El intérprete es la clave

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

En vísperas de comenzar la Copa del Mundo de fútbol en Brasil, resulta impactante ver la cobertura mediática que recibe este evento. Y la repercusión social que alcanza cualquier noticia al respecto. Es impensable que otro deporte, salvando la NBA, pueda generar tanto revuelo… excepto si viajamos a Inglaterra durante los mundiales de dardos. Quizá no llega a tanto, efectivamente, pero a nadie le suele dejar indiferente contemplar la seriedad con que se cubren estos eventos, y el status de superestrella que alcanzan sus deportistas de élite.

Para escribir este artículo nos fijaremos en la historia de uno de los más famosos dardistas. Esta historia nos devuelve a la importancia que tiene nuestra interpretación de la realidad en cómo sentimos y decidimos. La relación de esta interpretación con el talento la veremos a través de uno de los más conocidos dardistas del mundo: Andy Fordham, el “Vikingo”.

Andy se clasificó por primera vez para las Series Mundiales en 1995, a la edad de 32 años, cuando su sobrepeso empezaba a ser considerable. De joven había sido un gran deportista, capaz de jugar tres partidos de futbol en un fin de semana con tres equipos distintos. Después descubriría su facilidad para los dardos, y convertiría esa facilidad en su talento más sobresaliente. El día que debutó en las Series Mundiales la presión mediática (como hemos dicho, muy similar a la que soportan grandes estrellas de otros deportes) comenzó a hacer mella en él.

La realidad en este caso era bastante elocuente: se enfrentaba a un reto del que se veía poco capaz, en un entorno (las cámaras, los focos) que le superaba. De entre las alternativas que se le presentaban, optó por beber para sobrellevar la presión. Y sucedió lo peor que podía pasarle a Andy: funcionó. Consiguió llegar a semifinales en su debut, manteniéndose ebrio durante todas las partidas.

Merece la pena detenerse aquí para entender bien el proceso que siguió Andy. Desde hace unos años, al profundizar en el proceso de toma de decisiones de una persona, utilizamos el siguiente modelo: 

 

Es decir, ante cualquier evento o realidad, cada persona decide, por acción u omisión, cómo interpretarla. Esa interpretación tendrá una influencia capital en el estado emocional consecuente, que a su vez incidirá decisivamente en la calidad de las decisiones y de las actuaciones que se tomen después.

La importancia del nexo estado emocional – calidad de las decisiones es harto conocida: basta recurrir a nuestra experiencia o a la sabiduría popular: contar hasta tres, no decidir en estado de euforia ni en un momento de tristeza invencible… 

Esta realidad nos permite “mapear” lo que podríamos considerar una zona de “maximización de la inteligencia”, determinada por dos variables: la intensidad del estado emocional vs. la positividad/negatividad de ese estado. Es decir, las emociones pueden ser positivas o negativas, y más o menos intensas. Es clave para nosotros captar en qué estado emocional nos hallamos y, como veremos después, entender de qué manera podemos influir en ese estado emocional. Y aquí una distinción importante: se puede estar en paz, o alegre, o en conexión profunda con alguien sin que la circunstancia sea agradable o favorable.

Volviendo a Andy Fordham: resulta evidente que su estado emocional de tensión le sobrepasó hasta ver como estrategia óptima para sobrellevarlo beber mucho. Es una reacción muy común, y el inicio de las adicciones de muchos: ante una situación que no se sabe cómo afrontar se opta por “huir”, por evadirse. Es un mecanismo de defensa legítimo, pero, evidentemente, no muy inteligente.

Ahora bien, el problema principal para Fordham vino después: el hecho de que funcionase (de que aparentemente fuese una decisión buena que le condujo al éxito) reforzó esa opción y debilitó cualquier alternativa. Desde entonces, se mantuvo ebrio en todos los campeonatos que jugaba, formando un hábito profundo: competir implicaba beber.

Pero, si queremos entender y, sobretodo, intentar cambiar un hábito como el de Fordham, hemos de retroceder más. No podemos quedarnos en el estado emocional, sino incidir en el elemento que más lo determina: el intérprete con el que medimos la realidad. La forma que tenemos de mirarla y de afrontar lo que nos pone delante.

Aquí entendemos mejor por qué la mirada de Pedro Algorta, el superviviente de los Andes, compensaba con mucho su falta de experiencia: la calidad de las decisiones que tomamos la determina mucho más la calidad del intérprete con el que operamos que nuestra experiencia propiamente dicha. Y no porque la experiencia no sea importante, sino porque el criterio con el que la usamos también viene muy influenciado por la calidad de nuestro intérprete.

Un intérprete sano, inteligente, mira la realidad con apertura, como un regalo más que como una serie de obstáculos que superar (aunque no deja de ver las dificultades como lo que son, claro). Y convierte cualquier circunstancia, positiva o negativa, en ocasión de crecimiento, de aprendizaje, e incluso de servicio a una buena causa. 

Un intérprete “averiado”, en su extremo, lleva a lo que conocemos como distorsiones cognitivas disfuncionales. Una de ellas la vemos en Fordham: la adicción como respuesta de emergencia a las circunstancias que de alguna forma nos superan.

Y la pregunta del millón: ¿cómo formamos un intérprete sano? Mediante una herramienta clave que activa un ciclo virtuoso, que veremos en el próximo artículo: los estilos explicativos. Es decir, los hábitos cognitivos con los que tendemos a explicarnos la realidad.

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