Recuperando la ilusión

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

“La tribu formada por individuos que poseyesen un alto grado de patriotismo, fidelidad, obediencia, coraje y empatía, que tuviesen una mayor predisposición a ayudarse mutuamente, a sacrificarse por el bien de todos; esa tribu estará en mejor posición para prevalecer sobre otras tribus, y eso será también selección natural.” Charles Darwin.

Muchos autores han partido de las teorías sobre la selección natural de Darwin para justificar la postura egoísta e individualista como la más racional de las posturas cuando abordamos la interacción social. El Homo homini lupus de Hobbes parece resonar con la selección natural. Pero la frase que encabeza este artículo introduce un resquicio de duda; porque parte de la constatación de la realidad: un colectivo que trasciende el individualismo de sus miembros, que colabora en aras del bien de todos, ha demostrado una mayor capacidad de florecer y adaptarse a su entorno que aquellas sociedades en las que se ha perdido de vista un horizonte que trascienda el bien individual.

Aquí se hace necesaria una distinción, y más estudiando los casos más sobresalientes de sociedades en las que se ha cumplido (en cierto grado) este ideal. Desde las polis griegas de la Antigüedad a las ciudades-estado del Renacimiento italiano, de la antigua Roma al nacimiento de los Estados Unidos de América, más allá de los errores que eventualmente llevaron a su colapso encontramos en todas la búsqueda de un ideal de vida comunitaria por el que merecía la pena esforzarse. En algunos casos ese ideal convivía con estructuras o costumbres que desdecían del proyecto común, como la esclavitud, pero todos los miembros de esas sociedades sabían identificar su propia razón de ser. Ese punto en el horizonte que hacía levantar la vista del propio ombligo y construir juntos.

Pues bien, en esas sociedades no se vivía un ideal como el que describe Darwin simplemente para sobrevivir, o para triunfar sobre las tribus vecinas. Esas eran consecuencias (en algunos casos más que deseables, como en el de las polis griegas frente al poder del Imperio Persa de Darío y Jerjes), pero no el fin último. Como el fin último de un ser humano no se reduce a sobrevivir, sino a vivir en plenitud. Las polis griegas no se organizaron en democracia para enfrentarse a los persas; se enfrentaron a los persas porque deseaban preservar ese ideal de vida en común.

Sin caer en la nostalgia, en el pretender reproducir en la actualidad modelos que entonces funcionaban y ahora probablemente no lo harían, sí podemos aprender de estos ejemplos que en todo hombre existe el deseo de trabajar por algo más grande que sí mismo. Que el bien de todos es el nombre completo del bien propio. Y que, si miramos nuestra propia experiencia, podemos comprobar lo difícil que es ser feliz si las personas que nos rodean no lo son. Que no podemos permanecer indiferentes ante la desgracia o el sufrimiento ajeno.

Mirando ahora al mundo de la empresa nos encontramos con dos tendencias que podrían reforzar el papel de la empresa en la construcción de una mejor sociedad: el auge de emprendimiento y de los modelos de empresa que optan por una visión largo-placista, con foco en el cliente y en sus empleados, con una conciencia clara de por qué existen.

Al principio éste era un fenómeno que se encontraba solamente en empresas familiares, que dada su idiosincrasia podían “permitirse” una menor presión sobre los resultados inmediatos y una mayor independencia a los postulados de los mercados de capitales. Es muy típico de estas empresas también que a los propietarios les importen realmente los clientes y los empleados, porque se da esa conciencia de “ownership” que va mucho más allá del capital invertido: la empresa es un legado, es la aportación a la sociedad de toda una familia. Y en esas condiciones es normal que se “mime” más cualquier aspecto de su funcionamiento. Empezando por la relación con los clientes y el ambiente de trabajo. Vemos un ejemplo paradigmático en las memorias de François Michelin, propietario de Michelin en la época del desarrollo del neumático radial. En el próximo artículo hablaremos más concretamente de él.

Pues bien, como decíamos, podemos observar una cierta tendencia en empresas que, sin ser de propiedad familiar, empiezan a adoptar comportamientos muy semejantes: mentalidad de largo plazo, foco en el cliente, etc. Es sugerente el caso de HCL Technologies, una empresa informática de la India, destinada a ir cayendo en la irrelevancia cuando Vineet Nayar se hizo cargo de su dirección hace unos años. Tras escuchar a todo el mundo, empezó un programa de transformación para crear una cultura basada en este lema: “Employees First, Customers Second”. Básicamente, partía de una observación muy sencilla: el valor añadido se da en la interacción entre cliente-empleado y para posibilitar que ese valor añadido sea el mejor de la industria el equipo directivo tiene que volcarse en el desarrollo y el compromiso de esos empleados. O dicho en positivo: los empleados deben ser protagonistas si queremos construir una empresa que merezca la pena, tanto en lo financiero como en lo comercial, pasando por cultura de trabajo e innovación. Nayar introdujo una metodología muy ambiciosa para implicar a todos en la transformación de la empresa, y hoy HCL es la número 1 de su sector en India.

Las empresas con “mentalidad familiar”, a través de su actitud de enfocarse en el servicio al cliente y a los propios trabajadores (fomentando una cultura de colaboración e implicación entre ellos, y no reduciéndolos a meros engranajes de la maquinaria de la empresa), puede hacer mucho en lo que llamaríamos “proceso de reconstrucción civil”. No en vano las empresas son las instituciones que, hoy en día, más influyen en la calidad de la civilización. Las empresas han de hacerse creíbles y queridas por la sociedad a la que sirven.

Así que, recapitulando: un modelo de empresa más cercano a la mentalidad de empresa familiar ofrece ventajas no sólo para la propia empresa, sino para toda la sociedad. Ejemplos como el de HCL o Michelin, siendo éstos solo un pequeño botón de muestra de una verdadera revolución que tantos directivos decentes están poniendo en marcha, nos hablan de cómo es posible trabajar construyendo un objetivo común que complete y trascienda al bien propio, también en la empresa. Un ejemplo a seguir, y no sólo para las empresas.

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