El asombro de Albert Einstein

Existen dos formas de ver la vida: una es creyendo que no existen los milagros; la otra consiste en creer que todo es un milagro.”

Albert Einstein llevaba varios minutos en silencio, contemplando la escueta carta que acababa de leer, y releer, y releer. No salía de su asombro, y una sonrisa de niño se había asomado a su rostro arrugado y venerable.

Siempre dedicaba un tiempo del día a leer las cartas que le llegaban de todo el mundo, la mayoría admiradores de su trabajo que le agradecían de corazón los nuevos horizontes que su teoría había abierto para la ciencia. Sin embargo, desde que tuvo ese sobre en sus manos supo que la carta que contenía era distinta a todas las demás. Que una sorpresa aguardaba en su interior.

La enviaba una niña de 10 años, australiana y por lo visto directa de manera de ser. Una sola pregunta llenaba el folio:

Señor Einstein, le escribo con el único fin de comprobar si realmente existe.”

¡Qué osadía…! La propia de un niño despierto, que no ha perdido la capacidad de asombrarse, el sentido de misterio con el que percibe todo lo que le rodea. Einstein conoce bien esa postura vital…

Fue al principio de su infancia, cuando sus ojos se despertaban a las maravillas del mundo. Al cumplir 5 años, su padre le regaló una brújula, objeto que siempre llevaría consigo a partir de entonces. Le fascinó desde el principio su aguja, moviéndose sin que ningún mecanismo o resorte actuase sobre ella, marcando siempre el norte sin importar cuanto la agitase ese niño curioso y juguetón.

Era hoy suficientemente mayor como para reconocer que ese sentido del asombro era lo que le había empujado desde el principio en la vida; lo que le había impelido a no desistir tras los múltiples fracasos en su vida. Nunca había perdido del todo la capacidad de sorprenderse; y quizá por eso nunca se había cansado de avanzar, de dedicar sus mejores energías a la investigación.

No había sido fácil: rechazado por el Politécnico de Múnich, decidió trasladarse a Zúrich a preparar mejor el examen y entrar así al año siguiente en la universidad suiza. Rechazado más adelante como profesor por su mediocre currículum académico (apenas fue a clase, le interpelaban más las discusiones intelectuales en los bares con su futura primera mujer, Mileva), tuvo que buscarse un empleo en la oficina de patentes de la ciudad para subsistir… Su tesis fue ignorada por la comunidad académica…

Pero mantenía la curiosidad, el asombro hacia lo que no conseguía explicar, y fue precisamente en esos años de aparente fracaso cuando, oculto al mundo, desarrolló los 4 artículos con los que se daría a conocer, y con los que más adelante ganaría el premio Nobel de 1921. Pero corría el año 1905, y sólo Einstein veía detrás de esos artículos la gran Teoría de la Relatividad; el resto de la comunidad científica sólo conseguía preguntarse de dónde salía la fórmula E=mc2, y qué significaba exactamente…

La fama sólo llegaría, lo recordaba demasiado bien, al demostrarse durante un eclipse solar la veracidad de sus predicciones sobre la curvatura del espacio por efecto de la gravedad. A partir de entonces, su mundo se volvió del revés: conferencias, simposios, invitaciones de los principales políticos del mundo para que les explicase su teoría… Cuanto agradecía haberse trasladado a EEUU, a la tranquilidad del pueblecito de Princeton, tan alejado de los focos… y de la guerra en Europa.

La sencilla sonrisa que había despertado en su rostro la carta de esa niña se esfumó demasiado rápido. Su semblante, agrio como los últimos días. Junto a esa carta, ya tan querida, otra yacía aún a media redacción. La carta en la que solicitaría al presidente Roosevelt los fondos para desarrollar el Proyecto Manhattan. La carta que sus colegas le habían rogado redactar. “Roosevelt no se podrá negar a la solicitud del más grande de los científicos vivos.” Eso le dijeron, y él sabía que era cierto. Y precisamente por eso le costaba especialmente escribirla: sabía que en el momento en el que la enviase se iniciaría una cadena de sucesos que desembocarían en el lanzamiento de un arma de destrucción masiva en alguna ciudad alemana o japonesa… “Los alemanes ya han empezado a desarrollarla; ahora es una cuestión de ver quién la lanza antes.”

Por mucho que huyese de la guerra, parecía que nunca se conseguiría escapar demasiado lejos. Qué tristeza más grande, comprobar cómo su sentido del asombro, su capacidad intelectual, toda su creatividad, se ponían al servicio de un proyecto que acarrearía la muerte a tantos inocentes.

¿Pasaría a la Historia por su papel en la guerra? Él, que siempre había intentado evitar participar en una. Él, que disfrutaba como nadie de sus encuentros con Gandhi, o de su amistad epistolar con el violonchelista Pau Casals… En el futuro, ¿pesarían más sus teorías o su papel en la guerra? Sólo tocar el violín le permitía mantener a raya esos pensamientos. Ahora tenía una nueva fuente de consuelo: la carta de su pequeña amiga, la niña australiana. La sonrisa volvió a su rostro fugazmente.

Volvió a la redacción de la carta al Presidente, muy a su pesar. Ciertamente, los nazis no podían vencer, y si desarrollaban la tecnología atómica antes que nadie, vencerían. Europa, su amada Europa, continente nazi…

Así que volvió a redactar, mientras en lo más hondo de su corazón deseó que con el tiempo, con los años, su trabajo y su inteligencia sirviesen para inspirar, y no para amenazar; para asombrarse, en lugar de sospechar; para educar a ciudadanos, y no a fanáticos; y para que se recuperase entre los hombres, cada vez más, el sentido del asombro hacia el permanente milagro que es la realidad en la que vivimos.

Por Luis Huete y Javier García