El imperio de Amancio Ortega

“Mi éxito es el de todos los que colaboran y han colaborado conmigo. Un ser humano no puede ser tan inteligente, tan poderoso o tan prepotente como para hacer él solo una empresa de este calibre. Son muchos los que se han dejado la vida en la empresa. Son muchos los que han hecho realidad esta joya desde el principio hasta hoy”. Amancio Ortega.

No se podía contener las lágrimas. De la mano de su hija recorría aún los pasillos abarrotados de su Cuartel General. Aplauso continuado, ensordecedor, que empezaba a desorientarle y a abrumarle un poco. Eran miles, y le aplaudían a él. Estamos en Mayo de 2016.

Había esperado alguna sorpresa, algún detalle: 80 años no se cumplen todos los días... Pero esto sobrepasaba con creces lo que había imaginado. Tanto cariño, tanto aplauso, tanto agradecimiento… Apretó más fuerte la mano de su hija Marta, y notó que ella apretaba más la suya en respuesta.

En ese instante recordó otra ocasión en la que inconscientemente había apretado la mano de su acompañante con tanta intensidad… La mano de su madre, hacía ya 68 años…

Lo siento, señora, no podemos fiarle más dinero.”

Aún se ruborizaba de rabia al recordarlo. Habría querido ahorrarle eso a su madre, cada día; había deseado cada día borrar ese episodio de la preciosa biografía de su madre. Pero había sucedido, y él había estado presente.

Muchas veces desde ese día había vuelto con su imaginación, sintiéndose pobre de nuevo. “Para volver al origen de todo”, se decía a sí mismo. Al origen de su hambre, de su impulso, de su inconformismo. Nunca estaría suficientemente lejos de ese instante en el tiempo en el que se juró a sí mismo no pasar de nuevo por semejante humillación, ni él ni su madre ni ningún ser querido.

A veces se sonreía al leer los sesudos análisis de todo experto que se atrevía a adentrarse en el modelo Zara, en el imperio Inditex. Una de las mayores fortunas del mundo, alcanzada en una sola generación, por un humilde “chico para todo” de una sastrería de La Coruña.

Muchos habían entendido pronto, al conocer su historia, la importancia de ese instante en todo lo que pasó después. Pero pocos podían entender hasta qué punto “el hambre agudiza el ingenio”… Ahora que tenía a más de 100.000 personas trabajando para él, le seguía pareciendo determinante el “hambre” y la responsabilidad en el trabajo para entrar a formar parte de la compañía. Miraba ahora a su alrededor y se reafirmaba, una vez más, en sus principios.

Lo siento, señora, no podemos fiarle más dinero.”

La frase aún resonaba en su cabeza, con los aplausos de fondo… Poco a poco se imponía la celebración de su gente, la música del vídeo, las palabras cariñosas de su hija… ¿Llegaría ella a entender qué significa ser pobre de necesidad? ¿Qué esfuerzos está uno dispuesto a hacer para alimentar a sus hijos? ¿Qué humillaciones debe asumir sin rechistar? No, no lo llegaría a concebir del todo. Exactamente eso era lo que siempre había querido ahorrar a su familia desde el momento en que comenzó a concebir la idea de emprender…

Veía a sus amigos de la compañía, a su equipo directivo bailando, saludando, riéndose… Qué bonito vídeo, qué gran detalle el de su hija Marta. Todos en la compañía, parecía, habían abandonado un rato sus puestos de trabajo para felicitar, en directo o a través del vídeo, al fundador de Inditex, a su jefe, Amancio Ortega.

Había construido un imperio, y todo empezó en una tienda de ultramarinos de la mano de su madre. Luego vendrían los empleos en diversas tiendas; el florecimiento de un amor por la sastrería, por todo ese mundo, que conservaba muy dentro de su corazón. Y una pasión por el servicio al cliente que había sabido inculcar a toda la organización de la mejor forma posible: a través de hechos antes que de discursos… Toda la organización pendía del cliente, de su reacción en tienda, de lo que les decía a través de sus compras.

Y entonces le sobrevino el orgullo, la satisfacción por haber dedicado sus mejores energías a construir una empresa que amaba al cliente y amaba la moda, sus dos grandes pasiones desde que era dependiente de la camisería Gala en la calle Juan Flórez de La Coruña. Y se dio cuenta de nuevo con sorpresa de que estaba profundamente agradecido a la experiencia de ser pobre, de no necesitar figurar. Ahora que no era pobre en dinero seguía siéndolo en el alma evitando el figureo. Y esa alma estaba profundamente agradecida de haber acompañado a su madre a aquella tienda de ultramarinos. Y profundamente agradecido a sus padres, de quienes aprendió que el amor incondicional es la mayor fuerza del universo.

Por Luis Huete y Javier García