El desafío de la economía colaborativa (III): algunas reflexiones sobre Uber

Si hablamos de economía colaborativa seguramente nos viene enseguida a la cabeza el nombre de Uber. Por ser una empresa paradigmática de este nuevo modelo colaborativo y por su revuelo mediático generado por la oposición de los taxistas.

Uber es una plataforma que pone en contacto conductores propietarios de coches con personas de su ciudad que necesitan hacer un trayecto. A esta descripción respondería también cualquier empresa de carsharing como BlaBlaCar, que permite compartir trayectos interurbanos. ¿Cuál es la diferencia? El conductor de BlaBlaCar acuerda una repartición del coste del trayecto sin que vaya ninguna comisión a la empresa que provee la plataforma; mientras que Uber cobra un porcentaje de cada trayecto. Es, a todas las instancias, una empresa de taxis. Por eso ha chocado de frente con este colectivo.

Actualmente está valorada en 18.000 millones de dólares (algo menos que Repsol) y opera en 132 países. Y ha levantado las iras de un colectivo cuyos miembros se hipotecan para obtener una licencia de taxi. Las continuas protestas son la puesta en escena de la seria amenaza que muchas de las nuevas empresas colaborativas suponen al estado actual de las cosas. Su preocupación está claramente justificada, pero… ¿Es justo su enfado?

Antes de dar una respuesta, deberíamos comprender el fondo de su queja: la competencia de Uber es desleal porque se salta a la torera la principal barrera de entrada del sector, la licencia (alrededor de unos 200.000 euros en España). En cambio, un conductor de Uber no necesita pagar ningún permiso para ofrecer el mismo servicio que un taxi.

Ahora bien, ¿no debería darse libertad a los usuarios para escoger el servicio que prefieran? En los países en los que Uber opera, se habla de cómo esta empresa ha irrumpido como un complemento más que como un competidor del taxi, atrayendo un perfil de clientes que antes no usaban el taxi por su elevado coste.

Difícil decirlo con los pocos datos que tenemos. Por el momento solo podemos especular. Y parece claro que estamos ante una disrupción en las reglas de juego de un mercado que hasta la fecha era más o menos estable. Por eso despierta tanto recelo.

Ahora bien, quizá también debamos preguntarnos por el sentido de esa barrera de entrada que son las licencias: ¿a quién sirven? ¿Cuál es su origen? En principio, son el mecanismo de control que el Estado tiene en este mercado, además de una forma más de recaudar. A la Administración le interesa asegurar que el servicio de taxis en las ciudades esté controlado, que quien quiera entrar en el mercado lo haga con una solidez más que considerable: ¡implica hipotecarse! Este mecanismo es la mejor manera que ha podido idear la mayor parte de gobiernos para asegurarse de que el servicio es bueno (una denuncia a un taxista puede acarrearle la pérdida de su licencia) y de que no se cometen abusos.

La gran pregunta que introducen empresas como Uber es: ¿sigue haciendo falta esta medida para asegurar el buen servicio? ¿A la larga no tendrá la misma relevancia la reputación que tenga un conductor de Uber en la red que una licencia de taxista? Es una pregunta que debe hacerse todo sector regulado y, por ende, todo gobierno: ¿son sustituibles los mecanismos de control tradicionales? ¿No sería mejor crear unas reglas de juego inteligentes y unos mecanismos de trasparencia que permitan sustituir con ventaja las formas arcaicas, y corruptibles, de control administrativo? Los nuevos indicadores online, mucho más inmediatos y con mucha más información contenida son tecnológicamente viables y seguro que podrán ser mejorados en el futuro. Los ratings de eBay o Amazon son un ejemplo claro de cómo descentralizar y democratizar la función de control.

La respuesta a estas preguntas debería de definir el tipo de sociedad que queremos construir entre todos. La polémica de Uber nos despierta a la necesidad de reflexionar con espíritu crítico y constructivo antes las nuevas oportunidades que nos brinda la revolución digital en la que entramos a marchas forzadas. Comprender mejor las consecuencias de fondo que puede tener el fenómeno de la economía colaborativa es una tarea a la que estamos todos invitados.