¿Qué trabajos tendremos en el futuro?

En 1996 el campeón del mundo de ajedrez se llamaba Gary Kasparov. Posiblemente el ajedrecista más famoso de la Historia. Y uno de los más brillantes junto con Bobby Fischer, Capablanca…  Ese año IBM desafió al Gran Maestro más joven de la Historia a un enfrentamiento con su computadora Deep Blue.

Probablemente sea uno de los sucesos ajedrecísticos más conocidos. El hombre contra la máquina. El ingenio humano contra una capacidad de análisis de 200 millones de jugadas por segundo. Ese enfrentamiento acabó con victoria clara del “Ogro de Bakú”. Pero para IBM no acabó allí la historia: con la ayuda de un equipo de ajedrecistas de primer nivel e informáticos, ajustaron mejor el software del ordenador y desafiaron, al cabo de un año, a Kasparov a una revancha.

Más de 500 personas acudieron en directo a ese enfrentamiento, que tuvo mayor repercusión mediática que las finales de la Copa del Mundo de ajedrez. Y mereció la pena: tras una primera partida ganada por Kasparov, Deep Blue se adjudicó la segunda y la última con movimientos que, a ojos del campeón de Bakú, “parecían humanos”. De hecho, casi dos décadas después, sigue sin estar claro si hubo algún tipo de intervención humana más allá de la implementación de los códigos en el ordenador…

Por encima de todo, la victoria de Deep Blue avivó el debate sobre la inteligencia artificial: si hay máquinas que son capaces de derrotar al mejor ajedrecista vivo, ¿qué no podrán hacer en un futuro? ¿Habrá algún trabajo que solo podamos desarrollar los humanos? En un artículo anterior, cuando hablábamos de talento, poníamos sobre la mesa datos probabilísticos sobre qué trabajos dejaremos de hacer para dar paso a máquinas más eficientes. Parece un panorama preocupante…

Ante este tipo de preguntas conviene retirarse y ver las cosas con perspectiva. Porque la pregunta no es tanto “¿qué trabajos serán digitalizados?”, sino más bien: “¿en qué somos insustituibles los humanos?”.

En el campo de la Logística, hay un problema muy conocido desde que fue planteado en 1930: el Problema del Viajante. El planteamiento es sencillo: partiendo de un punto (ciudad), encontrar una ruta que pase por unos puntos (ciudades) dados una única vez y acabe en el de partida. Esa ruta debe ser optimizada al mínimo de distancia recorrida.

Hay varias formas de afrontar el problema. Una primera, obvia, es trasladarse siempre a la ciudad más cercana. Pero si las ciudades (puntos) no están en línea recta, nunca será la solución óptima.

Si le diésemos el problema a un ordenador actual, con la orden de minimizar la distancia final recorrida, nos encontramos con una sorpresa:

  • Para 10 ciudades hay 181.440 rutas diferentes
  • Para 30 ciudades hay más de 4 *10^31 rutas posibles. Un ordenador que calcule un millón de rutas por segundo necesitaría 10^18 años para resolverlo. Dicho de otra forma, si se hubiera comenzado a calcular al comienzo de la creación del universo (hace unos 13.400 millones de años) aún estaría calculando.

Pero si se lo damos a un humano con un mínimo de imaginación, en media hora (o menos) ha alcanzado una solución cercana al óptimo. ¿Por qué? Porque hay problemas que no podemos reducir a cálculos, a capacidad de simular escenarios. Hay decisiones que no podemos basarlas solamente en números. La creatividad nunca podrá ser reducida a un algoritmo.

Por eso entendemos que hay cuatro tipos de trabajo y que cada uno de ellos va a tener distinta suerte en la revolución tecnológica que tenemos por delante. Como es habitual utilizamos una matriz. Coordenadas: trabajos básicamente manuales o más intelectuales. Abscisas: trabajos rutinarios o no rutinarios. Veamos el cruce:

  1. Trabajos manuales y rutinarios (por ejemplo trabajo en la fábrica). Ya tuvieron una gran poda en la primera revolución industrial y seguirán siendo pasto de las máquinas…
  2. Trabajos hechos con la mano pero no rutinarios (por ejemplo un camarero). Aguantarán bien precisamente por ese componente cognitivo de lo no rutinario. Cada situación en esos trabajos es un caso distinto con miles de alternativas de actuación…  Los humanos todavía haremos mejor estos trabajos.
  3. Trabajos más intelectuales pero rutinarios (por ejemplo contabilidad o mantenimiento). Estos tipos de trabajo van a ser los grandes perdedores de la revolución digital. Serán los que, en términos relativos, más van a desaparecer.
  4. Trabajos hechos con la cabeza pero no rutinarios (por ejemplo el de un artista o el de un cirujano). Son trabajos indestructibles, aunque serán trasformados por la tecnología.

Por tanto lo no rutinario gana, lo rutinario pierde. La esencia del trabajo humano es el uso de nuestras capacidades cognitivas. Aquellas en las que la clave está más en los motivadores intrínsecos que en los extrínsecos. Por eso los trabajos que más aportan a la ciudadanía son aquellos en los que convergen tres características: a) hay un desafío intelectual que obliga a “espabilarse”, b) existe autonomía en cómo hacerlo y c) la conexión esfuerzo-recompensa es cercana.