Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia

“Yo alabo en voz alta y critico en voz baja.”

La ornamentada puerta se abrió con un leve chirrío, suficiente para poner en guardia a la emperatriz. Demasiados días de tensión, sin dormir apenas …

Majestad, el Comandante ha llegado.”

Háganlo pasar”.

Grigori Potemkin, Comandante del Ejército Ruso, entró con paso firme y vigoroso, la excitación aún visible en su rostro congestionado. La lozanía que le caracterizaba años atrás había dado paso a un gesto grave, adulto, y ya no aguantaba bien las largas cabalgatas. 

Majestad, hemos resistido en Kazán. El ejército de Pugachov huye en desbandada.”

Se iba acercando lentamente, recuperando el aliento a cada paso. Le había echado de menos, cada día, a cada hora… Pero ahora era la Emperatriz, no Catalina. Debía contenerse… 

“¿Hemos capturado al falso zar?”

“Todavía no. Pero sus propios hombres no tardarán en entregarlo: ofrecemos una fortuna a quien lo entregue.”

“Bien. Quiero que sea juzgado y ejecutado en público. Mataremos al fantasma ante todo el pueblo, para cortar de raíz la leyenda…” 

Yemelián Pugachov, su pesadilla durante los últimos años… Un humilde cosaco de los Urales la había puesto contra las cuerdas. La manifestación violenta del malestar profundo del campesinado ruso con la administración zarista y sus condiciones de vida. Bien les entendía, pero para su desgracia eran los peones de un conflicto mucho mayor…

Catalina había escalado hasta la cima con sus uñas; a dentelladas se había desecho de todos aquellos que la menospreciaron primero y la temieron después. Pero también había derrochado esfuerzo por ser acogida y amada por el pueblo ruso, aprendiendo su idioma y costumbres desde que llegó de su Prusia natal para contraer matrimonio con el heredero Pedro… el nieto de Pedro el Grande... 

Qué decepción su noche nupcial… y las siguientes noches durante los 8 años que tardaron en consumar el matrimonio; y todas las demás noches. Sólo había llegado a sentir desprecio hacia su marido, pero había sabido mantener las apariencias. Toda la corte conocía a sus amantes, pero nadie había podido reprocharle una sola salida de tono hasta el Golpe de Estado del 28 de junio de 1762.

Ese fue el día que conoció a Grigori Potemkin, a su llegada al Palacio de San Petersburgo. Le ofreció la borla de su sable, en señal de respeto y apoyo personal. La lealtad de un militar con mando en plaza es impagable… Un hombre como Potemkin, o como los hermanos Orlov, sus principales apoyos para el Golpe de Estado; y que después ejecutarían en la sombra a su marido depuesto, Pedro III… 

Por eso tuvo un instante de pánico al conocer que el líder de la revuelta campesina que se extendía por todo el país decía ser… Pedro III, el Zar depuesto. ¿Había mentido Orlov y su marido había escapado del asalto? No, imposible. Pero el pueblo no conocía (¡no debía conocer!) la verdad sobre la muerte del monarca; y de eso se aprovechó este cosaco, oficial del ejército, para atraer a su causa a buena parte del campesinado. 

Pero la rebelión ya estaba sofocada, gracias a la intervención de Potemkin. Ahora tendría vía libre para finalizar victoriosamente la campaña del Mar Negro contra el Imperio Otomano, y la guerra en el Báltico; ahora podría centrarse en reorganizar las leyes para la nobleza; ahora podría modernizar Rusia con los principios de la Ilustración. 

Grigori ya estaba frente a ella, demasiado cerca… Pronto se arrojaría en sus brazos, pero no antes de despachar sus deberes imperiales.

“Cuando se ejecute a Pugachov, no lo torturen. Que toda Rusia sepa que soy inflexible en la guerra, pero clemente en la victoria.”

“Así se hará, Majestad.”

Por Luis Huete y Javier García Arevalillo