Antoni Gaudí, causa y efecto de la obra maestra de la Sagrada Familia

“Para hacer grandes obras es necesario: primero, el amor a ellas; segundo, la técnica.” Antoni Gaudí. 

El Cardenal Casaña se paseaba supervisando las obras, el silencio a su alrededor se podía cortar. Los obreros miraban expectantes cuando hacían una pausa en su labor; los hijos de los albañiles aprovechaban el recreo entre clases en el colegio instalado en el perímetro de la iglesia para acercarse a ver de cerca al señor de aspecto grave con esa cruz enorme en el pecho… ¡cuánto debía pesar!

El peso era enorme, pero no por el metal. Se acercaban días dolorosos para la Iglesia, aunque aún no podía nadie imaginar cuán tristes y duros para él. La visita a la Sagrada Familia, Gaudí lo sabía, podía significar un bálsamo de paz o un motivo más de preocupación. El genial arquitecto sabía que ésta era la obra de su vida; mejor dicho, la obra maestra de varias generaciones: quién sabía cuándo terminaría… Pero no se le escapaba que una obra así podía resultar motivo de escándalo en una ciudad en ebullición.

El Cardenal se volvió a acercar a Gaudí, las arrugas en su rostro parecían haber remitido en cuestión de minutos.

“¿Usted ama el Templo de la Sagrada Familia, señor Gaudí?”

“Sí, eminentísimo Señor”, contestó el arquitecto con vehemencia.

“Eso me basta, no necesito saber más. Continúe dirigiendo las obras.”

Cómo ese arquitecto genial de Reus había acabado dirigiendo esa obra era una historia digna de figurar en la lista de sucesos afortunados de la historia del arte. Hombre inquieto desde su juventud, Antoni Gaudí coqueteó con el anarquismo al llegar a Barcelona. Su sensibilidad, su forma de mirar el mundo y a los hombres, le impedía hacer oídos sordos a la realidad de la Barcelona de finales del siglo XIX: miseria en la clase obrera y, un pequeñísimo porcentaje de la población, las familias industriales pujantes capitalizando la riqueza generada en las fábricas y en el comercio.

El camino recorrido por el arquitecto, sin embargo, le había llevado por otros derroteros. Amaba la belleza y su expresión en la naturaleza, tanto en su expresión más puramente artística como en el atractivo de cualquier esfuerzo noble por construir una sociedad mejor.

Había entablado una sincera amistad con su mecenas, el Conde Güell, precisamente por compartir el deseo de construir un mundo nuevo. Un mundo en el que todo trabajo fuese reconocido en toda su dignidad, en el que la utopía anarquista fuese una realidad acorde con la naturaleza humana; en el que, en lugar de haber bandos, adversarios, hubiese hermanos trabajando juntos que se beneficiaran mutuamente de una relación en donde inteligencia y bondad se entremezclasen.

Por eso la propuesta del Patronato de la Sagrada Familia fue como la respuesta largamente esperada a sus anhelos más profundos. “Queremos proponer, en este mundo enfrentado, en esta sociedad que parece condenada a dividirse entre explotadores y explotados, el ideal del trabajo de la Sagrada Familia: Jesús, en toda su dignidad de Hijo de Dios, trabajando a las órdenes de San José.”

Cuando escuchó la misión del Patronato, y su intención de erigir un templo expiatorio de los pecados de todos, patronos y obreros, ricos y pobres, entendió que era la culminación de toda su obra: la colonia Güell, el parque Güell, la Pedrera… todas eran simples balbuceos de lo que iba a ser este gran templo.

En la Sagrada Familia todos estarían representados. Todos participarían de alguna forma en su construcción. De hecho, la propia obra se convertiría en un ejemplo hecho carne del gran ideal de Gaudí: junto al templo, el propio arquitecto erigiría una pequeña escuela para los hijos de los obreros, en sí misma una obra maestra de la belleza y la racionalidad (las dos grandes patas que sostenían todo su trabajo), dotada además de los mejores y más avanzados métodos educativos del momento.

“Una de las cosas más bellas de la vida es el trabajo a gusto”, solía decir a sus trabajadores. Qué mejor iniciativa que proveer la mejor educación para sus hijos como indicador claro del afecto y el respeto de Gaudí por su trabajo.

Tal vez entonces empezó a comprender lo que un siglo después captaría claramente Etsuro Sotoo, actual escultor jefe en la Sagrada Familia: “La Sagrada Familia no es la obra maestra de Gaudí… es más bien al revés: Gaudí es la obra maestra de la Sagrada Familia.”

 La intuición que Gaudí ya tenía en su juventud se hizo evidente en él, en su propia biografía. El arquitecto de 30 años que acometería el diseño y construcción de ese gran templo no era el más experimentado técnicamente; pero estaba perfectamente preparado: conocía el sufrimiento, conocía el dolor de la pérdida, era sensible a lo que pretendía esa obra.

Gaudí cambió durante esos años hasta su muerte. Poco a poco, la Sagrada Familia le fue construyendo; purificando sus pretensiones, su ego, inundando de sentido el resto de sus obras. Sotoo podía afirmar algo tan radical porque él mismo, como tantos otros, había experimentado lo mismo; habían recorrido en buena medida el mismo camino de encuentro con Dios que Gaudí.

El día de su muerte, en el hospital que acogió su último aliento, se decidió elaborar una máscara de su rostro para inmortalizar esa última expresión de paz y alegría de un genio bueno. Una efigie que se muestra hasta hoy como testimonio del gozo de una vida cumplida y transformada por la cercanía al Amor creador de toda la belleza existente en la naturaleza.