Directivos, conversad más a menudo con vuestra conciencia

Sería estupendo que los directivos dedicasen un cierto tiempo al día a conversar con su conciencia. ¿La ventaja? Ser más conscientes de las implicaciones de sus decisiones, de la calidad de los fines y medios que eligen.  

La conversación con la conciencia consiste, por ejemplo, en plantearse el efecto de lo que se hace o se deja de hacer, lo que se influye en las personas y el impacto de futuro de las decisiones que se toman hoy.

Porque una cosa son los medios y otra los fines, y resulta que, mira por donde, la bondad de éstos no justifica la maldad de aquellos. Un buen “ser” o una buena sociedad no se construyen con medios mediocres.

Con un esquema utilitarista se pierde la distinción entre medios y fines y la capacidad crítica de distinguir entre mejores o peores medios y fines. Por ejemplo, por muy atractivo que sea para un directivo lo que acapare, o la apariencia que dé, en términos de poder, imagen, dinero o sexo, nunca estas realidades deberían ser el fin de su conducta. ¡Aunque sean útiles!

Esas realidades son simples medios, en ocasiones de una calidad discutible, para otros fines mucho mejores. El primer fin es “ser mejor”: más clarividencia intelectual, más bondad en los sentimientos  y una mejor voluntad para acometer proyectos ambiciosos. El otro fin es contribuir a construir sociedades y empresas más atractivas, integradoras y sostenibles.

El medio para conseguir esos fines es crear el hábito cotidiano de “parar para pensar, parar para reparar”.

Echando el freno

Tenemos que parar para pensar para convertir la sobreabundancia de información en conocimiento, este en entendimiento, y esta última a su vez en sabiduría. Una sabiduría que permita descubrir y actuar sobre la íntima complementariedad de conceptos aparentemente contrarios como el corto y el largo plazo, el egoísmo y la generosidad, el crecimiento económico y el progreso social, la humildad con la efectividad, las relaciones con los resultados, el autocontrol con el poder, la felicidad con la exigencia, etc. 

Compensa parar para reparar la calidad de las relaciones que se deterioran con la prisa y con la presión por hacer cosas y conseguir resultados. La calidad del liderazgo se mide por la calidad de las relaciones y éstas, a su vez, dependen de la calidad de las conversaciones que se mantienen. ¡También con uno!

Conviene parar para reparar la falta de credibilidad que se acumula con los años por las incoherencias entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que se ve en público y lo que no se ve porque se hace en privado, entre lo que aparentamos y las intenciones que nos mueven.

Hoy más que nunca los ciudadanos queremos relacionarnos con personas, instituciones y empresas en las que podamos confiar. Estamos hartos de personas e instituciones que nos instrumentalizan para sus propios fines partidistas. Necesitamos personas e instituciones en las que nos sintamos seguros; personas e instituciones que nos sirvan con una buena dosis de magnanimidad. Con las que podamos tener una relación normal de largo plazo.

Los negocios, como las ideologías, siempre han sido grandes somníferos del alma que han permitido justificar lo injustificable. Y así, con la falta de escrúpulos en esto y en aquello, hemos ido creando una cultura asocial en la sociedad y en las empresas en la que el fin justifica los medios, donde el corto sacrifica el largo plazo.  

Prueba de ello es la ingente deuda que dejamos a la siguiente generación por las “juergas” de las administraciones públicas o por las adquisiciones empresariales megalómanas en las que se ha gastado el dinero que no se tenía.Cuando los decisores corrompen “lo que son” (por mucho que tengan), las decisiones son disfuncionales.

Los poderosos han de recuperar la pasión por el servicio y la ejemplaridad personal. Los fuertes han de estar al servicio de los débiles. No solo al revés. El hoy ha de estar también al servicio del mañana. No solo al revés. El yo ha de estar también al servicio del nosotros. No solo al revés.

Necesitamos directivos que nos ayuden a los demás a superar nuestras debilidades, limitaciones y miedos. Que nos hagan cruzar ese umbral que no nos atrevemos a cruzar por nosotros mismos. Pero ese proceso lo han de hacer ellos primero. Ese umbral lo han de cruzar ellos antes.

Hay una tarea de reconstrucción de las instituciones y de las creencias con las que operan la sociedad y las empresas que va a ser ingente. Tenemos que superar las limitaciones de nuestro actual sistema de valores y de pensamiento. Hemos de ser parte de la solución a los problemas.

La conversación cotidiana con la conciencia puede ser un buen paso en esa dirección.

*Artículo originalmente publicado en El Confidencial (28.02.2013)