellos en los que coinciden el espacio para decir las cosas como se piensan y un respeto de fondo hacia la otra persona. Para ello hace falta desarrollar el talento de saber manejar conversaciones difíciles.  De todo esto nos ocuparemos en los siguientes posts.