El círculo virtuoso de los hábitos cognitivos sanos

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Quien haya tenido la suerte de aficionarse al rugby en los últimos años se ha acostumbrado a ver a los All Blacks ejercer un dominio abrumador en muchos campeonatos. La haka ha pasado a ser un icono del deporte, y la selección neozelandesa una de las más seguidas en el Seis Naciones. Pero lo que menos gente recuerda es que en 2004 la situación era la opuesta: hacía años que Nueva Zelanda no alzaba un título mundial, y había cundido el desánimo entre los jugadores, muchos de los cuales se emborrachaban tras las derrotas como si no fueran tales, desapareciendo tres días de los entrenamientos.

Ante esta situación el entrenador, Graham Henry, decidió dar un puñetazo sobre la mesa. Había llegado en 2003 con la tarea de reeditar el título mundial que Nueva Zelanda no alcanzaba desde 1987. Tras un año en el cargo, Henry tenía claro que no bastaba contar con algunos de los mejores jugadores del mundo. Así que decidió crear, como en sus anteriores conjuntos, una cultura de equipo propia que uniese a todos los jugadores. Un catalizador de la motivación que revirtiese la espiral negativa en la que estaban sumidos sus hombres.

La historia del cambio de mentalidad en la selección kiwi no puede reducirse a dos o tres detalles. Muchas cosas cambiaron en los siete años que tardaron en recuperar el cetro mundial: métodos de entrenamiento, trabajo individual basado en métricas de rendimiento nuevas, decálogos de comportamiento, nuevas tácticas… Pero hay un detalle significativo que ayuda a entender la idea que queremos transmitir en este artículo, y que nos permite seguir avanzando en nuestra comprensión de la gestión del talento.

En 2007 Nueva Zelanda se estrelló una vez más en su asalto al trono mundial del rugby. Esta vez las sensaciones fueron muy distintas, pero cuando perdía de tres puntos y tenía la remontada al alcance de la mano el equipo se bloqueó, chocando una y otra vez contra la defensa de la selección francesa. No hubo forma de ensayar.

Pocos meses después, Graham Henry contrató a Bede Brosnahan, especialista en gestión de situaciones bajo alta presión. Brosnahan hizo ver a los jugadores kiwis cómo en situaciones de presión (marcador en contra, últimos minutos) bajaban el rendimiento porque se les disparaba la ansiedad. Nos ha pasado a todos. El trabajo de los siguientes meses consistió en desarrollar “trucos” para recuperar la serenidad y no entrar en un bucle inconsciente que “secuestrase” el cerebro de los jugadores en momentos especialmente tensos. 

La segunda parte del trabajo de mentalización afectaba a la forma de defender. Para alcanzar el máximo potencial que tenía ese equipo necesitaban dar un salto cualitativo en el aspecto defensivo, pero las tácticas ensayadas no acababan de cuajar. Hasta que una noche a Wayne Smith, el ayudante del entrenador Graham Henry, se le ocurrió una metáfora afortunada: “The Black Plague” (la Plaga Negra), que asolaría Europa. La idea inicial del entrenador era conseguir dar la impresión a los rivales de que, al atacar, se enfrentaban a un número mayor de All Blacks de los que realmente jugaban. Cuando Smith empezó a hablar al equipo de que debían ser una plaga negra, algo hizo click en sus cabezas… y todas las tácticas ensayadas comenzaron a cuajar de verdad. Como si al visualizar lo que quería el entrenador hubiesen encontrado, inconscientemente, la forma de hacerlo realidad. 

Ninguno de estos dos detalles explica por sí solo el éxito de la selección neozelandesa en 2011, año en que recuperaría el título mundial batiendo récords históricos tanto en ataque como en defensa. Tampoco bastaría una de las normas no escritas del equipo: dejar todo como estaba al pasar. Norma que dejaba imágenes tan impactantes como la de un grupo de hombres de 100 kilos de peso arrodillándose tras un partido para pasar la mopa por el vestuario que han ocupado, dejándolo inmaculado, como si nunca hubiesen pasado. No, no bastan, pero son detalles tremendamente elocuentes. 

