Alimentar la mente con buenos libros

Luis Huete y Javier Gª Arevalillo

La libertad queda amputada, y puede llegar a ser disfuncional, si no se asumen las consecuencias, buenas o malas, de esas decisiones libres. Los errores, cuando se pagan, son una fuente de aprendizaje positivo de igual forma que lo es el disfrute de los aciertos. Cuando la libertad y el riesgo se disocian las conductas humanas se tornan imprudentes e irresponsables. 

Estas ideas nos venían a la cabeza releyendo a Romano Guardini y su análisis de las consecuencias que tiene la pérdida de la responsabilidad individual en el hombre actual. La cita es un poco larga, pero merece la pena: “Cuando la acción ya no está sostenida por la conciencia personal, se abre un vacío singular en quien actúa. Ya no tiene el sentido de ser él quien actúa, el sentido de que la acción comienza en él y que él por tanto deba responder de ella. Parece que él ya no existe en cuanto sujeto y que la acción simplemente pasa a través de él, como simple anillo de una cadena”.

Guardini reflexiona así en 1951 en su libro “El ocaso de la edad moderna. El poder”. Y ciertamente es profético de mucho de lo que ha sucedido en estos últimos decenios con el ser humano. Todos somos hijos de los estímulos que recibimos en la sociedad en que vivimos. Muchos de estos estímulos tienen la forma de creencias socialmente aceptadas que no necesariamente “sacan” lo mejor de uno mismo.

Los humanos somos poderosos, pero también más frágiles de lo que nos pensamos. Un botón de muestra: el experimento SPE (Stanford Prison Experiment), llevado a cabo por el Dr. Philip Zimbardo en 1971. Este proyectó dos semanas de simulación de una prisión, en la que un grupo aleatorio de alumnos de su universidad adoptarían dos tipos de roles: carcelero y preso. La asignación de rol era aleatoria, y cualquiera podía abandonar el experimento en cualquier momento. 

El objetivo del experimento era estudiar la influencia del entorno en personas normales, y hasta qué punto la asunción de un papel inhibiría ciertas conductas. La simulación fue cancelada sólo seis días después de empezar debido a la brutalidad y deshumanización a la que llegaron los “carceleros”… y el propio Zimbardo en su papel de superintendente. Tuvo que ser su mujer la que le hiciese ver que se había cruzado un límite, y que las consecuencias psicológicas para los implicados podían ser graves.

Treinta años después una película volvió a tratar este tema: “La ola”. En ella un profesor de instituto en Alemania decide que la mejor manera de enseñar lo que fue el nazismo es simular un mini-régimen dentro de la clase, de la que él pasa a ser el líder y que instaura un modo concreto de vestir, de saludar, de interactuar, etc. Los alumnos, progresivamente, pasan del entretenimiento por la novedad a tomarse cada vez más en serio la simulación. Al final… Bueno, es mejor ver la película: merece mucho la pena. 

¿Qué hay detrás de todo esto? En el fondo, un miedo visceral del hombre al binomio libertad-responsabilidad personal, que le lleva a buscar asideros y autoridades a las que entregar su voluntad y libertad a cambio de una pobre seguridad… El eterno atractivo de la no asunción de la propia responsabilidad. La comodidad de sentirse anillo de una cadena que transmite las decisiones de otro (quien obedece nunca se equivoca), como bien remarcaba Guardini. La esencia del estado del bienestar a través del cual compran votos los gobernantes invadiendo cada vez más las esferas personales.  

Todo esto viene a cuento de la fiesta del libro, que celebramos en estas fechas. El mismo día en que fallecieron dos gigantes de la literatura como Shakespeare y Cervantes celebramos el gusto por los libros. No hay nada que ayude más en este camino fascinante que es el ejercicio de la propia libertad que una educación en lo verdadero, en lo bello, en lo bueno. Una educación que nos puede llegar a través de los buenos libros y los buenos autores. Igual que nos llega a través de los buenos amigos. Desde la filosofía a las novelas que nos hablan de lo humano, la buena literatura nos construye como hombres conectados con la verdad, la belleza y la bondad. A través de esa conexión es como se puede contribuir a crear una mejor sociedad, una vida que consista en algo más que en el abuso del poderoso sobre el débil.

Nos siguen emocionando las palabras de John Henry Newman cuando hablaba del proceso de reconstrucción en Europa tras los siglos convulsos que sucedieron al Imperio Romano, y que reflejan como pocas ese papel revitalizador de los buenos libros: 

“(… ) Se veían hombres silenciosos en el campo o en el bosque, excavando, desenterrando y construyendo, mientras que otros hombres silenciosos, que no se veían, estaban sentados en el frío del claustro, cansando sus ojos y concentrando sus mentes en copiar y recopiar penosamente los manuscritos que se habían salvado. Ninguno de ellos protestaba por lo que hacía, y poco a poco los bosques pantanosos se fueron convirtiendo en ermita, casa religiosa, granja, abadía, pueblo, seminario, escuela y, por último, en ciudad.”