Generación Facebook: el porqué antes del cómo

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

Abríamos esta serie de artículos sobre la generación Facebook con una historia increíble: la de Nick Alkemade y sus peripecias en la Segunda Guerra Mundial. Son muchos los millenials que pueden escuchar de sus abuelos historias duras, de supervivencia, de traumas grandes en una época de grandes sufrimientos (en el mundo occidental y el sudeste asiático, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría después). Tras la “Greatest Generation” vinieron los Baby Boomers, que (como ya vimos) fueron educados en la creencia de que todo se puede conseguir con esfuerzo. Una educación muy marcada por la dureza de lo vivido por sus padres; quizá de ahí vino la gran reacción de mayo del 68 y el movimiento hippie. En todo caso, a esta generación le tocó finalmente tomar el relevo y aplicaron lo aprendido de pequeños: si quieres algo, esfuérzate por conseguirlo.

Lo que sucedió es que ese esfuerzo coincidió con un florecimiento económico y de desarrollo sin precedentes. Al hablar de la felicidad, en la última tanda de artículos sobre las teorías de Martin Seligman, poníamos de relieve la paradoja de que nunca habíamos tenido una bonanza económica similar en la historia, y, sin embargo, los porcentajes de depresiones y otras afecciones del ánimo no dejan de aumentar.

Podemos imaginarnos lo que diría alguien como Nick Alkemade, ya anciano, a sus nietos, en una de las raras ocasiones en que ninguno está mirando la pantalla de su móvil: “En nuestra época no estábamos para tonterías. Estábamos demasiado ocupados sobreviviendo a los alemanes primero, y después reconstruyendo el país.” O su reacción ante la separación de uno de sus hijos: “En nuestra época las cosas que se rompían se arreglaban, no se tiraban a la basura” (ésta última se encuentra desde hace un tiempo “pululando” por internet, como muestra de que existe una cierta conciencia de la verdad que encierra esta afirmación). Y como sentencia añadiría alguna de estas cuatro frases, para aleccionar a sus débiles nietos:

1. «Esta juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen en pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos».

2. «Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible».

3. «Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos».

4. «Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura».

 

Citando estas cuatro frases comenzó su conferencia sobre conflicto generacional Ronald Gibson, médico de familia inglés. Lo interesante es la fuente original de cada una, que va desvelando el doctor para estupor de la audiencia, que ya asentía con aprobación: 

«La primera frase es de Sócrates (470-399 A.C.). La segunda es de Hesíodo (720 A.C.). La tercera es de un sacerdote (2000 A.C.). La cuarta estaba escrita en unas ruinas de Babilonia con más de 4.000 años de antigüedad».

Tal vez es momento de mirar con cierta amabilidad a la generación que viene. Los conflictos intergeneracionales datan de los albores de la Historia, aunque en cada época han tenido peculiaridades distintas. Muchos de los problemas vienen (como iremos viendo) cuando medimos, cuando comparamos, cuando pretendemos pasar por encima de puntos básicos como la libertad del otro.

Decíamos que las expectativas de los “Baby-boomers” venían marcadas por sus progenitores, que vivieron guerras y reconstrucciones. De ahí la sorpresa cuando aplicando esfuerzos semejantes obtuvieron, por así decirlo, ouputs muy por encima de lo que esperaban. El nivel de vida se disparó en los años 60 y 70, a pesar de las diversas crisis y conflictos derivados de la Guerra Fría y el auge del petróleo.

Esto introdujo una modificación en las expectativas de las siguientes generaciones: la X y la Y. Expectativas que se cumplieron para la primera, pero que debido a la crisis mundial de 2008 no se terminan de hacer realidad para la segunda. Será interesante comprobar cómo evoluciona una generación que lo ha tenido todo al principio, pero que al incorporarse al mercado laboral todo el sistema anterior (financiero, laboral, sanitario) parece haberse desmoronado.

Antes de entrar a definir rasgos concretos de esta generación es importante entender de dónde nacen; cuáles son heredados y cuáles se han formado por la interacción con sus circunstancias (evolución tecnológica, redes sociales, etc.). Es la clase de distinciones que cambian completamente el análisis final; que nos permiten superar las quejas milenarias (“Esta generación no tiene remedio”) y nos ponen en situación de proponer medidas concretas que nos ayuden a “gestionar” las inevitables tensiones intergeneracionales.

Porque, por ejemplo, podemos afirmar (con razón) que estamos ante una generación con claras tendencias narcisistas, centrada en la apariencia. Pero si queremos ir más allá necesitamos entender de dónde viene ese narcisismo. Entre otras cosas, porque influye decisivamente en su voluntad de ascender rápidamente, o en su búsqueda de estatus laboral por encima de todo. O, por poner un ejemplo más positivo, en su preferencia por empresas con un propósito con el que se identifiquen.

Antes de emitir un diagnóstico, antes de ofrecer soluciones o recetas que nos ayuden a afrontar el gran problema de su desembarco en el mundo laboral, debemos hacer las preguntas adecuadas. Y antes del cómo viene el por qué.

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