AC/DC, la guerra Edison vs Tesla

"Sólo porque algo no ocurre como se planeó, no significa que sea inútil.". Thomas Alva Edison.

Prisión de Auburn, 6 de agosto de 1890. El preso William Kemmler se dirige con pasos temblorosos a la silla. Son sus últimos instantes en esta vida, los últimos momentos del primer preso ejecutado con la silla diseñada por Harold Brown, empleado del insigne inventor Thomas Alva Edison.

Ese día Kemmler es algo más que un preso a punto de ser ejecutado: es un peón clave en una guerra que le resulta completamente ajena. Un peón de la jugada más propagandista de Edison contra su rival, Nikola Tesla. Los periódicos, desde luego, así lo entenderían al día siguiente. Y Tesla, reunido con su principal inversor, Westinghouse, recogería el guante.

Hacía poco más de 2 años que Tesla se había despedido de su mentor y jefe, Edison, de malas maneras. Aunque el enfrentamiento había pasado a ser a cara de perro, Tesla siempre conservaría un poso de tristeza por la relación rota. Nunca olvidaría sus años trabajando junto a Edison, demostrando ser su alumno más aventajado. Quizá por eso le dolía especialmente la ceguera, el orgullo herido de Edison, que había conducido a la ya conocida como “Guerra de las Corrientes”.

Tesla aún recordaba cuando llegó a Menlo Park, el laboratorio de Edison, con una carta de recomendación de un antiguo jefe electricista. Afortunadamente para él, Edison valoraba a los candidatos por lo que demostrasen hacer, no por sus expedientes. Así que durante varios años Tesla trabajó en el mismo lugar que había visto nacer las grandes maravillas de la Segunda Revolución Industrial: la bombilla incandescente, el fonógrafo…

En esos años la mente de Edison se fijó en una sola idea: construir la red de energía eléctrica mundial, ser el proveedor de electricidad para todo el mundo. Con esa idea montó la primera estación generadora, la estación de Pearl Street. Mediante corriente continua (en inglés Direct Current, DC) era capaz de producir electricidad… para una manzana.

En poco tiempo las peticiones de construcción de estaciones generadoras se multiplicaron por toda la ciudad. ¡Todo el mundo quería luz eléctrica en sus hogares! Pero había un gran obstáculo: la pérdida de energía por calor en la corriente continua hacía imposible su transporte más allá de 2 kilómetros de distancia…

Fue entonces cuando Edison lanzó su particular desafío a Tesla, su discípulo aventajado: 50.000 dólares serían suyos si era capaz de idear un sistema mucho más eficiente para transportar la energía.

La respuesta de Tesla no tardó en llegar: el diseño del primer generador de corriente alterna (en inglés Alternating Current, AC). Llevó su diseño al despacho de Edison, reclamando su recompensa… Y se encontró con la risa socarrona del inventor: “Vosotros, los europeos, no entendéis el sentido del humor americano”.

Esa risa, ese comentario, su negativa a aumentarle el sueldo, y finalmente su desprecio a la corriente alterna (“¡No es segura!”), resonarían siempre en sus oídos. Corría el año 1887, y Tesla decidió inmediatamente abandonar la empresa.

Para mantenerse mientras desarrollaba su diseño, Tesla fue electricista, obrero, cavador de zanjas… Hasta que la suerte llamó a su puerta justo cuando terminaba los últimos retoques de su generador.

George Westinghouse, empresario e inversor, había decidido aventurarse en el sector eléctrico y competir con la empresa de Edison. Por un casual supo de las ideas del joven Tesla, y decidió invertir en su propuesta. Así, en los laboratorios de Westinghouse en Pittsburgh, la corriente alterna daba sus primeros pasos…

Tesla, que tenía un don para la puesta en escena, fue convenciendo a inversores y potenciales clientes de que su modelo era el futuro. Hasta el punto de que Edison vio peligrar su liderazgo en el sector que él mismo había creado.

Es difícil ponerse en la piel de un hombre que llegaría a obtener 1093 patentes pero que ve a un antiguo pupilo tomarle la delantera en el campo al que más ha dedicado con mucha diferencia, la niña de sus ojos. Edison, inventor de la bombilla incandescente, el primer hombre de la Historia en proveer una fuente de iluminación distinta al fuego, incapaz de adaptarse a la innovación que realmente podía llevar su invento a una escala masiva…

Su orgullo herido cegó su capacidad de reconocer que Tesla tenía razón, que la corriente continua nunca sería una fuente de energía eficiente. Así que se centró en desprestigiar la corriente alterna, intentando mostrar al mundo sus peligros: mayor voltaje implicaba una menor pérdida de calor en el transporte, sí; pero también un peligro mayor para los usuarios.

En una serie de experimentos muy desagradables, electrocutó con corriente alterna a perros, gatos y hasta a un elefante. Y apoyó a su empleado Harold Brown para que desarrollase la silla eléctrica… con corriente alterna.

Los periódicos que ojearon Tesla y Westinghouse el 7 de agosto de 1890 registraban una victoria de Edison: “La corriente de la Muerte”, rezaban los titulares. Efectista, sin duda. Ahora todo el mundo temería la corriente alterna y la asociaría con la silla eléctrica… Pero Tesla y Westinghouse tenían muy claro que el futuro estaba en sus manos, sólo necesitaban un golpe ganador. Ya habían solventado el problema de la seguridad inventando los transformadores, ahora necesitaban mostrar al mundo todo el potencial de su modelo…

El golpe ganador fue la adjudicación de la planta hidroeléctrica de las Cataratas del Niágara. La batalla definitiva por el modelo energético de los próximos 100 años. Una batalla que Edison presenciaría desde la barrera: la Junta de su empresa, reunida de urgencia antes del concurso, había decidido apartarle de la compañía que él mismo creó, y que a partir de entonces se llamaría General Electric… ¿La razón? Su empecinamiento en la corriente continua, aun cuando a todas luces la alterna era el futuro. 

Pero aún quedaba un último episodio, que convertiría la batalla de las corrientes en épica. Poco después de conseguir el contrato, la compañía de Westinghouse estaba al borde de la quiebra. Muchos años compitiendo, demasiada inversión… Y la losa de los fees que Tesla pactó cobrar cuando alcanzó un acuerdo con el propio Westinghouse. Ciertamente parecía una victoria pírrica, que otro competidor saborearía… Hasta que Nikola Tesla, el hombre que no recibiría en su vida ningún reconocimiento más allá de la Medalla Edison, ¡qué paradoja!, tomó una decisión dramática: renunciar a sus derechos, a toda su fortuna, para permitir que la empresa no cayese.

Para alcanzar la victoria final, renuncia al botín. Tesla, uno de los hombres más geniales de la Historia, moriría solo y pobre en 1943. Edison, el inventor más prolífico de todos los tiempos, hallaría su derrota más amarga en el enfrentamiento con su antiguo alumno, demostrando que los mejores hombres siguen siendo hombres con sus muchas luces y sombras… 

Por Luis Huete y Javier García