En el artículo anterior insistíamos en la idea de que nada influye más en la actitud que el intérprete con el que confrontamos la realidad. Ahora bien, ¿qué determina la configuración de este intérprete? Podemos decir que más que una secuencia “causa-efecto”, nos hallamos ante un ciclo. La calidad del intérprete viene muy marcada por los estilos explicativos, que son los hábitos de pensar, lo que llamamos hábitos cognitivos, con los que desciframos la realidad. Estilos explicativos sanos conducen a formar un intérprete más inteligente… y un mejor intérprete ayuda a fortalecer y desarrollar estilos explicativos sanos. 

Es fácil entender que en la selección neozelandesa no faltaron nunca excelentes jugadores. Pero en 2004 lo que abundaba era el desánimo, en forma de círculo vicioso. Las borracheras no eran la causa, sino el último efecto de una mentalidad viciada en el origen. Una vez el entrenador Henry contó con la complicidad de las figuras clave de su equipo para revertir esa mentalidad pudo empezar a cimentar hábitos muy distintos. Y sobre esos hábitos pudo construir un equipo ganador. Eso no le ahorró un trabajo ingente en el aspecto táctico, pero permitió que nada cayera en saco roto. Un proceso, dicho sea de paso, muy semejante al que vivieron los Springboks de Sudáfrica gracias a la intervención de Mandela. El talento estaba. Pero faltaba una historia poderosa que cambiase la forma de pensar, de sentir y, en último término, de actuar. 

Steven Covey resumía los estilos explicativos en dos bloques: los de bajo valor añadido frente a los de alto valor. La clave está en si restan o suman a la realidad en sí. Los estilos explicativos de bajo valor añadido acaban siendo distorsiones cognitivas que limitan el potencial personal. De forma resumida serían:

 

Estilos explicativos de bajo valor: 

  1. Victimismo: Es la tendencia a considerarse víctima o a hacerse pasar por tal. Cuando hace acto de presencia, se justifica interiormente la incapacidad de hacer algo útil y, por tanto, se da carta blanca a la pasividad.
  2.  “Lo sé todo”: Es la forma de pensar en la que uno no escucha, prejuzga y critica de forma habitual.
  3. Pesimismo: Es el hábito de pensar en negativo poniendo el foco en los elementos “desanimantes” de la realidad.
  4. “Todo vale”: Este estilo se encuentra caracterizado por el egocentrismo y el oportunismo. Encuentra su expresión práctica en la frase pronunciada por el filósofo italiano Niccolò Machiavelli: “El fin justifica los medios”.

 

Estilos explicativos de alto valor:

  1. Protagonismo: Volvemos a recordar a Nelson Mandela, concretamente el lema que definió en buena medida su vida: “Soy el capitán de mi alma, soy el dueño de mi destino”. Pensar como protagonista permite generar más alternativas y ser más proactivo. El escritor irlandés George Bernard Shaw afirmaba que "Quienes progresan en este mundo son las personas que se levantan y buscan las circunstancias que desean, y, si no las encuentran, las provocan".
  2. Aprendiz: Hay personas que vayan donde vayan y tengan la edad que tengan intentan aprender de las personas y circunstancias que tienen a su alrededor. Pensar como aprendiz abre la posibilidad de regenerar el conocimiento y fomenta el hábito de la curiosidad intelectual.
  3. Optimismo: Hace referencia a la posibilidad de buscar una salida por muy difícil que sea la situación. Los optimistas consiguen más cosas porque lo intentan más veces, y porque llegan a ver en el fracaso una posibilidad de aprender. Winston Churchill definió el éxito como la capacidad de “Ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo".
  4. Autocontrol, integridad: El autocontrol permite gestionar para nuestro beneficio los impulsos y reacciones a las que todos estamos sometidos. Pensar con integridad ayuda a dirigir a través del ejemplo y a incorporar a los demás a la lista de prioridades personales. Para Oprah Winfrey la verdadera integridad es “Hacer lo correcto, sin saber si nadie lo sabrá o no”.

 

Ahora bien, en el círculo virtuoso “Intérprete-Estilos cognitivos”, hay un ingrediente más a tener en cuenta. Es más, probablemente sea el elemento más importante a abordar para entender por qué, por ejemplo, fue tan importante la metáfora de la Plaga Negra para el cambio de mentalidad de los All Blacks. Hablaremos en el próximo artículo del elemento “inconsciente” clave en la formación de un hábito cognitivo: las creencias.

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