El valor de una amistad auténtica

Navidad 2019

Un amigo fiel no tiene precio, es de incalculable valor  (Eclesiástico 6,15)

A vosotros os he llamado amigos  (Juan 15,15)

Las citas con las que se inicia este texto muestran el interés del Creador en que tengamos buenos amigos. Las buenas amistades las necesitamos como el respirar. Eso es lo que nos dice el sentido común y también uno de los proyectos de investigación más ambiciosos jamás realizado; en este caso, además, por una institución de prestigio como es la Universidad de Harvard1.

Este estudio fue iniciado en 1938 con 734 jóvenes de Boston de toda condición social; anecdóticamente John F Kennedy estuvo en el panel inicial. Desde que se inició el proyecto hace 80 años, no se han dejado de tomar datos sobre estas personas de toda índole. Los datos obtenidos buscaban responder a la pregunta de cuáles son las variables asociadas a una vida bien vivida. La conclusión es contundente: la variable que más influye en la felicidad, e incluso en la longevidad de las personas, es la calidad de sus relaciones familiares y sociales. 

El estudio concluye que una buena conexión entre personas es un gran estimulador de la mente y de las emociones; estimulación que a su vez tiene un impacto muy positivo en el estado anímico, y este en la conducta y en las condiciones somáticas. La soledad en cambio, así lo dice el estudio, es un cierto depredador emocional que roba vida y felicidad. 

Considerar algunas distinciones puede ayudar a mejorar nuestra capacidad de generar amistades de verdad. Una de ellas es la que distingue entre amistades superficiales y auténticas. 

Las primeras son producto de los contextos dominados por la superficialidad, desconfianza o egocentrismo. Estas amistades se basan en el quid pro quo y en el cálculo de cómo rentabilizar esa amistad en provecho propio. Es la lógica de “soy amigo de quien me interesa serlo” o la de “me arrimo al sol que más calienta”.

Las segundas, las amistades auténticas, son otra cosa; no se fundamentan en la ventaja o en la simetría del intercambio, sino en la voluntad mutua de hacer el bien a la otra parte incluso cuando esa otra parte no sabe o no puede corresponder. 

Esta amistad es producto de un “músculo emocional”, llamado capacidad de querer, y de un proceso de conversaciones donde, desde el respeto, se habla de manera constructiva sobre los temas relevantes para ambos. Querer a quien es distinto, inferior, o piensa de modo diverso denota libertad interior y un talante integrador: dos características de personas que seguro acaban disfrutando de muchas amistades auténticas.

Una conversación sincera y constructiva sobre temas relevantes tiene un efecto mágico en una relación. Los malentendidos o desencuentros no son banales. Cuando no se habla de ello la amistad enferma. 

Una conversación superficial genera amistades superficiales.  Ello ocurre cuando se quiere dar una imagen distinta a la real o cuando se evita mostrarse vulnerable.  

Desde un punto racional, las asimetrías de cualquier tipo (intelectuales, psicológicas, perceptuales, educativas, sociales, culturales, económicas, etc.) dificultan la amistad basada en la reciprocidad; la falta de reciprocidad hace difícil la convergencia de intereses, y la falta de convergencia de intereses hace que la amistad se diluya con el tiempo. Esa espiral es real y dolorosa. 

¿Puede surgir una amistad sincera, y perdurar en el tiempo, entre personas con importantes asimetrías o diferencias? Desde un punto de vista lógico la respuesta sería no. Por fortuna existe una salvedad: “no hay problemas que el amor no pueda solucionar”. 

Una de las mejores expresiones de amor entre las personas es construir una amistad auténtica. Incluso en los casos en los que las asimetrías parecen forzar a que para alguna de las partes la amistad tenga que ser desinteresada o inmerecida. 

Esa amistad es un don que requiere un corazón generoso tanto en el que da, sabiendo que la otra parte no podrá corresponderle, como en el que recibe, ya que no tiene con qué corresponder, aunque le gustaría poder hacerlo.  La amistad en estos casos es un regalo especial del que hay que disfrutar.  

El ser humano está hecho para el don. La base de un cerebro sano es la bondad. Por eso tampoco se puede prescindir de la gratuidad propia de las amistades auténticas en las esferas profesionales. 

La amistad auténtica ha sido un regalo con el que he sido obsequiado a lo largo de los años, y con en el que pretendo obsequiar de corazón en los años que me queden de vida. 

Os deseo una muy feliz Navidad y pido al Niño Dios que sepamos hacer que la magnanimidad y el respeto venzan a las diferencias y al quid pro quo con el que se rigen en demasiadas ocasiones las relaciones humanas.

Prof. Luis Huete

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[1] Harvard Study of Adult Development dirigido actualmente por el Dr. Robert Waldinger. Ver en Ted.com una interesante exposición del Dr. Waldinger sobre el proyecto.