Élites extractivas y el mensaje cristiano

Navidad 2018

“No sea así entre vosotros” … el que quiera ser grande sea vuestro servidor; el que quiera ser el primero, sea vuestro siervo (Mateo 20:26-27).

Me resuenan en mi cabeza y en mi corazón estas palabras del evangelio al leer el último libro de los economistas norteamericanos Daron Acemoglu (de nacionalidad turca y afincado en Estados Unidos) y James A. Robinson, autores de un ensayo titulado Por qué fracasan los países, los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Acemoglu (profesor en el MIT de Massachussets) y Robinson (profesor en Harvard) intentan dar respuesta a una pregunta que me inquieta después de haberme pateado el mundo entero: ¿por qué unos países son más prósperos que otros?

Su respuesta, de ser cierta, es indignante: ni la geografía, ni la demografía, ni el clima, ni la psicología colectiva, ni los antecedentes históricos, son determinantes del bienestar de una sociedad. La razón está en las instituciones (públicas y privadas) y en la gobernanza que en ella ejercen sus élites. Las sociedades con problemas lo son por el “secuestro” que hacen de sus instituciones los que ellos denominan élites extractivas.

Las élites extractivas las forman los líderes de instituciones que utilizan a éstas en su propio beneficio (o en el de su clan) sin atender al bien común. Estas personas a su vez crean “instituciones extractivas” cuyo poder lo detentan personas sin escrúpulos ni empatía.

Estas élites, que se mueven por su beneficio propio, no sólo no generan riqueza sino que acaban construyendo relaciones parásitas con el resto de la sociedad. Las élites extractivas no son exclusivas ni del mundo público (partidos políticos, sindicatos, judicatura, policía …) ni del privado (finanzas, empresas, medios de comunicación, ocio …). Son élites transversales… y producto de esa lucha entre el bien y el mal que libramos en nuestro interior. Lucha en la que tantos incentivos de corto plazo contribuyen a que nos decantemos por el lado equivocado.

Para los autores del ensayo del que estamos hablando la prosperidad y la pobreza son producto de un buen o mal ejercicio del poder. Una de las ocupaciones favoritas de las élites extractivas es la monetización de su poder a través de la corrupción. La corrupción requiere de cuatro actores. En primer lugar políticos, directivos o funcionarios que trafican su influencia en empresas o administraciones públicas (segundos actores); que compran con sobre precio o condiciones favorables a contratistas (terceros actores); que pagan comisiones a esos políticos, funcionarios y directivos, que con la ayuda de abogados y banqueros (cuartos actores) esconden y blanquean el dinero delictivo. A la tragedia de la sociedad le sobran actores…

“No sea así entre vosotros” … La conjunción de inteligencia y bondad en el liderazgo; en la gobernanza pública y privada, es una revolución pendiente que hemos de impulsar con más determinación los cristianos y las personas de buena fe que pertenecen a otras religiones o espiritualidades.

Hay una alternativa a ser una élite parásita.  Se llama liderar para el bien común; convertirse en una élite simbiótica. Sus armas son la capacidad de generar relaciones colaborativas basadas en la confianza, en la reciprocidad y en el respeto mutuo. La constituyen aquellos líderes que se sienten incómodos con los privilegios y abusos de muchos de sus pares, pero cómodos con la transparencia, con el trabajo bien hecho y la dedicación, con la primacía de la función sobre la forma, con las dinámicas que se retroalimentan en sentido positivo, con la construcción callada de un mejor largo plazo.

Las grandes batallas de vida se siguen librando en nuestro interior. Por eso, en esta Navidad debemos hacer nuestra la creencia de que el enemigo del corazón inteligente y grande que requiere liderar para el bien común es el consumismo; el vivir de las apariencias, el postureo y famoseo con el que traficamos tan a menudo en el ejercicio del poder.

Hemos de poner nuestro poder, grande o pequeño, al servicio del bien común, en el que el bien personal no sea a costa del otro sino junto con el otro. Con mis mejores deseos para el año 2019.

 

Prof. Luis Huete