Churchill y "la hora más gloriosa"

Defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo. Pelearemos en las playas, pelearemos en los campos y en las calles, pelearemos en las colinas: nunca nos rendiremos”. Winston Churchill, discurso al inicio de la Batalla de Inglaterra.

Salón de actos del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Boston. Una multitud se abarrota, sentada o de pie, para presenciar el homenaje a Winston Churchill, héroe de Inglaterra y emblema de la resistencia contra el nazismo. Los rifles aún foguean, la guerra ha terminado hace poco, y todos quieren escuchar las palabras del gigante británico.

El rector toma la palabra para presentar al homenajeado. Habla de cómo ve al mundo llegando a la meta soñada: una sociedad perfecta en la que la ciencia y la técnica hayan logrado ya aprehender todos los aspectos del ser humano, de su inteligencia y de sus afectos. Y que está por fin en disposición de generar una civilización en la que sea imposible que surja un Hitler, o un nazismo, o cualquier signo de violencia. Una sociedad, en suma, que funcionaría como un gran taller planteado siguiendo un buen proyecto.

Churchill entonces tomó la palabra, agradeció el homenaje y, dirigiéndose al rector, dijo: “Respecto al mundo feliz que usted plantea, espero ardientemente estar ya muerto antes de que tal cosa suceda.”

Hablaba un hombre que había empezado su carrera política en el apogeo del colonialismo de la Reina Victoria; que había combatido en la Primera Guerra Mundial, principal fruto desgraciado de los nacionalismos de principios del siglo XX; que había disfrutado del optimismo de los “felices años 20”; y que, en su hora mejor, se había alzado como último bastión contra la Alemania nazi.

En el momento de dar su discurso, Churchill ya había acuñado la expresión “Telón de Acero” para referirse a los países bajo influencia soviética. Había sido un firme defensor del envío de tropas británicas durante la Guerra Civil Rusa, para “asfixiar el peligro bolchevique en la cuna". Es decir, era plenamente consciente del peligro que significaba la URSS para el mundo.

Pero, ante todo, era consciente del peligro de cualquier ideología; de la pretensión moderna de crear una “sociedad perfecta”. Millones y millones de muertos después, Churchill estaba más que vacunado de los delirios utópicos de cualquier ideología, ya fuese cientificista, nacionalista, sociológica…

Se podría decir que Churchill era un firme apologeta de la imperfección. Se cuenta que en un homenaje a Montgomery, después de que éste derrotase a Rommel en El-Alamein, el espigado militar declaró: “No fumo, soy abstemio, no prevarico y soy un héroe”. Cuando Churchill tomó la palabra, con cierta sorna afirmó: “Yo fumo, bebo, prevarico y soy su jefe”.

Cierta o no la anécdota, ejemplifica muy bien la psicología de un hombre con un grado alto de sencillez y realismo. Buscaría toda su vida ser mejor militar, mejor político, mejor líder, mejor ciudadano; pero no caería nunca en la pretensión de ser el mejor militar, el mejor político, el mejor ciudadano. A pesar de lo homenajes y reconocimientos, mantuvo una férrea defensa de la democracia aún cuando le propinase los mayores reveses de su vida. Como cuando, nada más terminar la guerra, el pueblo inglés no le volvió a elegir como Primer Ministro. El propio Churchill llegaría a entender que el mejor hombre para la guerra no tiene por qué ser el mejor hombre para la paz.

Quizá fue precisamente por esos reveses por los que Churchill no cayó en la trampa del mesianismo de tantos ideólogos. Demasiados fracasos, demasiado darse de bruces con el límite humano. Demasiado luchar contra su “Bestia Negra”, la depresión, durante buena parte de su vida. Pero de esos fracasos, de esas luchas, uno sale destruido o fortalecido; hundido o esperanzado; desorientado o sabio. 

Churchill labró su figura (en sentido metafórico, no literal) hasta alcanzar la talla del más importante estadista británico de la Historia. El más decisivo, el más celebrado, y quizá el más consciente de su propia limitación. Orador excelente que luchó durante años para superar la tartamudez, nunca perdió de vista de dónde venía, qué limitaciones enfrentaba, junto a qué negro precipicio (la depresión) recorría su vida.

Son precisamente estos hechos los que nos hablan mejor de su carácter. Políticos formados desde la cuna, sin una mácula en su carrera como Chamberlain, no fueron capaces de frenar la bravuconería de Hitler. Sólo Winston Churchill, con su carácter huraño y díscolo (cambió de partido dos veces en su carrera), encontró el valor para plantar cara, solo, a la bestia del nazismo.

Este realismo, y algo más. Un elemento presente siempre en los grandes hombres, y ausente muchas veces en los fanáticos: el sentido del humor. Nunca le faltaría, por negra que fuese la coyuntura. Y quizá aquí está una de las claves de su grandeza: la capacidad de reírse de sí mismo, que vacuna contra los delirios de grandeza. Sólo es capaz de ser verdaderamente heroico quien puede enfrentarse a sus fantasmas con una sonrisa, como si fuesen viejos amigos.

Por Luis Huete y Javier García