El dolor de Svetlana Alexievich

Mi objetivo es cargar mis libros de los grandes olvidados en los análisis históricos: los afectos humanos. ¡No los horrores! Sino aquello que sostiene el alma humana, lo que nos hace humanos... y lo que nos deshumaniza.”

Su mirada es de una serenidad triste, sabia, melancólica. Los ojos claros, rodeados de un mar de arrugas que habla de su sufrimiento. Parece anciana porque ha vivido muchas vidas, a través de los centenares de testimonios que pueblan su obra.

Svetlana Alexievich ha cubierto guerras, revoluciones, catástrofes naturales… y catástrofes causadas por la pequeñez humana, como el desastre de Chernóbil. Afirma que su obra es literatura porque, paradójicamente, no introduce un juicio de valor claro sobre lo que narra. Al dar espacio a todos los testimonios, independientemente de su opinión, confecciona un mural de voces que permiten ir más allá del clásico análisis periodístico o histórico.

El auditorio está expectante. Se han reunido en un horario difícil de un martes normal de trabajo, por la oportunidad de escuchar a la premio Nobel de Literatura más incómoda para Moscú. Y no serán defraudados, porque a continuación zanja la paradoja de la mejor forma posible: con una historia real en la que se hace carne.

La tristeza en los ojos de Svetlana se intensifica cuando empieza a hablar, desgranando la vida del protagonista de su anécdota: un miembro del partido encarcelado durante una de las purgas de Stalin previas a la Segunda Guerra Mundial.

Caído en desgracia y trasladado a Siberia, con su mujer en otro campo de prisioneros políticos, consiguió que los responsables militares le diesen permiso para combatir contra los nazis. Volvió condecorado, y eso le valió el perdón del Partido y su reinserción. Recuperó su carnet de afiliado.

Habían pasado 60 años, pero el protagonista de la historia se lo contaba a Svetlana con lágrimas en los ojos. Nada había más valioso en el mundo para ese hombre, ningún momento en su vida era tan memorable como su reinserción en el Partido, en el gran colectivo fuera del cual solo había muerte y olvido…

“¿Y su mujer?”

La sorpresa por la pregunta da paso al enfado más visceral. Sin la pregunta de Svetlana, quizá nunca habría explicado el destino de quien fue el amor de su vida. Un destino cruel: murió en un gulag, antes de que su marido regresase del frente. Al parecer, recibió la noticia en el mismo momento en que supo de su reinserción en el Partido.

Ahora es Svetlana la que termina de contar la historia conmocionada. Aquel hombre le echó en cara su extrañeza. Se sentía juzgado a través de su mirada serena, a través del dolor visible en los ojos de la entrevistadora. ¿Cómo podía un hombre recordar como lo más memorable ese momento? ¿Cómo podía valorar un carnet, un miserable trozo de cartón, más que al amor de su vida?

Si hubieseis vivido entonces no nos juzgaríais. Si hubieseis visto el brillo en los ojos de los jerifaltes e ideólogos comunistas, entenderíais mi reacción.”

Y en ese instante toda la audiencia entendemos por qué la obra de Svetlana es literatura, y no sólo periodismo o historia. Por qué su propia autora afirma que profundiza más en la naturaleza humana que cualquier análisis histórico.

Mil descripciones sobre los efectos de la ideología en la psique de un hombre no podrían profundizar, transmitir tanto como el testimonio de este hombre. Con su historia entendemos mejor qué significa estar dominado por la ideología, y lo que ésta genera en un hombre: esa impotencia cuando cae en desgracia para la institución; la pérdida del sentido al verse expulsado de la realidad a la que ha dado su vida; la alienación de su propia familia; la ausencia de cualquier atisbo de crítica a los métodos y resultados de la ideología, la pérdida de su independencia, la alegría por la reinserción que pasa por encima del dolor por la pérdida de su esposa…

Svetlana ha visto violencia en los ojos de muchos de sus testigos. Una violencia interna que aflora en sus ojos, y en sus voces. Ve con extremo dolor cómo la sociedad que creyó liberada tras la caída del Imperio Soviético se arroja ahora en brazos de otra ideología, el nacionalismo encarnado en las ínfulas de grandeza de un adicto al poder: Putin. Y concluye que aquellos mismos intelectuales que soportaron el gulag, que lucharon por la libertad del pueblo ruso, han sucumbido ahora a la prueba de la mercantilización de la sociedad. Temen alzar la voz porque es más difícil renunciar a todo cuando tienen algo que cuando no tenían nada que perder…

La premio Nobel, mientras tanto, sigue con su labor: dar voz a todos para que todo el mundo entienda mejor qué ha sucedido en Rusia tras la caída del Muro. Porque los análisis al uso se vuelven obsoletos… Pero la vida concreta, las historias vividas por tantos, siempre conservan la clarividencia de lo real, de lo no elaborado. Porque hablan de la persona, y no sólo de las ideas o de los mercados. Y son el verdadero antídoto contra cualquier ideología con pretensiones de invadirlo todo.

Por Luis Huete y Javier García